Pongamos que hablo de Madrid


Las señoras de provincias siempre soñamos con Madrid. Dice Rafael Reig en Amor intempestivo que fueron chicas de Segovia y de Ávila las que en los ochenta se inventaron una ciudad a la medida de sus fantasías, suficientemente loca, suficientemente atrevida, «algo entre Babilonia y Hollywood, adonde llegaban dispuestas a darlo todo, a no quedarse ni un paso por detrás de lo que habían soñado». También dice que acabaron fatal, que es el destino que la vida o la literatura decide para las mujeres que van demasiado lejos, demasiado pronto, demasiado rápido.

Cuando era joven y formal a mí me llegaba con imaginar la movida o verla en los telediarios o escucharla en las canciones de Parálisis Permanente que en los noventa ya estaban pasadas de moda. Mis amigas y yo viajábamos a la capital y, en lugar de emborracharnos, tomábamos chocolate con churros. Hubiésemos visitado el Tea Room de Luisa Carnés de haber existido. El que ya no existía era Antonio Flores, a cuya tumba peregrinamos entre lápidas blancas un día de sol en la Almudena, antes o después de contemplar la soledad alargada de los hombres de Giacometti en el Reina Sofía. Madrid siempre esconde una tentación aunque solo sea por su cielo. De mayor me hice librera y abandoné la modosidad, como si vender historias fuera incompatible con el recato; al fin y al cabo, hay cierta desnudez al hablar de los libros que te gustan, y volví a la capital muchas veces invitada por editoriales. Una comida con Muñoz Molina, un ágape con Eduardo Mendoza, un cóctel con María Dueñas o una reunión de jurado en el Palace, y cada mayo la famosa fiesta de Random en la feria del libro. Cuando llegó Moito Conto los viajes libreros con Esther se hicieron más divertidos. Ella queriendo trabajar y descansar y yo arrastrándola a tomar gintónics a Le Coq, donde una noche me pareció ver a Ray Loriga pidiendo una caipiriña.

De las muchas cosas que hemos perdido en la pandemia está volver a Madrid.

La seguiremos soñando.

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