El disco más triste de la historia

Los Hermanos Cubero han recibido un premio MIN por «Quique dibuja la tristeza», un sincero retrato musical del dolor y la pérdida


Tienen méritos suficientes los Hermanos Cubero para haber sido galardonados la pasada semana en los Premios de la Música Independiente como mejor álbum de músicas del mundo y fusión. Porque este dúo alcarreño afincado en Barcelona ha sido capaz de menear ese magma universal que es la música tradicional y demostrar que, de alguna manera, existe una Pangea folklórica que une ambos lados del Atlántico. Tocan jotas a base de cuerdas, sin más adorno que la voz de Quique. Pero suenan como si hubiesen bebido de las aguas del Misisipi en algo que podríamos definir como country de la Alcarria o jotas de Nashville.

Contaban ya con discos como Arte y orgullo o Cordaineros de la Alcarria, donde reflejan haber ganado el premio de folklore Agapito Marazuela de Segovia. Un disco cargado de canciones infalibles en las que música y letra están marcadas por la tradición, como ¿Es usted de Castilla? o La molinera y el corregidor. Aunque quizá el título que mejor defina ese sonido único sea Jota para Bill Monroe, dedicada al músico de bluegrass de Kentucky.

Pero en su último trabajo han ido más allá de todos estos méritos y han creado el disco más triste de la historia. Tal cual. Una colección de canciones que hacen que el Gloomy sunday de Billie Holliday parezca La Macarena y el Skeleton tree de Nick Cave (escrito tras la muerte de su hijo) un disco de Parchís. Se titula Quique dibuja la tristeza y tiene una historia detrás de las que le arruga el corazón al más pintado. Es un conjunto de canciones que Quique (guitarra y voz del dúo) compuso como vía de escape, casi como terapia, cuando su mujer y madre de su hija, Olga, fallecía por culpa del cáncer en el verano del 2016. Unos temas creados para consumo propio, para exorcizar el dolor, que jamás pensó el autor que llegarían a ser publicadas. Tuvo que ser la otra mitad de los Hermanos Cubero, Roberto, el que le convenciese de que tamaña maravilla no podía quedar olvidada en papeles arrugados en la mesilla de noche. Y menos mal.

El disco sangra sinceridad y desconsuelo a través de títulos como No veo dónde reposar, No nos despedimos, Quisiera poder rezar, Qué haré el resto de mi vida o Tenerte a mi lado, canción está última que contiene unos devastadores versos que dicen: «Hace ya un año desde que partiste, me iría contigo si no fuera por Abril. Dentro de muy poco ella habrá crecido y nada necesitará de mí. Hoy en el colegio dibujaron la tristeza y nuestra hija te ha pintado a ti». Y todo con la cadencia lánguida y melancólica propia del country, porque en este disco hay más country que jotas gracias en buena parte a la incorporación del contrabajo de Oriol Aguilar y el violín de Jaime del Blanco. La muestra de dolor de Los Hermanos Cubero en este disco resulta por momentos demasiado sincera y efectiva.

Al fin y al cabo, todos tenemos más o menos cerca casos de cánceres que siegan vidas de un modo fulminante. Y todos tenemos gente a la que queremos. Y eso es lo que cuentan sin tapujos, adornos ni retóricas vacuas estas canciones: el dolor más intenso al que alguien puede enfrentarse, el vacío irrellenable que deja una pérdida semejante, lo dura que puede ser la soledad forzosa. Pero cuidado, que el mensaje que Quique lanza con el disco cambia al llegar la última canción, en la que a todo ese sinsentido que siempre es una muerte prematura responde Me quedo con lo bueno. Un último tema que hace que el oyente pueda permitirse volver a escuchar el disco sin riesgo. Pero, por si acaso, mejor hacerlo en un día soleado.

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