José Ignacio Carnero: «Estar triste no significa que tu vida sea triste»

El escritor vasco vuelve a la primera persona para enfrentarse a la depresión masculina y a un mundo tolerado a golpe de Orfidal: «Sigue siendo un tema tabú, porque nombrarla significa nombrar los males del mundo en el que vivimos»


Dice José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) que no se reconoce cuando se lee en las entrevistas. Le pasa a menudo estos días, a cuento de la promoción de su segunda novela, Hombres que caminan solos (Random House), y lo asegura tan franco, de manera tan espontánea, que resulta difícil no creerle. Resuelve que lo que pasa es que solo por escrito consigue dar con lo que quiere decir exactamente: «Hay gente que es muy hábil socialmente y otra que no, que necesita un intermediario, una forma de expresión adicional para entenderse. Hay muchas cosas que tengo en la cabeza y solo al ponerme a escribir me acerco a ellas». Esta revelación es también una declaración de intenciones, porque Carnero cultiva el confesional, ese género tan sobado que, sin embargo, a él le funciona considerablemente bien. Se siente cómodo en la primera persona y, una vez instalado en ella, se lanza a fabular. A diferencia de Ama, su primer libro, en el que se abría en canal para hablar de la enfermedad de su madre, esta historia recurre a la trampa. No todo es real, tampoco todo es imaginado. Mitad y mitad, despeja. ¿Qué nos cuenta aquí? Que también los hombres están tristes.

-¿Se enfrenta el lector de una manera diferente a este libro si previamente ha leído tu primera novela?

-Imagino que sí, porque al utilizar la primera voz puede haber un hilo conductor entre uno y otro. Creo que de las dos maneras funciona, se haya leído primero el otro o no. Y pueden ser dos lecturas diferentes, pero para nada es necesario haber leído el primer libro para acercarse a este, funcionan independientemente de forma autónoma. No hay ninguna idea de hacer una obra conjunta, ni mucho menos.

-En «Ama» abordabas la figura de una madre, la tuya, y aquí, en determinado momento, la de un padre.

-Sí, pero de forma radicalmente distinta. La madre de Ama es una madre real convertida en personaje de novela y aquí el padre es un personaje de ficción, el material del que me sirvo no es el de mi vida, sino el de la imaginación. Puede haber conexiones con la vida real, como todo, pero en mi primera novela había una pretensión de hacer un retrato de una persona y aquí no, he dejado volar la imaginación en la construcción del personaje del padre.

«Aunque fuera todo verdad, cuando me pongo a escribir ya estoy mintiendo»

-Entonces, ¿hay mucha ficción aquí?

-No lo sé, y lo digo sinceramente, porque, ¿qué es la verdad o la realidad? Pueden ser una serie de datos objetivos sobre personas o acontecimientos, pero muy limitados. A partir de ahí, todo es restar, pasa por tantos filtros que al final acaba completamente manipulada. Y a pesar de que en un principio el material sea cien por cien la realidad, todos esos filtros lo han emborronado todo, tanto que decir incluso que una novela cien por cien de no ficción es la realidad sería mentir. Está ensuciada por tu subjetividad. Dicho esto, en Ama el material era real y aquí no. Hay una parte de realidad, sí, la mitad, quizá, y otra parte que surge de la imaginación. Pero sigo creyendo que de una historia de ficción a una de no ficción tampoco hay tantas diferencias, porque cuando te pones a escribir ya estás imaginando, el mero hecho de recordar ya es imaginar. Los recuerdos se pervierten, se manipulan, se emborronan. Y luego cuando vas a escribirlos, cambian otra vez, porque uno tiene las herramientas que tiene para escribir, y su estilo y su forma de contar las cosas. Aunque fuera todo verdad, cuando me pongo a escribir ya estoy mintiendo.

-¿Y qué hay de la depresión del protagonista? ¿Es algo que has vivido en tu propia piel?

