«¡A ver si va a ser Bruce Springsteen el Miguel Ríos americano!»

A sus 73 años el pionero del rock en nuestro país aún tiene cuerda para rato. Si hay que subir de nuevo al escenario, sube, y si hay que salir a la calle para protestar, también


No hay que hacerle mucho caso cuando dice que se va. Lo dijo hace siete años, pero nunca se fue del todo. Lo dejó porque no le compensaban todos los inconvenientes de la música actual, pero siguió colaborando en conciertos benéficos y escribió sus memorias. Ahora, una «ocasión única» le ha hecho subirse de nuevo a los escenarios a los 73 años. Que nadie se asuste, asegura que tendrá fuerzas suficientes porque no serán muchos bolos. El abuelo del rock and roll dice que eventos como estos le rejuvenecen, y a la vista está que tiene razón.

 -Esta gira es como lo de nos tomamos la última y nos vamos.

-[Risas]. Ya no voy a hablar más de retirada, pero supongo que sí. Es una gira única, es muy difícil reunir a tanto profesor encima de un escenario. Me invitaron a un festival internacional de música clásica de Granada para tocar por primera vez rock and roll en ese contexto, que es paradigmático en cuanto a su programación de música culta, y de pronto el concierto salió tan bien que lo grabamos y se está distribuyendo. A raíz de eso me ha surgido la posibilidad de hacer una serie de bolos. En fin, no creo que sea un principio de carrera.

-En tiempos de reivindicar la igualdad, tú la pides para el rock y para la música clásica.

-Claro, eso sí viene dado por todos los críticos más señudos de la lírica y del rock, no hay que hacer una separación ahora a principios del milenio de la influencia de ambas o enfrentarlas, es un poco pueril. Las dos han contribuido al engrandecimiento del ser humano, a la comunicación, a la cultura... tienen muchos puntos en común. Además, últimamente el rock tiene una técnica compositiva e instrumental importante.

-Todo esto empezó en la Alhambra y para un granadino tocar allí es...

-Nunca pensé que me iban a invitar a un evento como este, porque es un sitio para otro género de música, y yo no iba a cambiar de género. [Risas]. Ha sido estupendo, qué bueno que pudiera hacerlo aunque fuera a los 73 años.

-73 años y una gira por delante. Lo de «hasta que el cuerpo aguante» va contigo.

-De cualquier forma no creo que sea una gira al uso, porque no vamos a hacer muchos conciertos, y no es como antes que hacía esas giras estajanovistas que empezaban un día y terminaban 180 conciertos después en poco tiempo, lo que dura el verano aquí y en Latinoamérica. Yo creo que voy a tener fuerzas, si es lo que me estás preguntando.

-No lo dudo, parece que has hecho un pacto con el diablo.

-No, la verdad es que es un repertorio y una ocasión sonora única. Es como que rejuvenece, me pone las pilas. Es circunstancial, de no haber sido invitado a esto, no lo habría hecho.

-¿Cuál es el secreto de una carrera tan larga?

-Creo que intentar hacer cosas que no se parezcan mucho entre ellas. Ser muy prolífico cuando eres joven es fácil, se componen muchos temas cuando nos van sucediendo cosas en la vida que son cancionables, pero luego componer un tema que no se parezca a otro ya es muy difícil, porque casi lo tienes todo experimentado. Pero las canciones sí que tienen la posibilidad de ser revisitadas con diferentes estilos, con diferentes vestidos para que tengan otra apariencia. En este sentido, yo he tocado en Big Band... he estado en todas las formaciones por las que un cantante puede pasar.

-¿Siempre has sido dueño de tu carrera?

-A partir del Himno de la Alegría yo creo que ya tengo más responsabilidad de mi propia carrera. Hubo un par de años después del Himno que costó mucho trabajo hacer los discos que quería hacer, porque las compañías imponen mucho, tienen muchísimo peso a la hora de dirigir las carreras de la gente. Sobre todo cuando has tenido un éxito y quieren que lo repitas hasta la saciedad. Tuve suerte de que el Himno me vino a liberar un poco, gané un dinero que no esperaba ganar, y me di cuenta de que no era la ambición por el dinero lo que me movía, sino la ambición de aprender a cantar mejor, a hacer conciertos, giras...

-Para muchos eres la banda sonora de los viajes en coche. Tú, Ana Belén, Serrat, Víctor Manuel habéis girado mucho juntos. El directo es el directo.

-El disco viene a ser como un pretexto para seguir girando. Aparte de que crear es muy importante, sentarte y crear una canción de la nada es algo estupendo, pero no se hace solo por eso, sino porque sabes que luego lo vas a tocar en directo. Sobre todo en nuestra época, que la industria estaba bastante razonable, se vendían discos y eran un objeto de usar, no de tirar, que podía tener el mismo valor emocional que un libro. Entonces un disco era la antesala de poder salir con nuevas canciones, que a lo mejor no podías cantarlas todas en el mismo concierto, porque la gente siempre quería las conocidas. Eso siempre ha sido una lucha de ver cuántas canciones nuevas se podían meter en una gira sin que se aburriera el público, pero siempre sabes que hay algunas canciones que ya no te pertenecen a ti, sino al público y que hay que cantarlas cuando ellos lo digan.

