Cartas de amor en cuarentena (I)

Mercedes Corbillón LIBRERA Y EDITORA

FUGAS

Gonzalo de las Cuevas

08 may 2020 . Actualizado a las 10:38 h.

Cada vez me da más pereza salir y quizás debiera quedarme en casa varios días y congelar el pan y tirar de legumbres como mandan los cánones del buen comportamiento. Le vendría bien a mi bolsillo y a mis posibilidades de contagio, pero lo hago. Salgo. Amo la ciudad desierta y las vidas que imagino tras sus ventanas. Hoy han llegado unas nubes indecisas acompañando a la primavera. Por la mañana aún había restos de sol en la piedra y de vida en las calles. He visto gente sonriendo y tocando la fruta sin guantes. Ante tal desafío agarré mi jabón desinfectante como si fuera un vaquero tanteando el arma en presencia de un forastero. Compré pan de brona y un manojo de flores lilas arrancadas a un arbusto en algún lugar donde la naturaleza es una presencia no imaginada. Frente a la iglesia de San Bieito una chica toma yogur en el balcón con las puertas de madera abiertas al sol. Suena muy alta una música de fado que inunda toda la plaza. Su bebé mira absorto la televisión sentado en la alfombra como aquellos niños de los setenta de las series americanas. En nuestros setenta la tele estaba racionada, pero a cambio disponíamos de la calle, que era nuestra y no del ministro que se bañó en Palomares.

La calle es ahora de los borrachos sin casa de Cervantes. Hago cola en la plaza para entrar en el colmado donde siguen atendiendo los mismos señores de toda la vida con su bata blanca, ahora tras unas mamparas. Mientras esperamos a varios metros de distancia unos de otros un sin techo nos grita que somos unos cutres con miedo a morir, que ojalá viniera el ébola y nos eliminase a todos. Dos coches patrulla nos observan a todos en silencio. Yo me río con las ocurrencias de los marginales y pienso que tienen razón. Cuánto miedo a la muerte, cuánto miedo a la vida.

Regresé por la Quintana, estaba hermosísima, con toda su belleza y todo su silencio y sus ganas de sobrevivir otros quinientos años.

En el centro, sobre la piedra encontré mis ganas de besarte. Estaban intactas. Ellas no están en cuarentena.