La triste balada del infortunio de Blaze Foley

La reciente película «Blaze», dirigida por Ethan Hawke, recupera a una de las voces más enigmáticas y singulares de la música country


El caso de Blaze Foley es de película. Y así lo ha entendido Ethan Hawke, el actor que, metido a director, ha llevado al cine esta historia de autodestrucción y mala suerte a partes iguales. Presentó en Sundance su película, Blaze, y gustó. A todos nos encandilan los perdedores con talento. Pero, ¿cuánto hay de realidad en la leyenda de este desastrado músico country?

Foley es de esos músicos de los que, en la época anterior a Internet, sabías más de su vida que de su obra. Conocías su leyenda y todas las vicisitudes que atravesó en su azarosa y corta vida, sin haber escuchado ni uno solo de sus temas. Cosas que tenía el mundo de la música cuando había revistas especializadas pero no Spotify.

Mamó música tradicional americana desde su niñez, militando en uno de esos grupos familiares ligados a la música religiosa que tanto gustaban en el sur de Estados Unidos hace unas décadas, The Singing Fuller Family, junto a su madre y sus hermanas. Pero Folley era un espíritu libre al que solo podía poner límite su mala cabeza, así que pronto voló para intentar hacerse un hueco dentro de la escena country. Talento le sobraba, como atestiguan las ilustres amistades que frecuentó, en especial la de su compañero de correrías Townes Van Zandt. Pero también le sobraba sed. Aunque echarle la culpa de todas sus desdichas al alcohol tampoco sería justo, ya que una especie de pena negra lorquiana acompañó al músico hasta su prematura y estúpida muerte.

Especialmente dotado para la composición de lánguidas baladas y con una voz profunda que irradiaba sinceridad -cuesta no emocionarse ante temas como Clay pigeons o Cold, cold world-, grabó un single cuyas copias le robaron del maletero de su coche. Volvería al estudio para registrar el que sería su primer larga duración, pero el máster de la grabación, realizada en los estudios Muscle Shoals, fue confiscado por el FBI cuando pillaron al productor del disco con un alijo de cocaína. Y ahí no termina la cadena de despropósitos. Las copias de su siguiente disco fueron robadas de la caravana en la que vivía, y el póker de catástrofes discográficas lo cierra un tercer disco que se perdió y que no fue encontrado hasta después de su muerte, en su propio coche. Y Blaze, mientras, se enfrentaba a todo esto con una sonrisa y cuatro copazos de whisky.

Era un bohemio en el sentido más rural que se pueda aplicar al término. Vivió en una casa en un árbol junto a la que fue su pareja, Sybil Rosen, circunstancia a la que dedicó una preciosa canción. Se ponía sobre sus botas vaqueras y su ropa cinta aislante plateada para imitar los caros remaches metálicos que puso de moda John Travolta con la película Urban Cowboy. Se codeó con lo más granado del panorama country (Merle Haggard y Willie Nelson grabaron su canción If I could only fly, Townes Van Zandt le dedicó Blaze's blues, Lucinda Williams hizo lo mismo con Drunken Angel y más recientemente Kings of Leon le hicieron Reverend), pero siempre prefirió terminar las noches con el último borracho que quedase en el bar. Hasta su muerte tiene tanto de heroico como de absurdo. Acudió a casa de un viejo compañero de barra para pedirle a su hijo que dejase de maltratar a su padre y de gastarse su pensión. El hijo le pegó un tiro y ahí acabó todo. Ocurrió el 1 de febrero de 1989. Foley no había llegado a los cuarenta. Y el gafe le acompañó hasta después de muerto: al asesino le dejaron libre por falta de pruebas.

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