Mario Vargas Llosa: «Si no termino la novela, la novela acaba conmigo»

A sus 83, tiene una vitalidad increíble y su tenacidad lo ha convertido en escritor. «Valle-Inclán es, sin duda, el autor gallego que más admiro», confiesa. A final de año publicará nuevo libro


Mario Vargas Llosa acaba de cumplir 83 años y su vitalidad es admirable. Rodeado de periódicos se levanta del sillón en el que está sentado en el Rectorado de la Universidade da Coruña y recibe mi saludo con el mismo afecto con el que cada dos pasos le demuestran estudiantes, profesores y lectores. Le piden selfis, fotos, firmas de libros, que él responde pacientemente con una sonrisa. «¡Qué vitalidad la suya -le digo-, de aquí se irá a Argentina a un congreso sobre el español!». «Sí, tengo ánimo y espero vivir muchos años», apunta como una advertencia. Mario Vargas Llosa evidencia durante su estancia en A Coruña -donde se celebró la semana pasada un seminario internacional organizado por la Facultade de Filoloxía que reunió a grandes expertos sobre su figura y obra-, que es un hombre incansable y un escritor tenaz que publicará «a finales de año», me augura, su novela número veinte. Una obra sobre Centroamérica, «con raíces históricas y mucha fantasía».

La tenacidad es una virtud que él ha reconocido en su autobiografía El pez en el agua, frente al defecto de la inseguridad que se apropia. Una tenacidad que también destacó en su impresionante Elogio de la lectura y la ficción, que pronunció cuando recibió el Nobel de Literatura en el 2010: «La verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad». «Soy Aries, terco y tenaz», se define, y esa determinación es la misma que la profesora Marie Madeleine Gladieu describe como «la force qui va» cuando descubre su faceta de poeta en su juventud, época en que firmó poemas con el seudónimo de Alberto. Mario Vargas Llosa es la «fuerza que avanza», «la fuerza de la literatura», que revela Juan Cruz, y es un autor «de una reinvención constante, también como periodista».

Ese otro oficio, el de periodista, es el que lo trajo a A Coruña por primera vez, según me confiesa, cuando agachada al lado de ese sillón donde está sentado, le pido que me conceda unos minutos. «Claro, ¿qué quieres saber?», me ilumina.

­-¿Recuerda la primera vez que estuvo en A Coruña?

-Sí, fue en el 82, yo vine como periodista para describir los partidos de fútbol del campeonato Mundial. Tengo un recuerdo algo triste de A Coruña porque aquí Polonia nos eliminó a los peruanos metiéndonos siete goles. Después he vuelto, que fue interesantísimo, invitado por Inditex para visitar las plantas. Fue fascinante porque descubrí en un pequeño pueblo de las afueras de La Coruña el universo. Había diseñadores procedentes de todos los lugares del mundo: de Japón, de Brasil, de Argentina, muchachos jóvenes. Fue fascinante y fue muy interesante conocer a Amancio Ortega. [Curiosamente, los dos nacieron el mismo día: el 28 de marzo de 1936].

­-¿Qué escritor gallego le ha abierto la luz?

-Valle Inclán, sin ninguna duda; es un escritor que admiro muchísimo, tenía una gran fantasía, una gran imaginación.

­-¿Ha tirado alguna vez una novela a la basura?

-Pues no, porque yo antes de empezar una novela estudio mucho el tema, le doy muchas vueltas; lo que he desechado son proyectos, pero una vez que comienzo a trabajar ya no renuncio, continúo, continúo hasta que termino.

-¿Podremos descubrir algún día algún manuscrito oculto por ahí?

-Los míos están todos en la Universidad de Princeton, pero no sé, dejaré seguramente cosas inéditas, dejaré algo, pero como espero vivir muchos años todavía…

-¿Qué mujer que escriba en español merece conseguir el Nobel?

-Yo creo que el Nobel lo deben conseguir los grandes escritores, hombres o mujeres, cupos no debe haber ni en el Nobel ni en nada más. Creo que las mujeres y los hombres somos absolutamente capaces de ser grandes escritores, ingenieros, médicos… y también de ser muy malos ingenieros, malos médicos, escritores.

-¿No tiene ninguna en mente, entonces?

-No hay que tener prejuicios. Hombre, a mí me hubiera gustado que le dieran el Nobel a Virginia Woolf, persona a la que yo admiro muchísimo, una grandísima escritora, creo que ahí fallaron. Deberían habérselo dado a Isak Dinesen, otra grandísima escritora que debió tener el Nobel. Pero a mí esos prejuicios…

Yo creo que hoy en día esos prejuicios van desapareciendo, ya de hecho el Nobel ha reconocido a escritoras importantes, así que esperemos que pronto se lo den a una. Lo más importante es que sea un gran escritor el que reciba el Nobel, no uno mediocre.

-Escribe a diario y de manera metódica. ¿Tiene alguna clave para saber que un libro va bien?

-Sé que va bien porque si no termino la novela, la novela termina conmigo [risas]. Esa es la sensación que tengo, entonces ya sé que la novela ha terminado, que no puedo seguir trabajando.

-¿Pero no es definitiva en su arranque una primera frase, una idea determinada…?

