Pedro Mairal: «Lo que no te atreviste a poner en Instagram, eso es literatura»

«Salvatierra» es una luminosa elegía a un padre inventado, artista y mudo, que durante más de 60 años pintó a diario su vida en un lienzo de rollos de tela consecutivos

Mairal, en una imagen del 2018 en la librería Moito Conto de A Coruña
Mairal, en una imagen del 2018 en la librería Moito Conto de A Coruña

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) escribió Salvatierra hace 20 años. «No le tuve que tocar una coma», revela el porteño cuando se le pregunta cómo ha envejecido la que por orden de imprenta es, en realidad, su tercera novela -en Buenos Aires se publicó en el 2008, pero aquí llegaron antes La uruguaya Una noche con Sabrina Love, la recopilación de artículos Maniobras de evasión y sus relatos Breves amores eternos-. Defiende que al no abordar ningún tema sentimental no se le nota como a sus otras historias el paso del tiempo. «Ya no miramos las cosas de la misma manera que hace diez años -comenta-. Algo que entonces no sonaba machista o que directamente pasaba desapercibido hoy en día chirría, hace un ruido horrible». El escritor confiesa que incluso se ha visto obligado en ocasiones a dar explicaciones, a aclarar que lo escrito era ficción y no su vida personal, casi a pedir disculpas por «la bestialidad» de sus personajes. Sin embargo, las relaciones que aborda aquí, dice, no han cambiado: «Seguimos siendo personas que nos sentimos lejos de nuestros padres. Y seguimos tratando de saber quiénes son».

-¿Y ese personaje de Salvatierra -padre, artista y hombre mudo- es real?

-No [ríe], Salvatierra no es mi padre. Tengo un padre abogado, nada que ver con este, pero mira, es cierto que es un tipo al que le cuesta mucho comunicarse, que hay cierta mudez emocional en él. La literatura, que a él le interesa mucho, fue lo que nos permitió conocernos más. Piensa que te hablo de un padre que cuando iba a cenar con él me hablaba de historia, de grandes batallas. ¡Y a día de hoy sigue haciéndolo! Nunca, nunca, tocamos temas personales; si aparecen, enseguida se genera incomodidad. Y quizá en esa mudez de Salvatierra haya algo de esto, pero también hay mucho de padre inventado en él, del padre artista que yo me inventé. En mi familia no había una figura así, el arte era algo que se dejaba para los fines de semana, mi abuelo pintaba, pero lo hacía los domingos, en categoría hobby. Y yo me tuve que inventar a un artista, a una figura que pudiese vivir de eso, construir una vida sobre la expresión artística. En Salvatierra hay mucho de ese padre artista que traduce la vida en lienzo y me enseña a hacerlo a mí, que la traduzco en palabras. Creo que uno se inventa a los padres también. 

-¿De dónde sale entonces esta historia?

-Hubo dos semillas primarias. Una fue un documental sobre Pollock, el pintor norteamericano. En él se cuenta que la revista Life le dedicó una de sus portadas con el titular «¿Es Pollock el mejor artista norteamericano?». Y a partir de ahí dejó de pintar. ¡El tipo no pintó nunca más! Quedó congelado por el flash, por la pregunta, por la notoriedad. Y entonces yo pensé en crear un personaje que fuese justo lo contrario, un completo desconocido que pintase todos los días, que nunca expusiese, que pintase continuamente de los 20 a los 80 años un mismo cuadro en unos rollos que se fuesen pegando. Y ahí apareció la idea del cuadro infinito. Por otro lado, me influyó mucho haber rescatado junto a unos amigos la obra de César Mermet, un poeta argentino que nunca quiso publicar. Era un maniático de las correcciones y nunca quiso detener su obra -una especie de planta viva que crecía y crecía- para publicarla. Tenemos todos sus papeles, todos sus poemas, toda su obra, un poco como todos los rollos de Salvatierra, y los vamos editando poco a poco. Esta idea de tener la vida entera de alguien, el arco vital completo de una persona desde que empezó a escribir o a pintar hasta que dejó de hacerlo, me atraía mucho, ir conociendo, descubriendo a alguien a través de su obra, esa fascinación.

-Hay un momento en esta historia en el que uno de los personajes, el hermano mayor, le dice al pequeño: «Nos estamos metiendo donde no nos llamaron. El pasado no se escarba así. Lo que le pasa a alguien pertenece a su propia época, no hay que desenterrarlo. Hay que vivir la vida de uno y dejar tranquilos a los muertos». ¿Hasta qué punto está alguien legitimado para hurgar en la obra de otro sin su permiso explícito? ¿Qué hay de la intimidad?

