«Yo no querría ser actor en mi vida»

El actor leonés actúa en Galicia con «Todas las noches de un día», un papel que le ha llegado en el momento perfecto. «Quiero ir soltando amarras para cada vez tener más distancia con la costa y navegar cada vez más solo», confiesa


Hace tres años que Carmelo Gómez (Sahagún, 1952) soltó que se despedía del cine con una película gallega La playa de los ahogados para dedicarse al teatro, ahora en plena gira con Todas las noches de un día insinúa que quiere ir soltando amarras para ir tomando distancias con los escenarios. Cree que la docencia y la dirección llenarán este vacío, y se mantiene firme en que solo hay alguien que le puede hacer cambiar de opinión, Don Quijote.

-«Todas las noches de un día», una obra que, según tus propias palabras, nos partirá el corazón en dos.

-Lo mantengo. Parte el corazón en dos, como parte la vida en dos, supongo que para juntarlo. Es una historia de desamor más bien, pero no deja de ser una historia de amor. Todo ocurre alrededor de un mundo verde, a través de un invernadero, que es el gusto que tiene el hombre por rodearse de un entorno que no sea la máquina, para poder pensar, evocar, traer recuerdos, en esos recuerdos está el pasado y en ese pasado está el relato de una historia que fue de amor. Por eso hay dos corazones rotos, dos almas que se anhelan y que están buscándose.

-Y dos monstruos en escena.

-El tráiler no hace honor a la verdad. Nunca lo hacen. Se rodó en un momento que la función estaba empezando, ahora es muchísimo más profunda, y más jugosa.

-¿Cómo ha sido trabajar con Ana Torrent? Cuando el reparto es cosa de dos, ¿hay que confiar mucho en el otro?

-Totalmente. Ana tiene por encima de todo un gran sentido de la lógica, de la verdad, y para una cosa que es muy poética su forma a la hora de abordar el trabajo, como que nos baja un poco a la tierra, evita que nos pongamos metafóricos, soñadores.

-¿Te ha costado mucho meterte en la piel de Samuel?

-Sí. Más que en la piel, porque es un campesino, un hombre que tiene contacto con la naturaleza, igual que yo, un hombre que se retira de la vida, de la vorágine, del ruido, de las palabras y se va a un mundo de silencio, y yo ahí me veo fácilmente. El problema es que es un texto complejo, un texto de Conejero y eso es un reto para cualquier actor, y lo digo ahora que casi he salido. Pero ¡uf!, ha habido momentos en los que pensé que no podía.

-¿Tiraste de tu propia experiencia, de tus problemas para relacionarte con otros niños en la infancia?

-Samuel se retira del mundanal ruido, no del mundo, sino del ruido en exceso que tenemos mucho, que son los medios o la publicidad cuando son agresivos. Yo me he pasado toda la infancia así, yo no he tenido una infancia de estar con los demás chavales de mi pueblo, que tenían bandas e iban de aquí para allí o jugaban al fútbol y se iban de viaje todos los fines de semana. Yo nunca he tenido ese mundo porque no lo llevaba bien, me superaba, y poco a poco me fui retirando a mi mundo. Yo me recuerdo de niño haciendo barras de pan de barro que me fabricaba yo, pasaba tardes y tardes, hasta que mi madre se enfadaba y me decía que me tenía que ir a la calle. Me iba a la calle, pero estaba solo, y me volvía a casa y estaba otra vez a lo mío. Siempre he jugado con dos o con tres amigos como máximo, pero he pasado mucho tiempo solo. Me reconozco en Samuel perfectamente.

-¿Sigues siendo tan solitario?

-Ahora soy más hablador, pero sigo siendo solitario, Me gusta hablar mucho, yo creo que me lo ha dado el cine y el teatro, poco a poco he ido enriqueciendo mi léxico. Yo me siento también al margen, sigo buscando ese momento para la reflexión, me gusta mucho ir a pasear al monte. La naturaleza te ayuda a pensar, te ayuda a ver el mundo de otra manera.

-Dices que el texto se corresponde con el momento que estás viviendo, que te llegó en el momento perfecto.

