La ciudad de los fantasmas


Dice Natalia Ginzburg que no se puede hacer nada en la vida sin algo de cansancio. Así llego yo a Turín, con esa indolencia preventiva y la decisión de alojarme en el mismo lugar donde se suicidó Pavese. El hotel Roma tiene el encanto y la austeridad de lo antiguo. Cojo las llaves de mi cuarto y subo las escaleras. Cuando abro la puerta y veo la cama estrecha apoyada contra la pared mirando a un exiguo ventanuco, apenas un paso de distancia hasta el baño, diminuto y triste con sus azulejos blancos, me parece un entorno demasiado deprimente y pido que me cambien a otra habitación. Es preciosa. El suelo de madera, los techos altos, la cama enorme con su ropa blanca y dos grandes ventanales a la plaza Carlo Felice. Allí vuelvo cada noche después de caminar bajo los soportales con esa anarquía que solo se pueden permitir los que viajan solos.

La autora de Léxico familiar vivió allí, en la ciudad del Po, en un edificio de cuatro plantas que guarda un amarillo de otro tiempo, al contrario que sus novelas que, en lugar de amarillear, se hacen más brillantes con el paso de los años. Turín es una ciudad de fantasmas y de cafés. Atendida por camareros con chaquetilla y rodeada de paredes adamascadas leo al poeta de «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos» y bebo brebajes alcohólicos servidos en copas de cristal esmerilado.

El oficio de vivir se hizo duro para todos ellos, Ginzburg, Pavese, Levi, que pasó ocho meses en Auschwitz y nos estremeció con Si esto es un hombre. En un portal del corso Re Umberto, sigue su apellido al lado de un botón dorado. Veo, detenida bajo los plátanos del boulevard, la fachada del edificio donde un día se tiró por el hueco de las escaleras.

Sobrevivir, a veces, es una ilusión.

Todas las ciudades, si te atreves a caminar un poco, pierden su esplendor, por muy bellas que sean. En ciertos barrios van abandonando sus encantos con la misma velocidad que tú me quitabas la ropa. Por eso me gustan las ciudades cargadas de otoño. El otoño lo salva todo, excepto a nosotros.

Cruzo el río sin detenerme, obviando aquella canción de Presuntos Implicados que tanto escuchaba en mi adolescencia. De repente, de todo hace ya demasiado tiempo. Busco una casa en Corso Casale. Atravieso el portalón y fotografío unas escaleras de terrazo gris. Quizás por ellas bajó Salgari el día que decidió quitarse la vida. El autor de Sandokan se hizo el harakiri en un monte cercano. La muerte puede ser una escena de novela y las deudas, al fin y al cabo, no son cosa de los muertos.

Antes de regresar me atrevo por fin a preguntar al recepcionista cuál es la habitación que Pavese escogió para tomarse su dosis letal de somníferos. Me da el número con un gesto que no sé interpretar. Displicencia o desprecio. Cuando llego a la puerta compruebo que es la misma que yo deseché. Quizás, después de todo, yo sea una «loca a la que aún le queda opción de volverse cuerda» , y él fuera un soñador, y ya se sabe, «Al soñador no le queda más que apartarse de la tierra».

Por Mercedes Corbillón Editora y librera

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