-Aquí hay dos posturas distintas: un hermano quiere saber, el otro no. Y ambas son legítimas, porque son diferentes duelos, el de dejar las cosas de los muertos como están, desde el respeto por los objetos, y el de ponerse a investigar. A veces también tiene que ver con cada momento, hay quien inmediatamente no quiere saber nada, quien necesita tiempo, y después le agarra la intriga. Y sí, me parece completamente legítimo hurgar en las huellas que dejó alguien en este paso por la vida, incluso aunque uno encuentre cosas que no le gustan. Creo que eso es lo que nos vuelve humanos, esas facetas, ese lado «b» de la gente, lo que no quiso mostrar. Y eso se está perdiendo un poco, o polarizándose mucho, porque la gente construye su identidad ahora en redes sociales y muestra su mejor perfil, su mejor foto en Instagram, la parte linda del viaje, sus opiniones de buen ciudadano. ¿Y la espalda de eso dónde está? ¿Qué es lo que no salió en Instagram? Para mí eso es literatura, lo que no te atreviste a poner en Instagram.

-¿Conocemos realmente a nuestros padres?

-Hay un abismo muy grande entre padres e hijos. Nos separan de ellos unos 30 años, más o menos. Aunque estemos cara a cara siempre hay esa distancia generacional tan enorme, una distancia insalvable. De alguna manera, conocer la obra de alguien, como sucede aquí, es conocer un poco su alma, su manera de mirar, su subjetividad o, al menos, tener la ilusión de hacerlo, porque realmente nunca llegamos a saber cómo es, cómo era, el otro. El arte lo permite un poquito, nos deja tener apenas un chispazo de la consciencia del otro. Y a mí eso me fascina. Así que creo que sí, que es imposible conocer a los padres, pero que algo como la literatura o la pintura nos permite una especie de acercamiento, un canal de comunicación, aunque sea mínimo, pero algún contacto con ese ser.

«Uno está atrapado en su propio relato, y es muy importante salirse. Muchas veces el amor es eso, una mirada que te saca de ahí, que te muestra de otra manera»

-Los protagonistas de «Salvatierra» descubren cosas de su padre que les hacen plantearse si los años que vivieron con él fueron como ellos los recuerdan. De repente, al saber, el pasado ha cambiado. ¿Cómo le afecta a un hijo darse cuenta de que lo que ha vivido con su padre poco tenía que que ver con lo que su padre estaba viviendo en ese momento? ¿Puede uno encontrarse a sí mismo a través de las experiencias familiares?

-Eso es lo importante de que cada uno dé su punto de vista, porque la gente recuerda de manera diferente un mismo hecho. Le preguntas a un hermano cómo vivió algo y te cuenta de una forma distinta lo que tú tienes en la cabeza, te lo cuenta tu padre y no tiene nada que ver. Es como si la realidad no existiese, como si lo que existiesen fuesen interpretaciones. Y es curioso porque aquí, en un determinado momento, el personaje del hijo se ve a sí mismo dibujado por su padre, que pudo ver cosas que él no vio: se lo imaginó partiendo en el tren cuando se fue a estudiar a la capital, fumando, tomando cerveza en esas pequeñas habitaciones de las pensiones, incluso retrató a su exmujer con su propio hijo, y le sorprende cómo pudo prever su separación, cómo lo plasma en el lienzo, cómo dibuja al nieto mirando directamente a los ojos del espectador del cuadro. Yo creo que hay una sensibilidad particular en alguna gente, que hay quien logra ver cosas, que no las entiende del todo, pero que tiene intuiciones. Esto cuando pasa en el arte es maravilloso, uno no lo controla. A mí me ha pasado muchas veces escribir cosas premonitorias de mi propia vida. En el momento yo no sabía que eso era premonición, claro, y eso me fascina y me asusta un poco. Por eso a veces no escribo cosas terribles, porque tengo miedo de estar escribiendo el destino. Y luego está el tema de que uno está atrapado en su relato, y es muy importante salirse. Muchas veces el amor es eso, una mirada que te saca de ahí, que te muestra de otra manera, que te saca de tu manera de verte. Cuando el amor es eso, es fascinante. Y es dolorosísimo perderlo, pero cuando una mirada cree en vos y te hace ver otra cosa sobre vos mismo, eso es increíble. 

-Decías que en tu familia no había ningún artista, que el arte se entendía como un pasatiempo. ¿Cómo se tomaron en tu familia que te dedicases a escribir?

-Pues aún a día de hoy mi padre sigue con una mezcla de preocupación y orgullo [ríe]. Yo ya tengo 50 años y él más de 80, y todavía hoy le hablo sobre algún trabajo que hago y me dice: «Ah, ¿y te pagan por eso?» ¡A él le parece que fuera del mundo empresarial no circula dinero! No le parece posible, todo el mundo de la cultura le parece medio irreal. Y también le preocupa tener un hijo que cuente cosas sexuales, que invente historias incorrectas… Es un poco inquietante para un padre y para toda la familia esto, ese cierto temor a que salgan historias familiares. Es como tener un espía, un doble agente en la familia. Pero es ficción, ¡y que se fastidien! Uno siempre es un gran traidor, siempre va a traicionar las historias familiares, contarlas a su manera, y seguro que hay alguna tía o alguna prima a la que no le van a gustar… Lo lamento mucho, pero es así. Tienen que asumirlo.

