Irene Vallejo, la autora revelación del momento con «El infinito en un junco»: «Aprender es uno de los grandes placeres de la vida»

Un ensayo diferente sobre la historia de los libros se ha convertido en la sensación literaria más inesperada y aplaudida. Pocas veces crítica y lectores coinciden de forma tan natural a la hora de encumbrar un título

Irene Vallejo, autora de «El infinito en un junco»
Irene Vallejo, autora de «El infinito en un junco»

Un libro sobre la historia de la palabra escrita. Un viaje a lo largo de treinta siglos. Cuando Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) pensó El infinito en un junco (Ediciones Siruela) creyó que su proyecto personal apenas alcanzaría a un reducido grupo de lectores. Hoy, este ensayo que se lee como una novela de aventuras ha conquistado a la crítica, ganó el premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020, y al público. La escritora y filóloga nos remonta al origen de una hazaña que la ha tenido fascinada desde niña, cuando su padre le leía La Odisea. «Somos los únicos animales que fabulan [...]y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños», escribe la autora. Leamos para que se cumpla.

Una aventura épica

-«El infinito en un junco» va por la edición 14. ¿Un milagro del confinamiento?

-Han sido una serie de pasos graduales y está el factor suerte. El Premio Ojo Crítico 2019 fue un impulso. Que gane un ensayo el premio de narrativa fue una apuesta. Luego vinieron el boca a boca y las recomendaciones de los libreros o de escritores como Mario Vargas Llosa. Cuando llegó el confinamiento pensamos: «Se ha acabado el ciclo». Pero fue lo contrario. Llegó a su máxima efervescencia. He recibido muchos mensajes de lectores que decían que les había hecho más llevadera la cuarentena y la soledad. Es un camino en ambos sentidos: esos mensajes me hacían más llevadero el aislamiento a mí.

­-¿Es la primera sorprendida del éxito?

-Ni en mis sueños más locos me imaginé algo parecido. De todos mis libros, era con el que tenía unas expectativas más humildes. Están acordadas las traducciones con 30 países y eso me impresiona. Generalmente, el ensayo español no tiene tanta salida al extranjero. Pensar que lo hayan considerado suficientemente universal para llegar a lectores del mundo árabe, India, Corea del Sur, China o Sudáfrica ha sido quizá la parte más asombrosa.

­-¿En España el ensayo produce rechazo?

-Mucha gente me dice: «¡Es el primer ensayo que leo en mi vida!». Me parece muy bonito porque quiere decir que han abierto las puertas a un tipo de lectura que no es la suya habitual pero que están dispuestos a cambiar y probar. Hay una generación que está intentado cultivar un tipo de ensayo diferente, más híbrido, más fronterizo, escrito con un estilo a ratos más periodístico, más literario y que sea con placer. No soy la única ni la primera, están Sergio del Molino con La España vacía, o Jorge Carrión con Librerías.

-¿Se subestima a los lectores?

-Hace años que percibo que la gente tiene ganas de saber y le gusta aprender en los libros. Creo que esa es también la clave del éxito de la novela histórica. La gente busca en un libro que le intrigue, le apasione, que tenga un argumento interesante pero, además, aprender sobre otras épocas, el pasado, el origen de los problemas de hoy. El hecho de que un libro sea un ensayo ahuyenta a muchos lectores. Las expectativas son de un texto difícil, árido, y eso es lo que hay que romper.

-¿Se puede aprender con placer?

-Para mí es absolutamente esencial. Aprender es uno de los grandes placeres de la vida. Una sensación de descubrimiento que tienen todos los niños. De mayores, nos perdemos. Se asocia aprender a trabajo, al colegio, a los exámenes, a ponerte a prueba, a cosas tediosas. Decía Aristóteles que la filosofía y el pensamiento tenían su raíz en el asombro.

-Estamos acostumbrados a la épica bélica, pero pasamos por alto la gesta de salvar nuestras mejores ideas.

-La lucha por la democratización del conocimiento es uno de nuestros mayores logros a lo largo de los siglos, una gesta de la humanidad: haber conseguido que el conocimiento, que es otra forma de poder al final, haya pasado de estar en manos de unos pocos al alcance de casi todos. Es algo en lo que hay que insistir para valorar más lo que tenemos y defenderlo.

Irene Vallejo, autora de «El infinito en un junco»
Irene Vallejo, autora de «El infinito en un junco»
La lucha por la democratización del conocimiento es uno de los mayores logros a lo largo de los siglos

—En la serie «Cosmos», la divulgación científica se cuenta como una aventura, con sus héroes y villanos. Aquí también.

—La historia de las personas que han hecho posible el conocimiento es apasionante y no se diferencia tanto de una narración novelística. Contarla es una forma de que disfrutemos y lo valoremos.

—Pero los bulos se propagan más rápido. ¿Está denostado el saber?

—El conocimiento es una forma de libertad y la libertad exige responsabilidad por parte de quien la disfruta. Hay una enorme diferencia entre tener la posibilidad de informarte bien, como hemos tenido en esta pandemia, y no tenerla, pero hay que hacer el esfuerzo. Somos más conscientes de ello cuando sabemos lo que nos ha costado llegar hasta aquí: peligros, amenazas, destrucción. Mucha gente hizo sacrificios y vivió grandes aventuras. El desafío de los bulos es grave, hay que denunciarlo y tratar de encontrar las fórmulas para desarticularlo. Sobre todo, que no sea más difícil y caro investigar la verdad que hacer públicos bulos.

