Xoel López pasa de la nube al arca de Noé musical

El artista coruñés triunfa junto a la Orquesta Sinfónica de Galicia en un concierto que llevó su repertorio a una nueva dimensión sonora


A Coruña

No ha sido el primero en hacerlo y tampoco será el último. Pero cuando en el Coliseo de A Coruña el mundo pop de Xoel López se unió al sinfónico de la OSG sobrevoló entre el público la idea de algo totalmente excepcional. Su repertorio alcanzaba un nuevo cielo respaldado de 45 músicos que se unían a su banda, reforzada en el lado vocal con hasta cuatro coristas. La figura del artista se elevaba a la condición de estandarte de una ciudad que lo ha visto crecer hasta alcanzar algo tan indiscutiblemente grandioso como lo que ocurrió ayer.

Decía esta semana el músico a La Voz, intentando plasmar las sensaciones que estaba experimentando en los ensayos, que se sentía flotando en una nube. Y así discurrió el primer tramo del concierto, inaugurado con Patagonia y estirando ese lado orquestal a temas que, en su concepción original, ya llevaban cuerdas. Es el caso de Hombre de ninguna parte, que vio como sus violines de aroma mexicano se tornaron en fastuosas cortinas clásicas. También Tierra, la gran gema del artista que afilaba así su lado lírico con el tratamiento delicado de la Sinfónica. Seguía los arreglos hechos para la ocasión por Daniel Artés,  el director del coro joven de la OSG. Feliz fan del músico y responsable del puente entre ambos mundos.

Aunque más que mundos diferentes, se trató, como dibujaba el director de la OSG Dima Slobodeniouk, de «dos esferas del mismo mundo». Globos de magia sonora «en la búsqueda de la belleza musical», completó Xoel. Esa belleza la lleva facturando extraordinariamente bien en los últimos años. Lo demostró con el ropaje clásico en temas como Todo lo que merezcas (restando aire de ranchera vengativa y embarcándola en un final inmenso) y Joana (balada de su próximo disco, colocada en esa nube de algodón musical antedicha). Pero también recordó que esas piezas funcionan perfectamente en su versión pop-rock. En la parte intermedia, Xoel sacó brillo a temas de su pasado como Amor valiente (que generó un sonoro « !Viva Deluxe!» desde la grada) o temas más recientes como Insomnio o un Jaguar interpretado en modo mínimo y acústico. Destacó, como siempre, A serea e mariñeiro: pletórica, colorista y expansiva. Por un momento, hizo soñar en cómo sonaría con el traje orquestal.

Seguramente lo haría como muchas de las canciones de la tercera parte del recital, la mejor de la noche. Ahí resonó la otra comparación a la que había apelado el artista esta semana, la de sentirse como dentro de un arca de Noé musical, llena de violines, trombones, contrabajos, chelos y trompetas. Alma de oro resultó así sencillamente apoteósica. Lodo, exorbitante. Y Tigre de Bengala, orgiástica. Todo invitaba a la hipérbole, el aplauso reforzado y el piropo desbordado. Pero si hubo un momento de alcanzar el summun de la experiencia este llegó con Balas, exuberante con cuerdas, vientos y coros. Meneando estómago, pecho y corazón de la audiencia. Marcando el pico máximo de la feliz unión de dos tótems de A Coruña y Galicia. 

En medio de esta locura del coronavirus, donde los protocolos se aprenden sobre la marcha, el público bailaba en su silla el merengue clásico-sideral y no sabía si podía ponerse de pie para mostrar su entusiasmo. Optó por patear el suelo, pidiendo un bis que al, carecer de más repertorio, consistió en una repetición de Balas. Eso sí, con más calor, con más emoción y con más fiesta. Final rotundo para un concierto promovido por el Coliseo y fantásticamente organizado, por cierto. Lo único que sobró fue el maldito covid-19 que impidió que fuésemos más, que estuviésemos más cerca unos de otros y que disfrutásemos más de la música sin las cadenas del protocolo. ¿Nos citamos en la plaza de María Pita para cuando esto sea posible?

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