-Me sorprende que escuches a Vetusta Morla.

-Me mandaron el disco, pero antes yo ya había dicho que me gustaba. Cuando oigo un nombre nuevo, lo que hago es irme a Spotify y mientras leo la crítica escucho el disco. Me han gustado siempre, desde el principio, pero este disco es muy elaborado, de otro tiempo. Ahora las cosas van un poco más por la naturalidad folkie, que también está muy bien y me gusta. Me gustan bandas como Izal o Iván Ferreiro, que exponen sus sentimientos de la manera más natural posible, siempre rodeando la canción de una sonoridad que le convenga; pero eso no impide que haya gente, como en este caso Vetusta, que haya mirado un poco atrás y haya visto las vicisitudes de los Beatles cuando hicieron Sargent Pepper o Revólver, en discos anteriores. Eran discos elaborados técnicamente con mucha dificultad entonces, porque se estaban inventando los sonidos y no había máquinas que los reprodujeran como ahora, pero que hoy en día Vetusta use eso como un arma de creatividad que añadir a la canción está muy bien. Pero yo oigo mucha música...

-Ya veo. Estás muy puesto en la música actual.

-Sí, lo intento. Una de las virtudes que tengo ahora mismo es no leer una cosa que no sepa o no intente saber de dónde viene. Leo los periódicos electrónicamente porque así sigo el link y voy adonde está de lo que están hablando. Ahora hay bandas que tocan estupendamente y que de alguna forma convierten el rock en música clásica, que tiene una historia que se repite y que mantiene un discurso que puede ser usado por otros músicos para crear. Esto es un poco el clasicismo, que lo que han hecho otros antes tú lo puedas usar poniéndole tu impronta. En este sentido, yo creo que todas las bandas de mi tierra desde Los Niños Mutantes o Supersubmarina, todos obedecen a un patrón que bebe también del pasado.

-Y las redes, WhatsApp...

-No, no, eso no. Uso la red pero no para exponerme, sino para informarme.

-Miguel Ríos, padre, ya no sé si abuelo, del rock español. ¿Cuándo eres consciente de esto?

-[Risas]. Cuando escribí Los viejos rockeros nunca mueren lo estaba haciendo por Chuck Berry y por gente de ese tipo, que pensaba que habían dejado un legado, que a mí personalmente me los convertía en inmortales. Lo que pasa es que mucha gente no entiende mucho los tributos y cree que te lo estás haciendo a ti mismo, pero era un título para otra gente. Entonces empiezan a colgarte etiquetas, que es fácil también. Soy de los pocos de mi generación que siguen en activo, porque de la época del Price quedamos muy pocos que sigamos trabajando... y aunque fuera solo por pesadez. No se lo tomo en cuenta y ni me lo tomo yo a título de inventario, la gente puede llamarte lo que quiera que no se lo puedes impedir...

-Como lo del Bruce Springsteen español. ¿Te gusta?

-No creas, primero me parece exagerado e incierto, y luego que yo llevo más tiempo que él, ¡a ver si va a ser Bruce Springsteen el Miguel Ríos americano! Sí me doy cuenta de que cosas que yo había hecho intuitivamente, en muchas partes del mundo hacían lo mismo. Yo veo a Eddie Vedder y se me ponen los pelos como escarpias, porque me acuerdo de algunas veces que yo he hecho eso, ese concepto gutural de la comunicación en un estadio, pero, claro, salvando las distancias. Esto es muy fácil: es como cuando vienen los japoneses a tocar flamenco, por mucho que lo hayan aceptado como cultura propia... que es lo que me pasa a mí con el rock o con la música americana en general, siempre seré un outsider, pero si a mí me divierte y me lo paso bien... Para mí esa es la primera premisa de este oficio.

-Viviste de cerca la lucha por la libertad de expresión, ¿qué te parece lo que estamos viviendo estas semanas con la censura de letras, de libros?

-Es una vuelta atrás realmente pesadillesca, parece como si te despertaras en el día de la marmota, vuelves a las mismas calles en las que estuviste hace 60 años gritando, los mismos miedos, el mismo status de inferioridad respeto a alguien que se toma la libertad de decirte qué está bien y qué está mal, qué pagas, por qué pagas... A veces siento que estoy viviendo muy incómodo, porque ahora te enteras de todo, probablemente hace dos siglos se enteraban con un retardo de unos cuantos meses que es lo que tardaban en llegarles las noticias. Pero es que ahora las estás viviendo en vivo y en directo, y te das cuenta que es insoportable. Algo que hay hacer y lo único que puede mover algo o tener algún resultado, por pírrico que sea, es salir a la calle.

-Como el sábado...

