El sí de las niñas


No me acostumbro a las noches mudas de la pandemia, me despierto siempre en las horas prohibidas y me pregunto si mi corazón es un diapasón que necesita sentir el ritmo del silencio, medir las notas de la soledad de las calles, contar las copas que ya no se toman los borrachos. Si abro los ojos lo suficiente, echo la mano al teléfono, esa enfermedad del siglo XXI, y siento una leve alegría, una leve decepción o una leve indiferencia. Sea lo que sea, sucede con la tibieza de los tiempos. En ese intersticio, a veces leo un capítulo o una novela. Anoche pasé el rato con Harvey, el Harvey Weinstein de los abusos y de las violaciones y del MeToo. En la historia de Emma Cline, el productor está pasando la noche anterior a la sentencia en una casa prestada. En pocas páginas y derrochando sutilidad, la autora construye el personaje en su descenso a los infiernos, un averno que construyó él mismo pero al que no pensó nunca que llegaría. Si acabaron allí o no aquellas mujeres simplemente no era asunto suyo. Él es padre, es abuelo. Él es un genio. Ellas lo abrazaban en las fiestas. ¿De qué se quejan? Todo es demencial. Esa noche aún piensa que la absolución es posible a pesar del titubeo en la voz de muchos ceros de su abogado.

No es extraño su estupor. Los abusadores acostumbran a morir felices en sus camas.

A veces el poder lo da la literatura. Cuenta Vanessa Springora en El consentimiento cómo fue víctima de un depredador de guante blanco. Ella tenía 14 años y él 50. Ella era una niña necesitada de amor y él un escritor famoso. Un día despertó y vio la trampa. Su «amado» ya estaba manipulando a la siguiente adolescente. Vanessa pidió ayuda a Cioran, amigo del individuo. Bajo ningún concepto debes molestarlo, le dijo, lo importante es que Él está creando. Para esa «obra» utilizaba las cartas de las niñas, sus inocentes palabras de amor. Los niveles de perversión de los «hombres dios» no tienen límites. La madre de Vanessa consintió, la sociedad entera consintió, las inocentes niñas dijeron sí.

Yo leo y pienso en un kalashnikov.

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