-Esta es una novela más pintada que escrita. ¿En qué se parecen estos dos lenguajes, la pintura y la escritura? 

-Yo escribo de una manera muy visual, pinto con palabras y tengo siempre la intención de que el lector vea lo que estoy escribiendo, casi que lo viva. Me interesa mucho que lo que escribo pase por lo sensorial, tengo en cuenta los cinco sentidos: que se huela, se vea, se sienta en la piel, se oiga, se saboree. Creo que se escribe desde el cuerpo del autor al cuerpo del lector, que la literatura es un cuerpo a cuerpo. Y sí, quizá es un libro más pintado que escrito, porque Salvatierra no tiene palabras y traduce todo a la imagen, su comunicación es visual, pero esto lo vuelve un poco una trampa. Mira, hay quien ya está pensando ya una versión cinematográfica de esta historia, pero yo creo que sería bastante difícil de llevar a cabo, porque el truco es que está todo hecho con palabras y si quisieran hacer el cuadro de Salvatierra no sé cómo sería al ser un cuadro tan dinámico. Básicamente, el hijo mira el cuadro y se mete en escenas del pasado; es como si el cuadro se moviese, se animara. ¿Cuántas veces puedes hacer eso en una película sin llegar a cansar al espectador? Yo creo que a la tercera vez el público va a decir basta. Pero en el libro no se nota porque la continuidad es verbal, no se nota ese salto. Es un libro tramposamente visual, porque no es visual, yo hago que la gente sienta que lo está viendo. Hay mucha descripción, pero también mucha manera de plasmar la visión que tiene Salvatierra de las cosas a través de imágenes, por ejemplo, la escena del casamiento.

-Y la estructura circular de la historia.

-Me fascinó pensar en eso, en un cuadro infinito, en que al final hiciese un loop y volviese a empezar. Y me interesaba que la novela tuviese también esa estructura. Hay un truco que, sin saberlo, le hace Salvatierra a su hijo al final. El hijo busca el fragmento faltante para que la obra de su padre tenga un borde, un límite; también para saber dónde acaba la vida de Salvatierra y empieza la suya, y cuando parece que ha encontrado el borde, cuando tiene toda la obra, se da cuenta de que es infinita. El título original del libro era El cuadro infinito de Juan Salvatierra, pero al final cayó todo lo otro y quedó solo Salvatierra. Era un poco demasiado, un spoiler incluso, pero la idea de infinitud ya estaba ahí desde el principio.

-Como en otras novelas tuyas, hay aquí un viaje, un hombre separado, un protagonista que se dedica a escribir, un río que separa dos mundos. ¿Son intencionados estos puentes entre tus obras?

-Sin duda hay continuidades, sí, ¡pero porque están escritas por el mismo tipo! El Uruguay como país vecino funciona tanto en La Uruguaya como en Salvatierra como «el otro lado del espejo». Hay ahí como un pase mágico en el cruce, en ir de un lado a otro: se cruza, se descubre algo y se vuelve. En las dos novelas hay eso, esos dos mundos tan parecidos frente a frente, pero distintos. Hay un movimiento constante entre la familiaridad y la extrañeza. Y esto es muy literario, porque te hace ver las cosas cotidianas por primera vez. Y hay algo onírico, con la textura de los sueños. Está eso... y sí, también el hombre separado o en vías de divorcio. Supongo que esto habrá tenido que ver con una etapa de mi vida donde todo se tiñó de la idea de fracaso de la pareja. ¡Pero Lucas (el protagonista de La Uruguaya), y Miguel (el de Salvatierra) son muy distintos! Miguel es un tipo mucho más sosegado, descubre medio tardíamente su vocación de escritor y escribe para el diario de una ciudad pequeña… Es un tipo mucho más tranquilo que el desaforado de Lucas, que no me cae tan bien. ¡Me cae mucho mejor Miguel!

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Cruzas el río y allí, en la otra orilla, eres otro. Como en un espejo: misma apariencia, pero diferente. «Plata» en los bolsillos, el pelo revuelto, un tatuaje en el hombro izquierdo. El calambre en el vientre de las ganas que están de vuelta. «Estaba muerto y por fin resucité», reconoce Lucas Pereyra -escritor, 44 años- en La uruguaya, el regreso del argentino Pedro Mairal a la novela después de diez años de silencio. Recuerda, de camino a Montevideo, un fin de semana del verano pasado. Un año después vuelve congestionado de expectativas al mismo lugar. Su confesión se alarga durante 142 volátiles páginas. Un solo día. De los que cuentan. De los que uno cruza el punto de no retorno deliberadamente.

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