Como un personaje de Marlowe


En el magnífico libro de relatos de Jon Bilbao que he leído como una novela, Basilisco, hay un diálogo buenísimo entre el pistolero John Dunbar y el dibujante Clement sobre Tamerlán el Grande, de Marlowe. El segundo le dice al primero que prefiere a Shakespeare porque el afán de sobresalir de los personajes de Marlowe es fatigoso. «La verdadera tragedia es ponerse en evidencia de ese modo». Añade que los personajes de Shakespeare cuando son buenos hablan poco y simplemente hacen y son los malvados los que parlotean mucho para convencer a los demás de que hagan lo que ellos pretenden. Esto me recordó a Marta, que es pediatra y durante el confinamiento, respondiendo a mi pesimismo social que estaba muy lejos de alharacas cantarinas de las ocho, me contaba que había mucha gente que estaba haciendo cosas en silencio, sin necesidad de altavoces. En aquellos días, nuestra Tita despedía con amor y tristeza a su padre que vivía sus últimos momentos mientras su marido acababa su jornada en el hospital e iba a echar un mano en una residencia de ancianos.

Yo, que soy como los personajes de Marlowe, después de no haber enfermado nunca voy y lo hago de coronavirus. No sé qué habría sido de mí sin el seguimiento silencioso y profesional de Tita y Marta, que adivinaron por mi voz mi falta de oxígeno y sin el estruendo amoroso y risueño de todas mis amigas que cada día me dedicaron una palabra de amor. Ojalá pueda devolvérselo algún día como un personaje de Shakespeare.

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