Arco 2019, la transición tranquila

La 38.º edición de la feria, con Perú como país invitado, consolida la presencia del arte latinoamericano en Europa y certifica el relevo en la dirección con la marcha de Carlos Urroz


Arco 2019 se desarrolló sin sobresaltos. Carlos Urroz entregó el testigo de la dirección a su segunda, Maribel López. Todo es placidez y continuismo. Las cifras oficiales hablan de éxito aunque pocos mencionan el exiguo porcentaje de artistas españoles en la feria, en torno al 8 %, que demuestra, una vez más, lo poco que nos queremos.

No hablaré aquí de la ya casi atávica polémica anual porque no tengo cultura fallera ni sé valorar la solidez del cartón piedra. En todo caso, la pintura refuerza su hegemonía y la cerámica cede al tapiz su condición de disciplina de moda.

La presencia gallega también mengua en esta edición. Solo una galería: PM8; y solo una publicación: Dardo. Un pobre balance para que tomen nota nuestras instituciones, donde quiera que estén.

La galería PM8 se consolida en Arco y vendió una de sus piezas, una película de Rosalind Nashashibi, al Reina Sofía. Es la suya una apuesta decididamente internacional. Después de Arco acudirá a Condo São Paulo, a Frieze New York y a Liste Basel. Desde Vigo y sin hacer apenas ruido, completamente despegada del contexto local. Es bastante razonable teniendo en cuenta la naturaleza del contexto local.

En la galería Formato Cómodo brillan dos artistas gallegos: Christian García Bello (A Coruña, 1986) y Carlos Rodríguez-Méndez (As Neves 1968).

García Bello siempre se preocupa de que el trabajo se presente con claridad. Con sus pesos y sus levedades en su sitio. Su manera de entender la tradición europea, que siempre fue una fuerte intuición en su trabajo, se ha dibujado con más precisión después de su reciente residencia en Bélgica. Un trabajo lujoso y civilizado. En medio de tanta etnografía foránea es de agradecer que alguien se ocupe de entender lo que somos aquí, en casa.

La obra de Rodríguez-Méndez pide a gritos su pertenencia a la colección de un museo. Es obra mayor. Durante diez años su madre, sastra de profesión, confecciona cada mes una camisa y un pantalón con las dimensiones de su padre y los envía a la dirección del artista en Madrid en un sobre que Rodríguez-Méndez nunca abre. Nada que yo pueda decir al respecto mejora la tierna crudeza de este enunciado. Así que no lo haré.

Teo Soriano, con categoría y aroma de gran maestro, comparte espacio con Hernández Pijuán en la catalana Marc Domènech y vive dios que le aguanta la mirada. Jorge Perianes mantiene su presencia, siempre turbadora, en Max Estrella.

La galería José de la Mano, que está haciendo un notable esfuerzo de investigación historiográfica, ofrece la obra de José María de Labra (A Coruña, 1925-Palma de Mallorca, 1994). Se trata de las maquetas de las celosías que proyectó para el mítico pabellón español de la Feria Mundial de Nueva York de 1964, firmado por Javier Carvajal. Deliciosas.

Álvaro Negro (Lalín, 1973) en F2, recién llegado de su estancia en la Academia de Roma, se trajo Roma consigo. Sobre marcos originales de los siglos XVI y XVII Álvaro vierte las calidades de su pintura sobre gasa y lino. El marco antiguo y la obra contemporánea se entienden tan bien que es como si un artesano, hace cuatrocientos años, hubiera presentido la pintura de Álvaro. En el estand su obra está recogida, oculta del ruido, de modo que cuando accedes a ella el resto de la feria desaparece. A veces es necesario que la feria desaparezca.

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