Xoel López: «La música siempre ha sido mi salvavidas»

Habitando desde hace años su propia parcela en el pop nacional, el músico coruñés llega con aires renovadores en «Si mi rayo te alcanzara», su último trabajo que hoy ve la luz. Con él inicia una etapa que refleja su nueva vida


Redacción

Como ocurrió con tantos otros lanzamientos de este 2020, la pandemia alteró los plantes de Si mi rayo te alcanzara, el nuevo trabajo de Xoel López. Inicialmente previsto para la primavera, se retrasó hasta ahora. Por el camino desveló hasta cuatro adelantos. «Por primera vez en mi vida voy a sacar un disco y no tengo ni un solo concierto por delante. Eso no me pasó jamás», dice el coruñés subrayando lo extraño de los tiempos. También su esperanza de futuro: «No sé qué va a pasar. Pero quiero pensar que la gente tendrá el disco para empaparse y cuando volvamos, en febrero, marzo o cuando sea, podamos disfrutarlo incluso más», señala.

-El disco empieza con un ambiente onírico. Dice que se cierra una puerta y se abre una ventana. ¿Entramos claramente en una nueva etapa de Xoel López?

-Sí. No es casualidad que sea el primer tema. Tenía muy claro que empezaría con El destello y esas frases en las cuales dejas algo atrás y dices que empieza una nueva fase en tu vida. Es la canción más diferente a lo que venía haciendo. Me pareció bonito empezar con una propuesta nueva. Tiene, además, una coda. Esa parte final está hecha por encima de la composición original. Es una especie de obertura en la que se presentan todos los sonidos y recursos del disco. Ahí aparecen ya los coros de las chicas, el bajo y la batería, elementos percusivos extraños, polirritmias, una voz con autotune… La idea es poner al oyente en materia.

-Dice «autotune». Alguno se preguntará: ¿Xoel también se suma al «trap»?

-[Risas] Es solo una pincelada, una coña del estudio, probando cosas. Esta quedó y nos echamos unas risas. Es un recurso muy goloso porque enmascara muchas cosas, pero aquí es solo un detallito.

-Dice que el productor Campi Campón tuvo libertad total. ¿Qué peso ha tenido?

-Mucho. Le di a Campi un lienzo en blanco. No intervine. Le pasé las canciones con piano y voz y le dije que hiciera lo que quisiera, que no iba a entrar ahí. Yo le di las pinturas, pero el cuadro lo pintó él. Lo único que le dije es que no estaba muy guitarrista y no me apetecía meter muchas guitarras. Y de ahí salió una producción que llama la atención y tiene mucho peso en el resultado final.

-Los discos de ruptura son casi un subgénero musical. Usted se ha separado y, sin embargo, este álbum es diferente a lo usual en estos casos. ¿Lo quiso evitar?

-Es una situación diferente en mi vida que se dio a nivel emocional y que afectó a lo estructural, a mi día a día. Eso me llevó a buscar en otros lugares, a ser más coral y a buscar otras energías. Creo que eso es lo que propició que fuera un disco completamente diferente a lo que hubiera sido. Es verdad que yo quise aprovechar la parte liberadora del cambio y reflejar lo positivo. Estas cosas son difíciles. Tienen una parte de duelo, pero también una buena, que es por la que surgen. Es cierto que, en ese sentido, no es un disco al uso de alguien que está lamentándose. Busqué la energía de ese rayo liberador. De la tormenta sale eso. Quise reflejar la luz, no lo que el rayo partía.

­-Vuelve a aparecer la idea de la música como salvavidas emocional, como en «Paramales» (2015).

-Es inevitable. La música es lo que es. Para los que nos gusta y hacemos canciones es sanadora. En Paramales lo quise reflejar explícitamente, pero siempre lo ha sido: un elemento al que agarrarse y que te ayuda a sentirte mejor e incluso comprendido. Me pasa con algún poema, pero sobre todo con música. Escucho una canción y, de repente, eso me reconforta, me reconcilio un poco con el mundo, se disipan los fantasmas y me centro. Yo no me imagino una vida sin eso. Siempre ha sido un salvavidas y lo sigue siendo.

­-Esa apuesta de confiar la composición y la producción es muy arriesgada. ¿No pensó en que podía salir mal?

-Sí, si no hubiera funcionado, lo hubiera cambiado. Tuve que hacer el ejercicio de no pensar cómo lo haría yo. Al principio Campi hacía algunas cosas y yo pensaba en eso. Y me dije que no, que lo tenía que hacer él, porque si no la cosa no iba a funcionar. Con David Quizán era distinto. Yo no quería hacer un disco a medias, sino que él colaborase con mi forma de entender mis canciones, con las temáticas que yo propusiese y las canciones que yo plantease. Mi idea es que él me ayudase a terminar las canciones que iba proponiendo. Lo tuvimos claro y funcionó a la perfección. Casi podría decir que esa ha sido la parte más bonita del disco: las mañanas en mi casa y David y yo ahí trabajando con esa luz que tiene Madrid tan bonita. Hicimos como 20 canciones. Hay muchas que podrían estar. De hecho, nos planteamos retormarlas y grabarlas  por el mero placer de hacerlas, ahora que no hay tantos conciertos. 