-No, no, no, en un momento llego a una especie de saturación y eso quiere decir que ya no voy a poder seguir enriqueciendo la novela, que voy a comenzar a empobrecerla y es el momento de parar.

Vargas Llosa explica con detenimiento ese proceso cuando la decana de la Facultad de Filoloxía de la UDC, María Jesús Lorenzo, le pregunta sobre el nacimiento de sus novelas en la entrevista que le hizo en el seminario. «Antes de empezar a escribir hago muchas notas y esquemas, que generalmente no respeto. Luego la novela es fundamentalmente para mí una cuestión de trabajo. Escribo primero un borrador, que es lo que más trabajo me cuesta, y ese borrador es una lucha contra la inseguridad de que esa historia nunca se va a levantar, de que va a ser letra muerta, y que venzo con la constancia y la tenacidad. Ese borrador es muy caótico, pero sé que cuando acabe esa primera parte, esa especie de magma, empezaré a pasarlo muy bien», confiesa el escritor.

«En la segunda versión tengo la seguridad de que la novela está ahí, tiene que ser muy cuidadosa desde el punto de vista de la estructura y el tiempo», explica. ¿Y cuándo aborda el lenguaje? «En esa tercera y generalmente última versión», responde. «El lenguaje para mí significa fundamentalmente cortar y eliminar adjetivos. Dicen que Raimundo Lida, un gran maestro, en sus clases de Literatura de Harvard siempre comenzaba diciendo a los estudiantes: 'Los adjetivos se han hecho para no usarlos', pues esa máxima la tengo yo siempre presente cuando comienzo a corregir».

Pero Vargas Llosa tiene fe en el valor de las palabras para modificar la realidad, tal y como evidenció en el seminario la profesora Concepción Reverte: «Para Vargas Llosa la literatura es fuego, él escribe y opina sobre cualquier tema porque, como el excelente narrador que es, no puede dejar de observar para reflexionar. Escribe contra todos los nacionalismos y es recurrente en su obra el personaje del fanático; sin embargo, es un autor peruanísimo, que ha demostrado intensamente su amor por Perú. Critica los excesos del nacionalismo y es un ferviente defensor del patriotismo en toda su obra».

«Mario escribe contra la desdicha -reflexiona Juan Cruz- y es una especie de Sastrecillo Valiente que vence la soledad y la neurosis que le produjo perder el paraíso de su madre, cuando su padre regresó después de haberlo abandonado antes de que naciese. Mario lo creyó muerto hasta que tuvo 10 años, y que su padre volviese con su madre y lo internase en un colegio a esa edad lo marcó de una manera terrible. Escribir es para él una manera de salvarse». «Escribir es mi naturaleza -confiesa el autor en El pez en el agua-, si no escribiera, me volaría la tapa de los sesos. Quiero tener aventuras más interesantes de las que he vivido, jamás renunciaría a ese deseo». El novelista Vargas Llosa alcanza, sin embargo, el ritmo de la narración de la poesía que leía su madre, que tenía como libro oculto en su mesilla de noche, Diez poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda. «Su abuelo le leía en alto poemas de Campoamor y de muchos otros autores -explica Marie Madeleine Gladieu- y esas sonoridades armoniosas, esa voz del cariño es la que sensibiliza al futuro escritor».

-¿Y cuándo se sintió escritor por primera vez?

-Creo que de verdad cuando mi novela La ciudad y los perros fue traducida a diez lenguas distintas. ¡No podía creerlo!

Esa novela le ha reportado algunas anécdotas simpáticas con respecto a la censura, tal y como reveló Vargas Llosa en el seminario de A Coruña: «En la URSS en el año 65 me cortaron 40 páginas, fui a reclamarles y me respondieron: 'Las barbaridades que suceden en su novela no puede leerlas el público ruso, una esposa joven no podría mirar a los ojos de su esposo, si en un libro que está leyendo ¡fornican los personajes con una gallina! Para nosotros es inaceptable’». Claro que en la edición sueca de esa obra los cadetes de Leoncio Prado, en lugar de prender cigarrillos, prenden cigarrillos de marihuana. «Fui a hablar con el editor sueco y él se llevó una gran sorpresa -indica Vargas Llosa-, entonces el traductor nos dio una explicación maravillosa: ‘¡Como ocurren tantas barbaridades en ese colegio, creí que fumar no eran solo cigarros y por eso introduje la marihuana!’. En esa época ¡ni siquiera nosotros sabíamos que existía la marihuana!», apunta el escritor.

-Además de leer y escribir, ¿qué le hace feliz?

-Muchas cosas en la vida, yo soy una persona que goza de la vida muchísimo. Me gustan los deportes, me gusta la comida; la bebida no, salvo el vino. Una vez de las muchas que estuve en París, me puse enfermo y el médico me dijo que en un mes no probase ni gota de alcohol. Y le dije: «¿Incluso el vino?». Y me contestó: «El vino no es alcohol». «¿Qué es entonces?», repliqué. «El vino es la civilización», me respondió.

«Aprendí a leer a los cinco años. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida -nos alienta Mario Vargas Llosa en su Elogio de la lectura y la ficción-»; por eso como él concluye: «Tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible».

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