«Thriller» en las Rías Baixas

El jurista madrileño Eduardo Soto-Trillo narra en «Yo nunca» una intriga psicológica protagonizada por un opositor que se retira a estudiar a una misteriosa villa de Galicia

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El autor y jurista madrileño Eduardo Soto-Trillo, oriundo por parte paterna de Vilagarcía de Arousa y veraneante en Aguete, ha escrito la novela Yo Nunca (Ediciones B), un thriller psicológico que tiene como decorado una misteriosa villa de las Rías Baixas. Reflexiona sobre la sociedad que nada quiere saber de los trastornos mentales, especialmente cuando estos provocan un asesinato. Sostiene que el amor de alguien próximo (padre, madre, pareja o amante platónico) suele ser el detonante del crimen. Entramos en la eterna pregunta de si influyen más los genes o la educación. En esta novela aparecen diversos casos de enfermedad mental: el asesino de niños que resulta ser un psicópata, la esposa despechada que mató a su amor por celos, el hijo enloquecido por la droga o la becaria obsesionada con sus colegas. Les conceden una segunda oportunidad para rehacer sus vidas en una remota villa gallega, Ramil, que atrae a forasteros golpeados por la crisis del 2008.

El protagonista de la novela es Luis, un opositor a juez de Madrid, que tras la muerte accidental de su madre alcohólica y desequilibrada, se refugia para estudiar el temario en su pazo familiar de Val de Olas. Comparte el caserón con su tía, una mayorazga en decadencia. Al seguir soltera, conserva el patrimonio y las rentas pero está vendiendo las tierras familiares a bajo precio a un antiguo amor, Antonio, el nuevo rico y cacique, un emigrante retornado de Alemania hecho a sí mismo. En parte, la atmósfera recuerda ese aroma de los folletines decimonónicos en los que el señor rentista retornaba a su pazo gallego a poner orden.

Este es un viaje iniciático desde la capital al rural salvaje, a la Galicia profunda, a esa España vacía de la ley del silencio, las rencillas por lindes y vecinos dominados por caciques, narcos e incendiarios de montes. El escenario encaja con las rías de Pontevedra y Arousa, pues menciona una fábrica papelera, una ciudad llamada Arealonga y una isla, posiblemente A Illa.

El opositor, un niñato malhumorado, rebelde y caprichoso, con traumas, prefiere procastinar en vez de cantar los temas del examen: fuma porros, chincha a su tía y pasa las tardes en el bar de juerga con extraños forasteros como él. No muestra empatía por los indolentes lugareños o su cultura. La frase «Yo nunca» se refiere a un juego juvenil en el que el perdedor debe contar algo que nunca hizo y beber licor. Se hace amante de una fisioterapeuta de 40 años, otra recién llegada, y filtrea con la joven restauradora de una ermita, una foránea. Hay tórridas escenas de sexo seguidas de un tobogán de celos, culebrones de familia y duras reflexiones sobre la crisis del ladrillo, el 15-M o la trama de los incendios.

La vida bucólica en Ramil se rompe a causa de un asesino de perros. Es el primer indicio de que algo falló al reintegrar a personas estigmatizadas por su enfermedad mental. El protagonista madura, comprende la gravedad de la situación, reacciona y salva a su amada, sus tierras y su futuro.

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