-Como el sábado. Es que es una cuestión de decencia, aunque tú estés viviendo bien gracias a la gente que ha comprado tus discos o ha ido a verte y puedas tener un pasar digno, no puedo ignorar que hay gente que cobra menos de 400 euros al mes. Lo que no se puede es vivir de espaldas a la realidad. Los tipos que tienen muchísimo dinero y pierden un poco, o un mucho, de alma, sí podrán, porque se meten en un gueto en el que solo ven lo que pasa alrededor de su ombligo. Pero yo me acojo a la canción de Lennon: «Cómo puedes dormir por la noche».

-Tú llegaste a cobrar pensión, luego la devolviste...

-La devolví no, me di de baja. Yo cuando hice la gira de despedida Bye, Bye, Ríos, me dediqué a escribir mis memorias, y mi asesor me dijo: «Tienes edad de jubilarte y hacerte pensionista». Yo me había dedicado a hacer conciertos benéficos, eso sí era compatible, no ganaba nada, es más, me costaba dinero pero era mi forma de contribuir, hasta que llegó lo de El gusto es nuestro y ya era imposible, también porque salió una ley por la que no se podía cobrar cosas retroactivas. Me avisaron, porque yo siempre he hecho en ese sentido lo que había que hacer, y después de jubilarme me desjubilaron.

-Los años que estuviste de jubilado, ¿ejerciste? Paseos, obras...

-No, cantar es un ejercicio que parece fácil, pero mantener un tono de voz aceptable a una edad tardía, necesita entrenar, seguir haciendo ejercicios... Aunque tuviera que cantar dos o tres canciones en un festival determinado, tenía que estar en forma.

-¿Por eso te fuiste?

-No, yo en «Bye Bye Ríos» estaba en una condición vocal bastante aceptable. Yo cuando lo dejé la otra vez fue porque de alguna manera me encontré con una cantidad de inconvenientes que ya no quería arrastrar. Por ejemplo, que la música fuera una cosa de usar y tirar, como sigue siendo ahora en general, me jodía mucho. No merece la pena hacer un disco si no hay radios que pongan a gente de mi generación, y no vas a hacer temas para entrar en las radiofórmulas, estás fuera de target... Fueron una serie de cosas que dije: «Voy a ver si me puedo dedicar a otra cosa». Y la otra cosa fue la literatura.

-Decías el otro día que no vivías debajo de un puente gracias al «Himno de la Alegría», claro, que si lo hubieras escrito hoy te daría más bien un disgusto.

-Fíjate, es curioso, esa frase la dije metafóricamente comparando el puente con la pobreza, pero también dije después que no había tenido muy buena pensión, porque la música nunca se ha declarado, íbamos a la feria y nadie cotizaba por nosotros, teníamos que ser nosotros y en realidad la pensión acaba siendo la mínima de autónomos. Los titulares son muy golosos y, la verdad, ese era muy bueno.

-Estaba y está difícil la cosa, pero ¿te imaginas arrancar hoy en día?

-Me lo imagino porque tengo una hija en el asunto. Primero que hay muchísima más gente tocando bien la guitarra que cuando yo empecé, ni la menor duda de que los músicos actuales son más y mejores. Me emociona ver cómo se meten en los locales de ensayo sabiendo que no van a vivir de eso, pero el deseo de crecer en la música es uno de los actos más heroicos e inconscientes, y me alegra que los chavales estén ahí porque mientras se lo pasen bien...

-Tú le cantabas a tu madre para que te diera la propina de los domingos... ¿Así empezó todo?

-Sí, también cantaba en el coro. En realidad lo de cantar es algo muy peculiar, ahora hay gente que canta sin ser ortodoxo. Gente que no canta bien, pero que hace una canción estupenda y transmite lo que quiere transmitir con una voz, que igual en el canon clásico no es una buena voz. Yo de pequeño tenía muy buena voz, y emocionaba rápidamente. Lo descubrí con 8 años, sabía que cuando cantaba algo pasaba.

-¿Ya tenías buena voz?

-En ese sentido los cantantes estamos muy desnudos, solo tenemos la voz para convencer, pero luego tienes que aprender mucho, y saber que no sabes nada, y cuando tienes un momento de ego pones a Ray Charles y ya caes en plancha, al sótano. La música tiene muchos altos y bajos, es un desgaste psíquico importante, estás esperando a que te acepten, hay momentos de estar en la cuerda floja, o si el disco no le gusta a la gente, por qué no le gusta...

-¿Tú has tenido momentos de decir: «Lo dejo»?

-Lo dejo no, porque ¿adónde me iba a ir...? Pero desilusiones todos los días. La gente debe saber que lo pasamos mal, pero claro, no sé hasta que punto yo lo paso mal comparado con alguien que no tiene futuro, con un chaval que viene en patera, compararse con eso es pornográfico. Pero en todas las profesiones hay altibajos, y eso es estupendo, porque la vida es un compendio de cosas buenas y malas, y que uno debe intentar que sean personales y no generales.

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