Francisco Narla, escritor: «Galicia siempre fue rebelde»

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Francisco Narla ?ante la Catedral el miércoles? presenta la semana que viene la novela histórica «Ultreia».
Francisco Narla ?ante la Catedral el miércoles? presenta la semana que viene la novela histórica «Ultreia». SANDRA ALONSO

«El obispo Gelmírez era un pieza», afirma el autor y piloto lucense, que presenta esta semana la novela histórica «Ultreia»

12 mar 2026 . Actualizado a las 16:20 h.

La tarde cae en Compostela como una pluma. Como si no recordara la revolución que marcó el principio de la historia de su Catedral, del Camino y de Europa. La Catedral era un gigante en construcción en 1117, cuando Compostela era un «tazón agitado» o un «capón suculento» codiciado por «cinco perros»: el obispo Diego Gelmírez, la reina Urraca, y su hijo Alfonso; el Concejo de la ciudad y la hermandad de la nueva nobleza gallega. Entre comillas expresiones de Ultreia, el aliento que lleva adelante la trama de la nueva novela de Francisco Narla (Lugo, 1978), escritor y piloto, que invita a despegar del relato vencedor, dominante, de la historia.

­—Hambre y mugre son la otra cara de la moneda del esplendor de Compostela en la novela, de una Catedral en obra con derrumbes y revueltas. ¿Por qué eligió 1117?

—Sin duda, hay contrastes. Pero Galicia siempre ha sido rebelde. Antes y después hemos dado sopapos. No olvidemos que Galicia es el primer reino como tal, el reino suevo. Y es nuestra rebeldía lo que marca lo que es el territorio gallego a día de hoy.

­—¿No está el Camino muy explorado, o aún hay una parte en sombra?

—El Camino es el trasfondo en ciertas novelas, pero yo quería que el Camino fuese el protagonista, y el ancla física del Camino es la Catedral, que ha sufrido, a lo bruto, tres grandes transformaciones. Está la basílica antigua, la original, la Catedral románica; el Renacimiento y el Barroco. Así a lo bruto. Tenía que elegir un momento. Y en esas revueltas habituales que no solo se dieron en Galicia en los inicios del siglo XII, la de 1117 es apasionante: cinco Ejércitos rodean Compostela. Urraca, primera reina de Europa; su hijo, los elementos de la ciudad (comerciantes y nobles); y el Ejército del obispo. Esos Ejércitos se disputan una Compostela que engorda por la importancia que está cobrando el Camino, en buena parte gracias a Gelmírez. El palacio de Gelmírez ahora está al otro lado de la Catedral porque en 1117 el que estaba de este lado [Platerías] ardió en las revueltas. El obispo escapó corriendo por los tejados de la Catedral disfrazado de mendigo.

­—¿Fue así, está documentado?

—Sí, no cabe ninguna duda. Lo que no sabemos es hasta dónde llega la afrenta a la reina Urraca. Pero Gelmírez era un pieza. El año 1117 es un año clave en la historia de Galicia, Europa y Compostela.

—¿Es la piedra angular de Europa?

—Sin duda, el momento en que el Camino de Santiago empieza a ser eje vertebrador del arte románico. Hay un viaje de ida y vuelta en ideas y conceptos, y hasta que llega el momento de gran caída, es el momento de mayor éxito del Camino, hasta hoy.

—¿Quién fue Diego Gelmírez?

—El hombre que quiso dar toda relevancia a Compostela. No tuvo pudor en hacer lo que fuera por hacer Compostela grande. Consigue el privilegio del palio, el arzobispado, inventa que el Códice Calixtino lo sanciona el papa, cosa que es mentira, y para darle a Compostela un mayor atractivo, roba reliquias en Braga. Hay que considerar la relevancia de las reliquias. Reliquias peregrinas hay muchas: el suspiro de san José cuando María le dice que está embarazada; de Jesucristo hay 13 o 14 prepucios...

—¿Qué sabemos del Códice?

—Que la autoría es del momento en que Gelmírez es obispo de Compostela y que hay involucrados autores franceses. Es una guía maravillosa, pero sabemos que la sanción del papa Calixto es falsa, se la inventó Gelmírez, que hace en el Códice una propaganda espléndida de sí mismo. El voto de Santiago es un invento suyo por el que se celebraron juicios importantísimos.

—¿Qué fuentes maneja como novelista?

