Joëlle Eyheramonno Fouché, traductora de «El Principito»: «No se podrá leer como se ha leído hasta ahora»
FUGAS
Recuperan la versión original con los dibujos de Saint-Exupéry de un cuento para adultos que no han perdido la ingenuidad infantil
02 ene 2026 . Actualizado a las 20:26 h.Es, sin duda, uno de los libros que más se compra y se regala, «pero no sé decirle si todo Principito comprado es leído o si, más bien, funciona para muchas personas como un talismán, como el amigo que nos gusta tener cerca», cuenta Joëlle Eyheramonno Fouché. La edición que nos regala Kalandraka merece la pena ser leída y atesorada. La traductora no solo recupera la versión original del cuento de 1943 de Antoine de Saint-Exupéry, también sus ilustraciones, igual de importantes para entender el significado de este clásico. Sobre ellos, elabora un ensayo, La cara oculta de los dibujos de El Principito, incluido en la edición.
—¿De qué nos habla «El Principito»?
—En cierto sentido, es un libro que nos recuerda que la amistad, la solidaridad, el amor o la responsabilidad son los valores que dan el verdadero sentido a nuestras vidas en un mundo que se va deshumanizando. Es una obra llena de ternura y de poesía que tiene el poder de acompañarnos en todas las etapas de la vida y atravesar indemne las décadas: pasan las generaciones, cambia el lector, pero el texto, con sus delicadas ilustraciones, sigue conmoviendo por su sencillez, su musicalidad y su profundidad. Por eso, lo considero una obra maestra, pero, estrictamente, no es un libro de literatura infantil y juvenil: de hecho, está dedicado a un adulto y, continuamente, el autor está jugando con ambos destinatarios.
—¿Por qué quiso traducirlo?
—En mi época, era una lectura obligada en las escuelas de mi país, pero no me llamó demasiado la atención la historia de un niño que tenía una flor y buscaba a un amigo y, al no encontrarlo, volvía a su planeta. Años más tarde, me conmovió aquel niño perdido que buscaba a alguien que diera sentido a su vida, y capté el segundo nivel de lectura. Fue cuando decidí traducirlo por primera vez, en 1977. Ya en el 2000, cayeron en mis manos dos libros escritos por su mujer, Consuelo Suncín, nada más desaparecer su marido en circunstancias misteriosas: Memorias de la rosa y Cartas del domingo. El autor se cayó entonces del pedestal al que lo habían elevado y se hizo mucho más interesante. Me interesé entonces por sus años de exilio en Nueva York, leí sus Escritos de guerra y entendí en qué contexto dramático escribió el cuento. Tenía las herramientas para volver a traducirlo.
—A los que lo leyeron, ¿qué pueden descubrir ahora nuevo?
—Kalandraka ofrece una versión casi facsimilar de la edición que se publicó en Nueva York en 1943. El lector tiene entre manos un libro físico muy parecido al que se llevó Saint-Exupéry camino de la guerra. Los dibujos infantiles del cuento son esenciales e inseparables del texto: permitían al autor presentar de forma muy sutil el balance de su vida mediante detalles que habían pasado inadvertidos. El cuento de 1943 tenía, pues, dos lecturas: el texto narraba la historia de un ser de luz, el principito, y los dibujos recogían en su cara oculta la historia trágica de un ser de carne y hueso, el aviador, implicado conscientemente en una guerra y que sufría mientras escribía e ilustraba su cuento.
—Es pura filosofía.
—Plantea preguntas fundamentales que nos hacemos a medida que crecemos: sobre el amor, el sentido de la vida, la responsabilidad, la soledad o la muerte. Los dibujos-acuarelas requieren del lector, niño o adulto, que preste atención y se implique, que vaya más allá, que acuda a su imaginación.
—¿Cuál es la cara oculta de los dibujos?
—Las ilustraciones cobran otra dimensión que solo son capaces de descubrir los adultos conocedores del desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y de las peripecias de la vida del autor. Es la cara oculta de los dibujos: ya no se trata de fijarse en el color de las acuarelas, sino en el trazo del dibujo, que revela lo esencial. El mejor ejemplo es la acuarela de las flores del jardín de la página 64. Vemos el color rojo de las flores, pero no reparamos en la forma del macizo que apunta al mapa de Normandía donde tuvo lugar el desembarco de los Aliados. Saint-Exupéry escribió un cuento para niños como le pidieron sus editores. Aprovechó los dibujos para incluir el mensaje: que fue un hombre leal a su país, que su huida a Estados Unidos fue una decisión asumida con responsabilidad, que fue víctima de la intransigencia de sus propios compatriotas refugiados como él, que su vuelta al combate fue un acto de amor hacia su país y que tenía la moderada esperanza de que los hombres un día aprendieran a remar todos en la misma dirección en busca de lo que realmente da sentido a la vida. A partir de este momento, no se podrá leer El Principito como se ha leído hasta ahora. Será difícil no asociar las puestas de sol del cuento con la tragedia de muchos países en guerra.