La cima de un grupo irrepetible

En 1992 el guion escrito para REM mandaba seguir la senda de «Out of Time» y entregar un disco amable. Pero llegó «Automatic For The People», que respondía a lo contrario. Se trata de una obra maestra que acaba de ser reeditada

.REM EN 1992
REM EN 1992

El mundo con REM era mejor que el mundo sin REM. Incluso en sus peores momentos la banda americana podía servir pequeños diamantes como aquel Leaving New York del flojísimo Around The Sun (2004). Pero cuando se encontraban inspirados resultaban sencillamente gloriosos. Lo que se celebra en Automatic For The People 25th Anniversary pertenece a ese preciso momento en el que el talento de un grupo toca techo y este entrega su obra definitiva. Sí, hace 25 años REM editaron el que para muchos es su mejor disco. Quizá exista quien no esté del todo de acuerdo, primando la frescura de Murmur (1983), la electricidad de Lifes Rich Pageant (1986) o la precisión pop de Document (1987). Pero nadie pondrá en duda el carácter de obra maestra de este álbum colosal.

Venían REM de triunfar comercialmente con Out Of Time (1991), pasando de ser aquel grupo de culto masivo de finales de los ochenta, a unos superventas capaz de mirar de tú a tú a U2, Michael Jackson o quien se le pusiera delante. En aquel trabajo el grupo había encontrado un ocasional dulzor pop que le había posibilitado la conexión con el gran público. Pero ahora el tono iba a cambiar bruscamente. Cuando los agoreros hablaban de continuismo y los puritanos empezaban a poner en duda su integridad, llegó este disco improbable, sombrío y excitante. En su momento el cantante Michael Stipe lo definió como «un álbum de punk-rock pero tranquilo». Sus seguidores no supieron cómo catalogarlo. Se limitaron a disfrutarlo.

Ser fan de REM entonces, en plena explosión de la independencia americana (Nirvana, Pixies, Sonic Youth...), resultaba una gozada. Cuando se valoraban esos gestos anticomerciales como algo puro, van ellos y se sacan de la manga Drive, single hipnótico y oscuro. Un retrato en blanco y negro de la era Bush (padre): un país lastrado por las drogas, un gobierno belicista y una juventud sin respuesta ante ello. Con su poética fértil en imágenes pero críptica en el mensaje, Stipe le habla del rock and roll, de Bill Halley y de la rebelión. La canción, amarga y terrible, se encontraba en las antípodas de lo que demandaban las radios comerciales. Pero triunfó.

Así presentaba REM su nuevo disco. Con intenciones electro-acústicas, atmósferas viciadas y los bellísimos arreglos de cuerda John Paul Jones (Led Zeppelin). La hermosura de lo gris se pasea por unas canciones que se relaciona de continuo con la muerte. De hecho, en su momento corrían rumores de que Michael Stipe podía tener el SIDA. Algunos de los temas se interpretaron como particulares exorcismos. Una de ellas, la preciosa balada Everybody Hurts, se convirtió en todo un himno contra los suicidios («No te dejes ir /Todo el mundo llora / y todo el mundo sufre a veces»). Compitió en popularidad con Man On The Moon, perfecta pieza pop preñada de nostalgia y guiños a la niñez.

Estas canciones conforman el lado más luminoso de un trabajo que, en global, desprende todo lo contrario. Unas veces con claridad, como en esa Ignoreland con la que arremeten contra los conservadores. Otras, sugiriendo más que mostrando como en la sensacional recta final de Nightswimming y Find The River, llenos de metáforas reutilizables en la mente de cada cual. Llegado ahí, con ese imponente Stipe en primer plano y los coros de Mike Mills, el corazón se ablanda un poco, la respiración se hace más profunda y, en efecto, llegamos emocionados a ese punto en el que afirmamos que el mundo con REM era mucho mejor que sin REM. Un cedé extra que recoge un directo de 1992 en el 40 Watt Club de Athems que trae el box-set (la opción superdeluxe incluye además un cedé de demos y un Blu-ray ) sirve para reafirmarse en todo ello.

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