Héctor Abad Faciolince sobrevivió a un ataque en Ucrania: «El misil cayó en mitad del restaurante, si sigo vivo es para poder contarlo»
FUGAS
Un problema de audición salvó su vida, pero las esquirlas mataron a su colega, la escritora ucraniana de 37 años Victoria Amelina; él espera volver a Kiev después de la guerra
15 jul 2023 . Actualizado a las 15:45 h.«Yo estaba en ese sitio y fui al baño. Cuando volví, ella lo ocupaba y yo estaba contento porque ahí no escuchaba bien». Desde hace una semana, Héctor Abad Faciolince descansa en casa, en Colombia, donde se recupera de las secuelas del ataque. Conversaba en una terraza de Kramatorsk con el diplomático Sergio Jaramillo, la periodista Catalina Gómez, ambos colombianos, y la escritora ucraniana Victoria Amelina cuando un misil voló la cafetería por los aires.
Una decena de personas murieron, entre ellas Victoria, de 37 años, sentada donde él reposaba minutos antes. A Kiev lo llevó la traducción al ucraniano de El olvido que seremos. El viaje a la ciudad oriental, próxima al frente, lo motivó el apoyo al movimiento civil Aguanta Ucrania. «Espero volver después de la guerra, ojalá, a celebrar la independencia», confiesa, con cierta congoja pero sosegado, desde el otro lado de la línea.
—¿Qué tal está?
—Tengo una pequeña herida en el estómago que no vale la pena, y estoy algo aturdido en los oídos por un tinnitus con pérdida de audición. Eso no es nada comparado con lo que sufrieron otros, en particular Victoria Amelina. Digamos que el cuerpo está bien, pero la mente sí está muy afectada. Es todo muy triste. Ella ni siquiera pensaba acompañarnos a este viaje a Ucrania oriental. Tiene, tenía, un niño de 10 años al que había sacado del país y se iba muy pronto con una beca a París, para terminar un ensayo sobre los crímenes de guerra de Rusia. Había abandonado la ficción, decía que ahora la realidad era más importante. A veces, escribía poemas. La brevedad de los poemas y la intensidad de las palabras se le parecían más a la guerra, dijo. Haber estado con ella fue muy valioso, y terriblemente trágico cuando la mataron.
—¿Se pensó dos veces ir a Ucrania?
—Mis editoras viven en Kiev. Si ellas son capaces de vivir ahí, de mantener viva su pequeña editorial, no iba a decir que no. Lo que sí me pensé mucho, y traté de disculparme, fue acercarme más al frente. Ahí ya no quería ir, pero no tengo mucho carácter para decir que no. Victoria se nos unió en el último momento.
—¿Cómo es una feria del libro en una capital en guerra?
—Los ucranianos han aprendido a convivir con la amenaza y el horror de la guerra. En Kiev hay sirenas de peligro de ataque aéreo que suenan generalmente por la noche, pero es una ciudad bastante bien defendida con armas antiaéreas. De todas maneras, la feria llevaba tiempo sin hacerse. Nos comentaban que hacía mucho tiempo que no veían a tanta gente junta y animada. Evitan las aglomeraciones porque al Ejército de Putin le gustan mucho.
—¿Qué aportan allí los libros, la palabra?
—En Rusia y en Ucrania las palabras se toman muy seriamente, han sido siempre muy importantes. Quizá por eso, desde los tiempos de la Unión Soviética, y ahora con Putin, apresan y detienen a periodistas y escritores. Allá la denuncia de lo que ocurre es muy peligrosa. Por eso Victoria estaba documentado y escribiendo sobre los crímenes de guerra y por eso para los rusos ella era una enemiga. Puede que nosotros, en Occidente, estemos un poco anestesiados a las palabras.
—¿Cambió su visión sobre el conflicto?
—No ha cambiado nada. No hubiera necesitado esta experiencia tan cercana de la muerte y del crimen atroz que es atacar un objetivo civil. Si sigo vivo, sigo vivo probablemente para poderlo contar. Le tengo que dar algún sentido a esta vivencia.
—¿Piensa más en el destino?
—[Hace una pausa]. Sí, tengo una amiga en Italia que me llama miracolato. Ella cree en la providencia, yo creo más en el azar. Quienes sobrevivimos, quienes quedaron heridos, quienes murieron, eso es azaroso. Lo que no es azaroso es el ataque, eso fue premeditado, con un misil de alta precisión. Cayó en la mitad del techo del restaurante Ria. Escogieron el momento de más afluencia, las 19.30, para alcanzar al mayor número de gente.
—¿Se puede luchar contra el olvido que seremos? ¿Cómo retrasarlo con Victoria?
—Lo primero es leerla. Una pequeña editorial de Madrid, Avizor, publicó su novela Un hogar para Dom, que yo he leído en estos días como quien reza. Narrada por un perro, Dom, cuenta con mucho humor, con mucha inteligencia, de un modo muy brillante, la historia reciente de Ucrania desde su independencia en 1991. El mayor homenaje que se le puede hacer a un escritor asesinado es leerlo.