PULPO HOY, HAMBRE MAÑANA

La Voz

GALICIA

ANTÓN LOSADA OPINIÓN

03 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

La inmensidad del mar y el hecho de que cuanto pescamos en el mar pasa a ser inmediatamente de nuestra propiedad, nos lleva a olvidar que nos apropiamos de un bien colectivo, agotable, que precisa protección, cultivo y regulación para asegurar su pervivencia. La pesca es un bien colectivo y como tal padece un grave problema: tanto quienes contribuyen a su conservación como quienes no lo hacen, se aprovechan de su explotación pues no resulta fácil ni barato excluirles. Lo racional para el individuo es no cooperar: o se regula la explotación, o la racionalidad individual conduce inexorablemente a la destrucción colectiva. No es un problema de información, o que la gente no sepa o sea mala. Simplemente salen las cuentas: lo que se pesca produce un valor inmediato, aquello que no se pesca sólo poseerá valor para otro y si mañana no hay nada que pescar, no habrá para nadie, haya pescado mucho o poco, bien o mal. Desde hace tiempo, la pesca gallega se debate entre el futuro y el pasado. Entre una concepción poco o nada cooperativa, donde lo importante es pescar antes y más que los otros, maximizar de beneficios a corto plazo, y otra que busca implantar usos más cooperativos, basados en el aprovechamiento racional, la profesionalización que evite el oportunismo y estrategias de explotación a medio y largo plazo. La batalla por la modernización que inició López Veiga desde la Xunta está resultando lenta y dolorosa, salpicada de espasmos empeñados en devolvernos a una concepción rudimentaria del mar y la actividad pesquera. El conflicto del pulpo es otro acceso de tan perniciosa nostalgia. Una vez más, los grupos más avanzados y cooperativos del sector se alinean con las tesis de la Consellería y sus técnicos. Mientras al otro lado se agrupa los viejos depredadores del pasado. Ni uno sólo de los argumentos de quienes se oponen al Plan Experimental del Pulpo resiste un mínimo análisis. Resultan obvias la necesidad y la urgencia de habilitar medidas que dejen descansar al mar y habiliten una explotación sostenible de nuestros escasos recursos pesqueros propios -en el caso del pulpo, el volumen medio de descargas registra un alarmante descenso durante los últimos seis años-. Pero dado que todos los implicados tienen bastantes más incentivos para burlarlas que para respetarlas, se impone reducir al máximo las oportunidades de trampear tales medidas. En un sector en vías de desarrollo y articulación, donde nadie se fía aún de nadie, absolutamente incapaz de autorregularse, la única manera de asegurar ese descanso pasa por retirar todas las nasas los fines de semana; o eso, o llenar las rías de inspectores. Criterios biológicos y técnicos han establecido las limitaciones del número de nasas o ese generoso tope de 160 kilos por embarcación. El estado del recurso aconsejaría incluso más exigencia y precisamente las prácticas reivindicadas desde ciertas zonas de A Coruña y Lugo son responsables principales de esta situación extenuante. Desde 1998 la evolución del recurso se controla biológicamente y de manera sistemática, son los técnicos quienes fijan topes de explotación aceptables entre unos márgenes de seguridad asumibles. Discutir ese mecanismo de decisión equivale a no entender a qué estado hemos llevado nuestros recursos, negarse a aceptar la evidencia y la razón para seguir confiando en la suerte y la naturaleza. Como hemos hecho siempre con los resultados que ahora padecemos, como se hizo a principio del siglo XX, cuando sólo se mariscaba ostra y su total extenuación nos obligó a diversificar la actividad y fijarnos en percebes y almejas. El argumento de los riesgos que implica para la seguridad la obligación de recoger las nasas cada fin de semana es simplemente tramposo. La normativa prevé un sistema sencillo para obtener autorizaciones y no hacerlo si las condiciones del mar lo aconsejan; además la limitación de nasas asegura que ninguna embarcación transporte más de las que puede. En Pontevedra la mayoría las recogen sin problemas cada día y, que sepamos, no ha aumentado la siniestralidad laboral. Afirmar que ello acarrea más costes sólo revela la ausencia de verdadera mentalidad empresarial. Si algo cabe criticar al Plan es no llegar hasta el final e implementar al completo el Reglamente de Artes, que permita a una parte del sector no recoger a diario sus artes mientras, que se muestre aún tan comprensivo con las demandas de quienes, a diferencia de otros, aún se resisten a entender que ha llegado el momento de madurar y pescar de otra manera.