Adictos a «Patrick Melrose»

Tras conquistarnos como Sherlock en la serie de la BBC, Benedict Cumberbatch mete su nariz en otra clase de vida. El joven Melrose es fatal. Esta ficción, droga dura


Narcisista, alcohólico y suicida, fatalmente marcado y capaz de jugarse la vida por un chute, así es Benedict Cumberbatch, el Benedict Cumberbatch que nos ha conquistado en pantalla con el charme de Sherlock, pero sin escrúpulos ni altas capacidades deductivas para salir del infierno en el que vive esta vez. Patrick Melrose, la miniserie basada en las novelas homónimas y biográficas de Edward St. Aubyn que llegó a Sky en septiembre, es la estrella (o el agujero negro) de la temporada. La que más brilla en streaming encierra una oscuridad devoradora.

La muerte del padre

Ustedes dirán si tienen estómago, si aceptan el reto de conocer al gran niño herido que es Patrick Melrose, heredero de un patrimonio notable y los demonios de una infancia penosa que se presenta en el primer episodio -son cinco- como un adulto que no se sostiene en pie ni dos minutos. Patrick es una huida, solo tiene salidas de emergencia, está enganchado a todo para sobrellevarse a sí mismo, al despojo en que lo han convertido. El pobre hombre rico que interpreta Cumberbatch, con el porte y los trajes más exclusivos, con pasta para alojarse en la suite del mejor hotel de Nueva York, puede arrastrarse por un pico, o un poco de calor humano, en el peor de los barrios, y puede con una de las series más sonadas del momento, Maniac. Este viaje delirante y abstraído sin garantía de vuelta, también para el espectador, empieza cuando Patrick recibe una llamada que le anuncia la muerte de su padre. Nos deja de piedra no la noticia, sino la inesperada forma en que la encaja el heredero. Disculpen spoilers, es solo el principio de una pesadilla de largo recorrido y amargas sorpresas. Sarna con gusto no pica, dicen. Es bueno saber a lo que uno se enfrenta.

Jennifer Jason Leigh (genial en su papel de madre manipulada, roma, alcohólica y negligente), Hugo Weaving (el agente Smith de Matrix se convierte en el padre más atroz, su gesto, la voz atronadora) Blythe Danner, Allison Williams, Pip Torrens, Anna Madeley y el niño Sebastian Maltz (brutal) son algunas de las caras que sostienen esta ficción realista, dura. En Patrick Melrose, como en Heridas abiertas, el horror reside en un escenario de lujo, bucólico y confortable, en el que cualquiera se ve pasando unas largas vacaciones. El infierno puede ser una mansión de la Provenza con piscina e higuera, con la frivolidad interiorizada como única forma posible de vida.

La emisión comenzó en septiembre bajo demanda, a razón de un episodio por semana. Y es bueno controlar las dosis. La duración (una hora cada capítulo), el guion y el humor de corte inglés valen el recreo en cada episodio como si fuese una película, que lo es. El maratón de esta ficción con miga, no apta para todos los públicos, nos dejaría k.o. El dolor de verdad siempre se hace muy pesado, por más que se lleve entre copas y se disfrace de mentira.

Pese a que el Emmy voló, Patrick Melrose confirma la madera de Cumberbatch, que vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes. Esa forma de estar, una economía increíble de gestos. Él no actúa en vano. A través de varias décadas nos lleva en la piel de Patrick, y el viaje va cambiando de ritmo, perdiendo velocidad para ganar perspectiva, madurez, verdad, factura. Así se rompe una vida de raíz desde el principio. Y el cliché de la alta sociedad británica, el espejo que devuelve su reflejo más pijo.

Una vez más la familia. Lo frágiles que somos, lo desarmados que estamos ante los nuestros. La necesidad de protección, de hogar. Bienvenidos al corazón de la dependencia afectiva.

Prepárense para la cena, para ver a una princesa Margarita insufrible (Harriet Walker le hace un guiño a su historial Austen). Y recuerden: «Esto es una fiesta, NO hay que pasarlo bien».

Mi corazón este octubre es de Patrick Melrose, el inglés que no se quita el abrigo.

Una lección de estilo.

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