-Hay experiencias personales que me han servido. Era un tema que me parecía interesante y como es algo en lo que la imaginación tampoco puede ayudar mucho, porque aquí sí que tenía la pretensión de intentar ajustarme al máximo, partí de experiencias personales y de personas que han pasado por lo mismo. Es un retrato íntimo, pero no solo de mi intimidad, también de la de otras personas.

-¿En qué momento aparece esta historia?

-Fue surgiendo. Siempre he escrito y lo he hecho, además, de un modo similar, basándome en cosas que más o menos veía cercanas. Lo único que ha pasado es que he tenido la suerte de que me han publicado dos libros. Al terminar de escribir Ama, dudé con qué voz empezar la siguiente historia, y me di cuenta de que la misma que había utilizado ahí, la misma forma de contar las cosas, me podía ser útil para hablar de otras muchas más que no fueran mi madre o yo mismo, incluso con un vuelo ficcional más alto o con otras perspectivas. Y darme cuenta de eso, de que la voz y la historia son dos cosas distintas, para mí fue una alegría.

-¿Qué supone para ti escribir?

-Siempre lo he hecho, porque es una manera de explicarme a mí mismo las cosas que no comprendo. Creo que hay diferentes formas de expresión, hay gente que es muy hábil socialmente y que comprende el mundo de una forma menos pausada, o sin el filtro de la escritura o de otras formas de expresión artística, y hay otra que no, que necesita un intermediario, una forma de expresión adicional. Y básicamente yo tengo ese medio de expresión y comunicación con los demás. Hay muchas cosas que tengo en la cabeza y que no entiendo, y cuando me pongo a escribir me acerco bastante a ellas. Una vez que lo tengo escrito, digo, esto es. Y por eso tengo la idea de seguir escribiendo. Por ejemplo, cuando leo las entrevistas que me hacen o me escucho en ellas, no me reconozco [ríe]. Pienso, "sí, has dicho esto, pero no has sido del todo claro, no es lo que tú piensas, no es exactamente lo que crees". No me reconozco y eso sucede porque no es mi forma de expresión. Siempre me he sonado raro en una conversación y, sin embargo, cuando pongo algo por escrito me quedo tranquilo.

-«Hombres que caminan solos» es, entre otras cosas, el relato de una depresión, de un vacío. ¿Hasta qué punto hay fertilidad en la tristeza?

-Creo que era Tolstói el que decía algo así como que la felicidad es de un único color y la tristeza admite diferentes colores, diferentes formas. Yo creo que esto es así, que la felicidad nos hace vivir el presente, nos hace estar muy arraigados en lo que está sucediendo en ese momento y no nos deja ver más de lo que tenemos enfrente, y la tristeza es más productiva artísticamente, nos hace mirar hacia atrás, al futuro y también hacia el presente. Yo creo que es más útil para la escritura. Pero una dosis justa de tristeza o melancolía, claro, porque el agujero negro de la tristeza, la tristeza más pura, es completamente estéril. De ahí nada bueno se puede sacar. Y esto tiene también mucho que ver con la forma de estar en mundo de cada uno. Hay gente que tiene la virtud de estar en el presente, en esa felicidad, y es envidiable, y hay otra que está más tocada, y eso le hace revolverse, intentar recordar... y de ahí surgen formas de expresión artística. Hasta en momentos felices, aún siendo feliz, el triste está triste.

-¿Estamos más tristes que la generación de nuestros padres o es que lo demostramos más, que se habla más de ello?