-Sigue haciendo canciones extrañas y accesibles.

-Siempre me pasa.

-No son lo que el oyente espera que sean, pero termina por enganchar.

-Claro y al final no saber decir si son accesibles o no. Es pop, eso está claro. Pero es un pop de segunda escucha. Mucha gente me dice que con la música que hago tenía que llegar a más gente. Yo pienso que no lo mío no es tan asequible. Pero, al mismo tiempo, es super asequible comparado con mogollón de marcianadas que escucho por ahí.

-¿Tuvo algún reto sonoro este disco?

-Hay dos canciones con las que siento que he llegado a lugares nuevos: Tigre de Bengala y Joana. Una es quizá la canción más alegre y bailonga que haya hecho en mi carrera. No recuerdo una cosa tan luminosa. Al mismo tiempo no recuerco una canción con la profundidad de Joana. También cosas como El destello dudo que me lo hubiera permitido hace años. Creo que tiene que ver con la seguridad.

­-¿Es un disco puzle como «If Things Were To Go Wrong» (2003) de Deluxe o el citado «Paramales»?

-Sí, tiene que ver mucho Campi, que le gustan muchos tipos de música. Yo soy muy juguetón y nunca tuve problemas para hacer temas muy dispares en el mismo disco. También refleja una época de mi vida, más dinámica, con altibajos. Creo que llevo un par de años en un proceso experimental con la propia vida y eso creo que se traduce también en el disco. El disco busca, experimenta y camina. Tiene una intención de explorar territorios. Mi vida ha sido un puzle este tiempo.

-¿Un renacer vital que se manifiesta en lo artístico? A los 20 se ven los 40 como la época de la estabilidad total, pero luego se ve que es todo lo contrario

-Efectivamente. La aventura en la vida es cíclica. Yo he sido mucho más pausado con 28 años que ahora. Y, sin embargo, con 30 tuve una fase con la Caravana Americana súper movida. Este disco responde a una época bastante dinámica, colorida y enérgica. A lo mejor deriva en un disco acústico en la montaña dentro de tres años, no digo que no, pero ahora estoy en otro momento.

-¿«Joana» es un alter ego femenino?

-Es complicado de explicar. Le enseñé a David una cosa que tenía escrito sobre Xiana, que era el nombre que iba a tener yo cuando nací, cuando pensaban que iba a ser una niña. Un día escribí unos versos a esa niña que nunca fui y ahí quedó. David, al día siguiente, me llego con Joana, que estaba inspirado en lo que yo lo había contado. Fue algo casi psicológico.

-¿Cómo vive la incertidumbre del 2020?

-Me está ocurriendo algo extraño en las entrevistas. El disco es prepandémico totalmente. Se cortó la grabación, pero la composición es anterior. Refleja una vida que hasta yo la estoy idealizando un poco. Es como: «¡Pero qué guay era todo hace un año!». Me gusta que sea una fotografía de eso y no de lo que vino después, de este año que es un horror y es para mandarlo a la basura.

-Sin embargo, en este «annus horribilis» tocó techo con su actuación con la Orquesta Sinfónica de Galicia. Fue apabullante.

-Sí, y caído del cielo. Vivir en ese contexto algo tan especial y bonito la verdad es que fue el mejor regalo posible. Lo viví como algo súper emocionante y fue un hito. Para mí es junto a la Caravana Americana y algún concierto con Deluxe en la Riviera en el 2007 de los tres o cuatro momentos más importantes de mi carrera, a nivel de sensaciones, de pasión y belleza. De decir: «¡Jo, me dedico a la música por esto!». Fue precioso. Por suerte está grabado.

-¿Cómo se sintió?

-Estaba como en una nube. De repente, oía los violines por detrás y era como «¡buah, estoy volando!». Fue muy onírico. Yo estaba flotando. Era como si unos ángeles tocasen y yo volando por encima. Fue todo un viaje.

-Llamaba la atención su banda, especialmente las coristas. No eran unas profesionales cumpliendo el papel, sino que parecía que les salía el corazón.

-Sí, es algo que tiene mi banda, que tienen mucho desparpajo y todo es muy natural. De hecho, yo creo que somos una banda de frikis, en el buen sentido. Cada uno somos de su padre y de su madre. Es algo muy transversal en cuanto a edad, género, estilos… Eso me gusta porque es lo que tengo en mi cabeza. Esta banda representa mejor que nunca lo que es el proyecto. 

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