Arctic Monkeys: el éxito mundial rockero que nació en la piratería y las redes

Carlos Peralta
C. Peralta REDACCIÓN / LA VOZ

FUGAS

Un joven Alex Turner, vocalista de los Arctic Monkeys, en el concierto que la banda inglesa dio en el auditorio de Castrelos en Vigo en el 2007.
Un joven Alex Turner, vocalista de los Arctic Monkeys, en el concierto que la banda inglesa dio en el auditorio de Castrelos en Vigo en el 2007. GUSTAVO RIVAS

El sonido rompedor de un grupo de adolescentes ruló de ordenador a ordenador sin que los miembros del grupo fueran del todo conscientes. Los vigueses se enamoraron de su música sin quedarse con sus caras, hasta el punto de que la banda jugó una pachanga de fútbol mientras su público hacía cola para su concierto

12 ene 2026 . Actualizado a las 17:14 h.

Antes de Spotify y, por supuesto, de las stories de Instagram. Eran tiempos de Myspace y Fotolog cuando los Arctic Monkeys arrasaron en internet. Cuatro chavales con su inconfundible acento de Sheffield pasaron de ser unos completos desconocidos al número uno de las listas del Reino Unido, en el que ha sido uno de los últimos hitos del rock británico pese a los veinte años que cumple este mes Whatever People Say that´s What I´m Not (Lo que la gente dice de mí, eso es lo que no soy), la ópera prima del grupo.

La piratería era un problema acuciante en la Europa de mediados de los dos mil. Era el reino de Emule, Ares y otras plataformas. La industria se preocupaba y ocupaba de las descargas ilegales. Pero para los Arctic Monkeys resultaron cruciales en su, entonces, precoz carrera. El cuarteto, formado por dos guitarras, un bajo y una batería, regalaba cedés vírgenes a sus espectadores. Con el paso de los días y los conciertos en Sheffield, los muchachos comprobaban atónitos cómo el público se sabía al dedillo los 18 temas de Beneath the Boardwalk (Debajo del paseo marítimo), el nombre de la maqueta. Muchas de estas canciones saldrían después a la venta en su primer disco. La música de los Arctic Monkeys traspasaba distritos y fronteras a través de internet. Y todo, sin el interés premeditado de los culpables. Antes de tocar en el icónico Mercury Lounge de Nueva York, juraron y perjuraron en la revista Prefix que ni siquiera sabía que era eso de Myspace, la red social musical en la que sonaban una y otra vez sus acordes y que gestionaban sus seguidores.

La paradoja de aquel éxito en los albores de internet se vio en Vigo. La banda británica llenó el auditorio de Castrelos en julio del 2007. Mientras los asistentes, 20.000 en total, hacían cola para entrar, los cuatro miembros de los Arctic Monkeys disfrutaban de una pachanga futbolera en un parque cercano sin ser reconocidos.

Para cuando el grupo triunfó en la ciudad olívica, ya se había producido el único cambio de miembros. Andy Johnson, bajista, sintió la presión de pasar de la tranquilidad de tocar en el garaje del padre de Alex Turner, guitarrista y cantante de la banda y hoy absoluto icono del rock británico; a las giras mundiales. Le sustituyó, primero de forma interina y después ya oficialmente, Nick O'Malley. Completan la composición Jamie Cook (segundo guitarrista) y Matt Helders (batería).

Su primer disco salió a la luz en enero del 2006. El día de su estreno lograron 118.501 ventas, más que los veinte artistas más demandados juntos. Superaron incluso a Oasis. Arctic Monkeys rechazó las ofertas de las discográficas más grandes del país y apostó por Domino, el sello independiente que fichó años antes a Franz Ferdinand.

La discográfica se apuntó un doblete cuando, en septiembre del 2006, los Arctic Monkeys ganaron el premio Mercury, que años antes había ganado Franz Ferdinand. Su álbum era el mejor del Reino Unido e Irlanda. Lo demostraba el galardón y las cifras: siguen siendo el álbum de debut más vendido en las islas.

Indie, rock, garage, punk... Aquel disco era un cóctel explosivo y caliente, pese al matiz gélido del nombre del grupo. Los británicos movían la cabeza al ritmo de las baquetas de Helders en The View from de Afternoon (La vista desde la tarde) y su atronadora puesta en escena; recitaban de memoria el in crescendo de la voz de Turner en From the Ritz to the Rumble (Del Ritz al Rumble) y todo el país, amara u odiara al grupo, instalaba en su tímpano Mardy Bum.

Los Arctic Monkeys, que arrasaron con menos de 20 años, hablaban en sus canciones de la noche de Sheffield. Y de todo lo que sentían allí: amor, problemas, decepciones... Chris McClure era amigo del grupo. Se conocieron en el autobús 77, después de coincidir en conciertos. La banda le pagó una noche de excesos en Liverpool con una condición: que después fuera fotografiado. La imagen, en la que McClure aparece fumando un pitillo con los ojos alicaídos, convenció tanto a los Arctic que acabó en la portada del álbum. McClure sale cansado y derrotado, al borde del sueño profundo. «Qué absoluta locura», posteó el afectado hace unos meses, al ver su joven cara tatuada en la pierna de un seguidor. La banda le hizo un guiño en su primer sencillo, I bet you look good on the dancefloor (Apuesto que estás muy guapa en la sala de baile). Turner ya avisa en el videoclip antes de empezar: «No os creáis el hype».