Editorial La Felguera acaba de reeditar Auambabuluba Balambambú: La edad de oro del rock and roll, de Nik Cohn, lo que es una gran noticia porque llevaba veinte años sin publicarse en nuestro idioma este título, considerado piedra angular e hito fundacional de la literatura pop. Y es que cuenta este repaso a la primera década del rock con la singularidad de haber sido escrito en 1969, es decir, en medio del follón. De manera que todo lo que puede perder de perspectiva histórica lo gana en frescura y, sobre todo, en una maravillosa falta de esa nostalgia que suele impregnar cuanto escrito se edita sobre los gloriosos años sesenta. Y a esto ayuda el estilo directo, conciso y subjetivo de Cohn, que no se anda con miramientos a la hora de reconocer, como joven arrebatado por los encantos del pop, su devoción ciega por los Stones, Elvis o los Who, de la misma forma que rechaza la deriva de los Beatles cuando empezaron a llevar camisas de flores y collares de cuentas o admite que el modo en que Dylan le puso cerebro al pop le «deprime». Son juicios de valor basados en la pasión, que es al fin y al cabo de lo que siempre ha ido esto del rock. Alejado de cualquier tipo de visión académica o que pretenda darle al género una consideración que vaya más allá de la de fenómeno juvenil, Cohn explica la manera en la que la música moderna pasó de las baladas de Sinatra a convertirse en «pura fantasía sexual» y cómo terminó siendo al mismo tiempo el martillo que convertiría en insalvables las brechas generacionales y la tabla de salvación de los adolescentes: «Gritar ante Elvis, Beatles o Stones ha sido siempre algo tan reconfortante como confesarse o ir al psicoanalista». Lo único que se le podría reprochar, pero que en el fondo resulta cómicamente aleccionador, es esa falta de perspectiva histórica que recalca en su prólogo Kiko Amat, que hace que el autor asegure (y celebre) que los Stones «no están destinados a hacerse viejos». En resumen, un libro divertidísimo, exagerado y circunstancial. Como el pop. Y no es poca cosa.