—¿Se puede juzgar el pasado con los ojos del presente?

—Buscamos en el pasado respuestas a lo que nos intriga y es inevitable hasta cierto punto que juzguemos. Pero lo que me parece muy peligroso es intentar destruir, borrar, censurar o transformar los testimonios y las fuentes. Necesitamos tener el conocimiento más exacto de cómo fueron las cosas en otras épocas, si borramos los rastros del racismo en el cine o la literatura (el famoso caso de Lo que el viento se llevó en HBO) les damos la razón a los negacionistas.

—Hay otra idea que traslada: la actualidad no es realidad tan actual.

—No tengo ninguna duda. Siempre juego con esa paradoja. Tendemos a creernos los que inauguramos o estrenamos todo. Nunca es exactamente idéntico, pero hay muchos rasgos comunes. Esa es una de las ventajas que ofrece la historia: hacer previsiones. Los países que ya habían tenido experiencias previas con virus SARS han tenido más herramientas y han valorado mejor la envergadura de la amenaza.

­—¿El papel pervivirá?

—No hay que verlo como una oposición: ¿quieres más a mamá o a papá? Cuantas más opciones, más riqueza. No creo que el papel, el libro, la revista, el periódico vayan a sobrevivir por un amor reverencial al pasado, sino porque tienen muchas ventajas competitivas. Asimilamos mejor lo que leemos. Con el e-book la lectura es más rápida, pero más superficial. Hay un placer especial en las cosas tangibles. Además, es el sistema más democrático. Las publicaciones en papel han sobrevivido milenios, el libro es un objeto casi perfecto.

Con el e-book la lectura es más rápida, pero más superficial. Hay un placer especial en las cosas tangibles

­—¿Con qué hitos se queda?

—La escritura es una línea divisoria en la historia. En el momento en el que aparece sabemos mucho más de nuestros antepasados. Es una de las primeras grandes revoluciones tecnológicas, después del lenguaje. Luego viene el descubrimiento del papiro como material de escritura. Con él llega el primer libro. Habían probado con el barro, la piedra, las cortezas. El siguiente salto es el paso de los rollos a los códices, los libros de páginas. Fue un grandísimo avance en gran medida apoyado por los cristianos. Lo que realmente hizo triunfar a los libros como los entendemos hoy es que eran muy útiles para la lectura clandestina. Era más fácil esconderlos y transportarlos. Algo que está asociado a la libertad.

­—Investigando para el libro, descubrió que la primera persona que firmó con su nombre un texto fue una mujer.

—Cuando lo descubrí, pensé: «¿Cómo es posible que haya estudiado una carrera de Filología y nadie me haya hablado de Enheduanna?». Con ella empieza la historia de la literatura. Un hito esencial protagonizado por un personaje del que apenas escuchamos hablar. No se puede cambiar el pasado de injusticias, pero es que las que escribieron y publicaron están tapadas bajo un manto de silencio. Tenemos que rescatar sus nombres.

—El viaje arranca en el mayor templo de los libros, hoy perdido: Alejandría.

—Es un gran momento estelar de la humanidad. Allí nacieron muchas cosas que se han quedado con nosotros para siempre: las bibliotecas públicas, las traducciones, la filología. Nunca hubo un proyecto de esa envergadura y, aunque la biblioteca no sobrevivió, sí lo lograron muchos libros copiados directamente de los suyos. ¿Y sabes? Ya en aquellas copias metían fragmentos cuando interesaba cambiar algo, una especie de bulos de la antigüedad.

Lo que hizo triunfar a los libros fue que eran muy útiles para la lectura clandestina

—¿La «Ilíada» puede gustar hoy?

Star Wars, Harry Potter, Los juegos del hambre, El corredor del laberinto o El señor de los anillos son descendientes directos de los clásicos. Los guionistas de Hollywood tienen un manual de mitología comparada basado en las investigaciones de Joseph Campbell. Los relatos clásicos son imbatibles, los que más han fascinado a lo largo de los siglos. El esfuerzo está en bajarlos del pedestal de la visión decimonónica y acercarlos a los problemas actuales. La Ilíada es un largo y complejo poema, quizás no empezaría por ahí, sino por un libro puente, o por Ovidio, funciona mejor entre los jóvenes. En los mitos están cifrados los sentimientos y por eso hay tantísimas lecturas.

—Háblenos del junco. ¿Por qué esa asociación con el infinito?

—Fue un sufrimiento. Estábamos a punto de mandar el libro a imprenta y no teníamos el título. Una tarde, pensé: «¿Qué es lo más maravilloso de los libros?». Se me ocurrió que lo infinito de nuestras ideas, pasiones, emociones, experiencias caben en algo tan pequeño, manejable, portátil y aparentemente frágil como el corazón de un junco, con sus tiras se hicieron los primeros papiros. Es un giro poético para que miremos los libros de otra manera, como ese objeto asombroso que son.

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