-Siempre he tenido la sensación de que no he elegido los textos, sino que los textos me eligen a mí. Cuando murió mi madre de cáncer hice La vaca sobre el tejado de zinc. Yo tenía mucho cine pero quería hacer la gata con Aitana, y ahí nos metimos, y me di cuenta de que mi madre se estaba muriendo y la función iba sobre eso. Tuve esa reflexión, y esta ha llegado en un momento en el que me estoy yendo del cine y del mundo del audiovisual. Del cine no se puede uno ir porque yo creo que el cine se ha ido, entonces tú te has ido con él. Ahora hay tele, pero eso no tiene nada que ver con el cine, por lo menos con la película española media que se hacía antes. No quiero trabajar tanto, no quiero meterme en esa locura, en esa vorágine, quiero ir soltando amarras para cada vez tener más distancia con la costa y navegar cada vez más solo.

-Primero te retiraste del cine, y ¿ahora también dejas los escenarios?

-Poco a poco sí, me va a costar más porque romper ese vínculo es muy doloroso, lo del cine lo he superado gracias a que tenía el teatro, pero el día que ya suelte de todo veremos a ver qué va a pasar. Mi idea es no entrar en una producción detrás de otra.

-¿Estás desilusionado?

-Sí, yo creo que es un momento muy desilusionante, pero no solo en el mundo del espectáculo o del cine, yo creo que es una democracia destrozada, vapuleada, nos hemos quedado sin ilusiones, nadie tiene garantía del futuro, al futuro se le tiene miedo, no ilusión. Este colectivo nuestro no iba a estar al margen, está si no más, igual que los demás. Es muy poco ilusionante en este momento hacer una prueba, tienes que estrenar hoy, hacer dos pases... Yo así no puedo trabajar.

-Los vaivenes de esta profesión.

-Nooo, pero no le hagas creer al lector que esto es una crisis efímera, como nos hicieron creer los sátrapas que nos han estado gobernando durante estos últimos 15 años. Hay una quiebra de los niveles de convivencia y democracia en todos los ámbitos. En el teatro hay mucha pandilla, porque no hay para todos. Los jóvenes no podéis dejar los trabajos, pero los que sí podemos, yo creo que estamos soltando amarras. Perdón, por los que vienen después, pero esto es insoportable. Esto acaba con mi vida.

-¿Y la docencia llenará ese vacío?

-[Risas]. Estás enterada. La docencia y la dirección. Estamos aquí con una cosa en Pamplona, mi compañera y yo, porque con ella voy mejor que si voy solo, porque solo no me atrevo. Estoy viendo que por aquí puede haber algo ilusionante...

-Sigue siendo el mismo mundo desde otra perspectiva.

-Pero fuera, porque el actor está siempre muy expuesto. Si todo va bien, todo son triunfos, pero al día siguiente todo va mal, entonces eres un fracasado... Es muy difícil de soportar, hay que tener mucho cuajo y un entorno muy sólido para aguantar esos tirones. Yo no querría volver a ser actor en mi vida.

-¿Te has sentido querido?

-Sí, pero han cambiado los tiempos, porque yo veo cómo sufren los actores. No hay más que ver como en los teatros nacionales los actores no están en cartel, no existen, está el escenógrafo, la directora... Es una razón absolutamente política, si el actor tiene la palabra, denuncia, y se va fuera, y se ha ido fuera de todos los medios de comunicación. El actor ya no tiene la palabra, yo estoy alucinando que tú me hagas una entrevista, porque en los periódicos nacionales yo no hago una sola entrevista, eso ya se acabó. No puede tener la palabra el que tiene capacidad de protesta.

-¿Nada ni nadie podrá hacerte cambiar de opinión?

-La única cosa sería hacer un Quijote. Pero no para quedarme...

-¿O que te llame Almodóvar?

-Tampoco. No sé quién lanzó que yo iba a trabajar en la última película de Almodóvar, que me ha llamado todo el mundo... Jamás me ha llamado Almodóvar y la única vez que me llamó, que era para hacerme una prueba, ni me la hizo, Me vio y yo lo vi, y no hay química. Se acabó, punto. Ya está no pasa nada, esto es así, era la época que yo empezaba. No me había descubierto todavía Julio Medem. Pero bueno, si fuera Almodóvar, pues depende del guion, Almodóvar no es Cervantes, eso está claro. Un Quijote sí lo hago.ca

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