-Es algo subjetivo. Estar triste no significa que tu vida sea triste, estar triste no significa que objetivamente estés mal. Estar triste parte de una interpretación que haces tú de tu vida o de tu entorno. Y creo que las generaciones pasadas vivían peor que nosotros, pero que tenían un horizonte, una perspectiva, un pensamiento de progreso, que podían estar muy mal, sufriendo, pero veían que el mundo iba a mejor, que avanzaban, que ellos se iban a sumar a ese tren. Los lugares inciertos por los que pasaban, supongo, los verían como un trayecto hacia un lugar mejor. Y nosotros ya estamos en ese lugar mejor, tenemos una vida mejor que la de nuestros padres y la de nuestros abuelos y, sin embargo, tenemos la incertidumbre y la duda de que el progreso sea infinito. No es tanto el cómo te vayan las cosas o el nivel de vida del que disfrutes, sino la percepción del futuro. Y la de nuestros padres era positiva, en términos generales. La nuestra... bueno, ahora ya con la pandemia...

-Dices que cada juventud tiene su droga y la nuestra son los ansiolíticos. ¿Es la ansiedad uno de los grandes males de este siglo?

-Si, creo que la velocidad a la que vivimos nos lleva a que se difumine la percepción del futuro y eso, a una inestabilidad tremenda. Y pienso que si el mundo sigue a esa velocidad, pueden ocurrir dos cosas: o que descarrile y que haya que frenar, o que nos acabemos acostumbrando. En cierto modo, estamos haciéndolo ya, porque nuestra vida sigue y ahí seguimos. Los que han nacido ya en esa velocidad, en ese vértigo, ya no lo sufrirán con tanta intensidad, ya han nacido en un mundo en el que los acontecimientos, las noticias, los sucesos van muy rápido. Ya tendrán asumido que sus vidas son inestables, que no hay trabajos para toda la vida, que el matrimonio no dura siempre... nacerán sabiéndolo, vivirán completamente acostumbrados a esa nueva forma de vida. Yo creo que nosotros hemos vivido la vida antigua y la nueva, y estamos ahí, con esa ansiedad que provoca no tener un referente fijo y estar desorientado.

-«Quedamos con desconocidas por Tinder, pedimos pizzas para cenar o nos tragamos una temporada completa de "Juego e Tronos". Hacemos lo que sea con tal de no hablar de nuestros problemas. La depresión de los hombres está llena de ruidos que no dejan oír bien». ¿Hablan poco los hombres de lo que les pasa?

-Yo creo que algo más hablamos, que hemos mejorado, pero que seguimos arrastrando todavía pautas de comportamiento tradicionales. Creo que los hombres nos comunicamos mucho a través de silencios y que las mujeres manejan mejor la comunicación de las emociones. Y sigue siendo así. Los hombres llevamos un tiempo saliendo de ese silencio y de esa opacidad, y vamos haciéndolo mejor que antes, pero todavía queda mucho. No hay que confundir lo que las personas queremos que pase con lo que pasa: hay ideas políticas o sociológicas súper útiles, que nos las podemos creer al cien por cien, que las defendemos, que consideramos que hay que aplicarlas, pero la mochila que llevamos encima no ha quedado completamente vacía por el hecho de que nos convenzamos de ellos. Creo que hay un peso del pasado que nos hace comportarnos de una forma determinada.

-¿Es un tabú la depresión masculina?

-Es tabú la depresión en general y más en los hombres. Porque las enfermedades mentales y en particular la depresión atentan contra la productividad del sistema. La persona que está pasando por una etapa depresiva deja de producir, deja de ser útil para la sociedad, y eso está mal visto. Y hay mucha confusión también y cierta utilización perversa del término. Es tabú porque nombrarlo significa nombrar los males del mundo en el que vivimos. Si se comienza a hablar, en general, sobre las enfermedades mentales creo que se ilumina las zonas oscuras del sistema, y eso no interesa. Empezarían a abordarse temas verdaderamente espinosos: hablar de una demencia, hablar de una persona comúnmente llamada loca... ¿Hasta qué punto está alguien loco? ¿Hasta qué punto tiene la sociedad la potestad de recluirle en un lugar sin su consentimiento? Son temas muy delicados, que al tocarlos emerge una parte sociológica, antropológica, de pautas de comportamiento. Y esto no se quiere hacer. Y no se habla de ello.

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