La calle está medio vacía. Los turistas se concentran frente al bar que está de moda en los blogs de viajes. En el resto es lo de siempre, piedra húmeda y los cuatro habitantes que damos vueltas al ritmo de la Berenguela. Uno de ellos es Roberto. Nos cruzamos en la Rúa Nova. Para abrazarme deja las bolsas en el suelo. Su enorme barba me hace cosquillas, pero dejo que pasen así, de puntillas, unos segundos largos antes de separarme. Sus abrazos son temblorosos, como si el suelo se moviera bajo sus pies. En su paseo ha visitado varias librerías de la ciudad. De la mochila, donde también hay libros, saca un ejemplar de Marca de agua. Compartimos el amor por Brodsky, por Venecia, por la belleza. ¡Oh!, qué maravilla, le digo, pero ya lo tienes, devuélvelo. Me dice que no, porque no lo encuentra. Me lo imagino perdido bajo esa montaña de papel, el laberinto de palabras que ahora habita en un piso con vistas a la Quintana. Una herencia le permitió esa gloria, un refugio para él y para los libros al amparo de la catedral. Me cuenta que viene conmocionado del cine, ha visto Un poeta. Se ve atravesado por esa historia, tan tierna y dolorosa. El protagonista es un hombre que siente al margen, que no escribe poesía, la vive sin que a nadie le importe, una mente a contracorriente arrastrada por la pequeña crueldad de la realidad que es terca y exige peajes. Cuando decide plegarse aceptando un trabajo, ve la posibilidad de cambiar su propia fortuna a través de una alumna con un don. La chica vive en un barrio pobre y escribe bonitos versos, pero no le interesa mucho la poesía como destino. Se deja arrastrar como una hoja llevada por el viento. Le parece bien que sus hermanos o sobrinos merienden un poco mejor, o tener una laca de uñas brillante. Para el poeta, que no tiene mecenas, seguramente tampoco talento, todo se complica. El mundo está lleno de mezquindades para las que no está preparado. A mí también me gustó la película. Y encontrarme con Roberto y que me hable de Rilke o de los místicos. Nos despedimos y seguimos camino. En mis cascos la canción de Jeannette, corazón de poeta, de niño grande, de vagabundo, de mendigo, capaz de amar con delirio, de hundirse en la tristeza.