Rutinas y sobresaltos de la gente común

Anne Tyler explora los sentimientos y sus implicaciones a través de personajes como Micah Mortimer, protagonista de «Una sala llena de corazones rotos»


En una entrevista, el guionista Javier Gómez Santander explicó que el periodismo era una buena fuente de historias, porque, venía a decir, ponía a uno en contacto con la vida de personas extraordinarias y con personas normales en circunstancias extraordinarias. Los personajes de las novelas de Anne Tyler (Mineápolis, 1941) suelen ser un cruce de ambos factores: la rutina de la gente común. Sus sobresaltos vitales, sin ser grandes cataclismos, alteran sus existencias para colocarlos ante el conflicto, motor de las historias de una autora que ha alcanzado la excelencia en sus ya clásicos El turista accidental y El matrimonio amateur. Son dos títulos celebrados de una larga trayectoria en la que Tyler se ha dedicado a examinar los sentimientos y sus implicaciones -y complicaciones- a través de personajes como Micah Mortimer, protagonista de Una sala llena de corazones rotos, publicada por Lumen en la traducción de Ana Mata Buil.

Micah es un autónomo especializado en resolver problemas informáticos a domicilio. Mantiene una relación sin demasiadas ataduras con Cass, encajada perfectamente en sus días intercambiables, ocupados por el trabajo, sus salidas para correr y las citas con alguien a quien se resiste a llamar novia, en teoría por edad -ya en la treintena-, pero quizá haya razones de mayor peso. La rutina de Micah se ve sacudida por el anuncio de Cass de que la van a echar de su casa -y espera de él que se comporte de una determinada manera, expectativa que se ve defraudada-, a la vez que se presenta en la suya un joven de 18 años, Brink, que dice ser el hijo de Lorna, una antigua pareja suya en la universidad. Un Brink que guarda cierto parentesco con el Holden Caulfield de Salinger o el Rashid Cole del Smoke de Auster. La confluencia de ambas circunstancias removerán el cierto ensimismamiento en el que Micah conduce su vida, enfrentándolo a una serie de encuentros y decisiones que Tyler maneja con sutileza, dejando que sea el diálogo entre sus personajes el que haga avanzar la trama. Concluida la lectura, la autora deja más o menos abierto a la intuición lo que le aguarda a Micah, pero es en las páginas previas donde radica el interés, como el caso de una de sus clientas, Yolanda, que insiste una y otra vez en sus citas por Internet, porque de lo que disfruta es de los preparativos.

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