Tras los pasos de Taylor Swift

Después de triunfar en los Grammy, a Kacey Musgraves se le queda pequeña  la escena «country» y aspira a convertirse en toda una estrella global


Cuando el pasado 10 de febrero se escuchó su nombre en el último suspiro de la gala de los premios Grammy ni siquiera ella se lo podía creer. La Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación de Estados Unidos tomaba una decisión totalmente inesperada: entregarle a Kacey Musgraves el galardón al mejor disco del año, el más importante de todos. Frente a los favoritos Kendrick Lamar y Drake, se imponía esta artista de rostro dulce, voz de miel y canciones que viajan hacia el lado más positivo de la vida. Son las incluidas en Golden Hour, su cuarto álbum, el que provocó tan insólita decisión.

La artista llegaba con buenas críticas. También por el respaldo de la escena country (ganó otros tres gramófonos en categorías de este género). Sin embargo, se encontraba aún lejos de encarnar a una superestrella pop global de las que normalmente triunfan en estos premios. Quizá por ello irrumpió un poco temblorosa en ese foco reservado para figuras del tipo Adele, Bruno Mars o Lady Gaga. Resultó una sorpresa. Pero también un modo de visibilizar a una artista que merece mucho la pena.

La historia de Kacey Musgraves resulta típicamente americana. Nacida en Texas en 1988, mostró desde la infancia una clara inclinación hacia la música. Primero con la mandolina. Más tarde con la guitarra. Todo ello con el peso de la tradición country flotando en el ambiente. Pronto supo que quería ser cantante. Cuando tenía 18 ya andaba grabando demos y pululando de festival en festival. Escuchaba con devoción a Ray Price, Julie Miller o Loretta Lynn y aspiraba a grabar discos cálidos y campestres, con dibujos de steal-guitar y suaves caricias vocales.

Lo lograría pronto. En el 2008 el productor Monte Robison le echó el ojo en Austin. Grabó algunas versiones, allanando un camino para los discos grandes -Same Trailer Different Park (2013), Pageant Material (2015) y A Very Kacey Christmas (2016)- y las canciones icónicas. Cabe citar Merry Go 'Round, su primer hit en el que hacía una agridulce lectura de la sociedad en la que le tocaba vivir («Nos aburrimos y nos casamos / Y al igual que el polvo nos instalamos en esta ciudad»). También, por supuesto, Follow Your Arrow, un libérrimo soplo pro-LGTB en pleno Nashville. Canta ahí: «Besar a muchos chicos / O besar a muchas chicas /Si eso es algo que te gusta».

En Golden Hour (2018), el disco agasajado, se nota un movimiento que pretende ir más allá del country, dejándose querer por el pop, dándole maquillaje electrónico y asentándose en un lugar para todos los públicos. Influido por su matrimonio, sobrevuela en él la cara más luminosa del amor. Resulta inevitable pensar en Taylor Swift, hoy diva del dance-pop, pero allá por el 2012 haciendo un tránsito parecido. Igual que ocurría con ella, aquí hay artista, talento, canciones e imagen para que todo explote. Pero que explote de verdad.

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