—Tienes que leer todo lo que puedas. Los trabajos de David Porrinas, de Singul, de Castiñeiras, de Olveira, de Moralejo..., miles. Francisco Singul me ha ayudado a saber cómo estaba la Catedral en el momento. Pero, al final, como novelista piensas e un retrato impresionista. Hay que dar viveza y color al trasfondo histórico, pero no puedes estropear la narración por ese trasfondo. Piensa, por ejemplo, en uno de los mejores diálogos del cine. Casablanca. Renault le pregunta a Rick Blaine: «¿Qué te trajo a Marruecos?». Y Rick echa una calada y le dice: «Las aguas termales». Renault: «¿A Marruecos?». Y responde Rick Blaine: «Me habrán informado mal...». Tú sabes de inmediato que Rick es un cínico, que está de vuelta de todo, que no quiere compartir su pasado. ¿Cuándo has dicho tú una frase así de potente? Yo nunca.

—Las buenas novelas y películas subliman nuestro lenguaje sentimental, ¿no?

—Por supuesto. Ramiro Pinillo tenía una frase maravillosa: «En España no cuentan la historias, las dicen». No es lo mismo decir que contar. Yo soy novelista, no historiador. Mi historia tiene que ser Impresión, sol naciente de Monet.

—Ha procurado ese misterio de Santiago en las descripciones de «Ultreia».

—Sí, porque soy gallego. Y el misterio y la magia son intrínsecos de Galicia.

—¿Los figurones de la historia tienen siempre un lado oscuro, sus miserias?

—Sin duda. Y nos quedamos siempre con la parte luminosa de la historia. Como si van a tu casa y enseñas el salón, no el baño o la cocina después de cocinar. Julio César, por ejemplo, era un genocida. Lo admiramos, pero no olvidemos que en las Galias, de los tres millones de habitantes, a un millón lo mata y a otro millón se lo lleva como esclavo a Roma. Como novelista necesitas el conflicto. Sin conflicto no hay historia.

—¿De qué nace su pasión por la historia?

—De intentar entender quién soy. Soy un ignorante esforzado. Para mí fue sorprendente descubrir que elementos de la historia que estudié en el colegio no eran correctos.

—¿La figura de la reina Urraca ha llegado hasta hoy sesgada?

—Urraca ha sido ninguneada, y es la primera reina de Europa como tal, no por casarse con un rey. Pero lo que tiene mérito es que defiende la Corona y da pervivencia a su tradición y linaje. Era una mujer de armas tomar, una mujer empoderada. En el momento de la novela, Galicia es un tazón agitado y Urraca es capaz de manejarse bien en esas aguas revueltas. Le regala las reliquias de Santiago el Menor a Gelmírez porque necesita su ayuda. Urraca sabe defenderse. Los ingleses presumen del discurso de Isabel I a las tropas en Tilbury: «Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil, pero tengo el corazón y el estómago de un rey...». Y es mentira. Una reina de verdad como Urraca, 400 años antes que Isabel I, aquí casi no la recordamos.

—¿Ve la novela como un ajuste de cuentas?

—No. Yo busco que los historiadores me den un momento interesante, y hacer sobre todo una novela poderosa. Mi trabajo que tú llores, rías, te emociones, te excites, tengas miedo... Mi trabajo es emocionar.

—¿Escribir se parece a peregrinar?

—Sí, en muchos aspectos. La primera página en blanco de una novela es como echarse a andar en Roncesvalles. Sabes que no vas a hacer el Camino en un día. El segundo acto de una novela es complejo, un desierto, como Tierra de Campos. Puedes morir de sed. En el tercero, vuelves al agua y a la montaña. Escribir son las etapas del Camino. Y para el peregrino la apoteosis no es ver la puesta de sol, es recordarla. El gran logro no es el momento, sino como lo vives y saboreas el resto de tus días.

—¿Cómo se ven Compostela y el Camino desde el cielo? ¿Ser piloto le da una perspectiva reveladora del paisaje y de la historia?

—Cuando el vuelo va bien, y se ve, de geografía se aprende mucho. La Reconquista se puede comprender desde el aire, viendo los ríos. Esa perspectiva de atlas la vives desde arriba de una manera directa. El Camino de Santiago desde el aire lo ves bien, es el Camino más fácil. Mi historia es muy sencilla: yo era un niño que leía y un día descubrí a Saint-Exupéry. Y sigo llevando conmigo, como llevaba él, un cuaderno de tapas de hule, para escribir historias.