La vida de Luis Miguel no es un bolero

«Te odio, Luisito Rey» es una frase viral que resume la esencia de la serie biográfica sobre el cantante, marcada por la figura monstruosa de su padre. Un papel que borda Óscar Jaenada

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No, la vida de Luis Miguel no es un bolero, y tampoco se parece a una ranchera, tiene mucho más que ver con el crujío de un cante jondo de Camarón y el desgarro de un drama de Lorca. Con el mal fario de un destino marcado por la figura de su padre, Luis Rey, un músico gaditano venido a menos que, lejos del triunfo, reenfocó su vida en un solo interés: convertir a su hijo -aún niño- en toda una estrella de la canción en beneficio propio.

La vida de Luis Miguel no es un bolero, pero se ha transformado gracias a Netflix en una serie que ha devuelto al «Sol de México» a la primera fila del éxito, y el público no ha podido más que caer rendido a la realidad brutal del artista. Luis Miguel es todo un fenómeno que -como La casa de las flores- nos ha puesto este verano el acento en México. Allí creció el cantante al que muy pocos en verdad conocíamos. Sabíamos de su portentosa voz, lo encorsetábamos en la imagen histriónica de sonrisa exagerada, de galansote empalagoso y de ídolo adolescente. Nada que ver con la auténtica historia personal del cantante, que vivió un infierno familiar, de descontrol y excesos, desde que su padre decidió que ese niño de ojos verdes, cándido, y con una garganta prodigiosa sería su mina de oro.

Pocos tenían conocimiento de la desaparición en el año 86 de su madre, la italiana Marcela Basteri, que treinta años después sigue siendo un misterio (aunque los que hayan visto la serie intuyen qué fue lo que sucedió) y muy pocos sabían de la tortura interior de Luis Miguel. Ese es el primer y gran descubrimiento de esta ficción biográfica que, en un equilibrio magnífico, no decae por el abismo del drama, sino que se abre a todas las aristas de un tiempo (el de principios de los ochenta) que a muchos les explotó en las manos. Es maravillosa la ambientación, el vestuario, la recreación de una época marcada por los videoclips en Acapulco, con esa banda sonora tan hortera como deliciosa («Cuando calienta el sol aquí en la playa», «Será que no me amas»…) que alivian el peso de un padre cruel, interesado, déspota, mujeriego, que arma ese actorazo que es Óscar Jaenada. La serie se llama Luis Miguel, pero bien podría llamarse Luisito Rey, porque Jaenada absorbe al resto del elenco, se come en cuerpo y alma a ese padre terrorífico y nos regala un papelón que se ha convertido en todo un fenómeno viral. «Te odio, Luisito Rey» es una de las frases que empezó estampando camisetas y que en forma de eslogan resume la esencia de la trascendencia de la serie. Luisito Rey es hoy el personaje más odiado de México, como lo es esa manera despectiva de hablar y de reducir en un diminutivo a su hijo («Micky, pisha»), porque Jaenada ha sacado toda su artillería para darle forma al monstruo, que a veces tiene la gracia de un buscavidas y otras espanta, para darle la ‘normalidad’ a quien (eso no se le niega) fue capaz de inventarle y construirle una carrera a Luis Miguel y estuvo a punto de desgraciársela. Luis Rey murió en 1992, año en que arranca la ficción, justo cuando el cantante arrasaba con su discazo de boleros que lo catapultó como un número uno. Un número uno al que, después de ver la serie, es imposible no querer un poco más. La sonrisa de Luis Miguel es todavía, fíjense bien en ella, una herida abierta.

El artista vivió un auténtico infierno por la desaparición de su madre

Izan Llunas, nieto de Dyango, interpreta a Luis Miguel de niño; Óscar Jaenada se sale en el papel de Luis Rey.

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