El principio de los Stones de verdad

Se cumplen 50 años del disco con el que la mítica banda británica dejó de seguir las corrientes del pop y perfiló la que iba ser su personalidad definitiva, mirando hacia el blues y el country. La reedición de esta joya invita a hacer un viaje al pasado


Poco duraron las flores en el pelo y las visiones caleidoscópicas del verano del amor. En la primavera de 1968 los Stones ya estaban hartos del periplo psicodélico con el que cerraron 1967, editando Their Satanic Majesties Request. Aparte de que el intento de contestar al Sgt. Peppers de The Beatles había sido desigual, su paso por la cárcel y el progresivo alejamiento de Brian Jones del centro creativo del grupo produjo una reacción: volver al pasado para dar desde ahí un paso adelante.

Adiós a las espirales, la espiritualidad y el nuevo mundo. Hola al blues añejo, al country y al folk. Todo ello con una coyuntura favorable. En EE. UU. formaciones como The Band o The Byrds emprendían una búsqueda similar en las raíces. Sin saberlo aún, le estaban empezando a dar la espalda al pop, perfilando el sonido que con el tiempo terminaría siendo arquetípico del grupo: el plasmado posteriormente en discos como Sticky Fingers (1971) y Exile On Main Street (1972). Se podría decir que en este Beggars Banquet que se reedita con motivo de su 50.º aniversario empezó todo.

Es el disco de Sympathy For The Devil y Street Fighting Man, dos arrebatos de genio stoniano que merecen mención aparte. La primera, porque se trata de una de las cinco mejores canciones del grupo. Con ese sostén de congas y piano que adelanta cosas que desarrollarían en los noventa Happy Mondays o Primal Scream. Con esas guitarras que emergen como látigos ácidos. Y con ese Mick Jagger en estado de gracia encantado de provocar. La segunda, por llevar a la electricidad de una guitarra la convulsión contestataria del año de las revueltas de París y Praga. Ambas resultan un prodigio de composición, producción e imaginación. Y podían haber sido más: el grupo lanzó el single Jumpin’ Jack Flash, que decidió no incluir en el disco. Así de sobrados iban.

Pero, además de esta parte que se podía calificar de vanguardia, existe otra cara de tacto añejo, en donde Keith Richards se erige en guía musical. Lanzado en agosto (ocho meses después del Their Satanic Majestic…), presenta a otro grupo, con instrumentos acústicos, armónicas e slide-guitar. Bien sea acercándose al country de Dear Doctor, tirando del blues con Parachute Woman o mezclando ambos mundos con Prodigal Son, en el grueso de Beggars Banquet la banda manda un mensaje sonoro de (su) futuro. Y para celebrarlo le colocaron una feísta portada que recoge un urinario lleno de pintadas. ¿El resultado? La censura de este. La polémica continuaba.

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