Jordi Mollá: «Aquí casi no me veis, pero no he desaparecido»

Actor que dirige, pinta y escribe, este chico del Kronen que debutó con «Jamón, jamón» vuelve a casa. «Si estás hasta en la sopa, dejas de provocar deseo», afirma. Su buena estrella hace doblete en «Operación Concha». ¿Habrá Goya al fin?

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Aquí lo tienen. Jordi Mollà is back. Este hijo del 68 que iba para administrativo y se dio al Jamón, jamón asalta la taquilla con Operación Concha. ¿No sabían dónde estaba? Él advierte que nunca lo dejó, por más que llegase a tener «dos novias: una real y la otra la creatividad». Él no ha parado de hacer cine desde que empezó, en aquel jugón 92. «Yo he querido tener siempre una parte de misterio. Si estás hasta en la sopa, la gente se acaba cansando de ti. Entonces dejas de generar deseo», asegura Jordi Mollà. El que fue cónsul de Sodoma (Un Gil de Biedma por Bimba Bosé) vuelve en una película que combina dinero, mentiras y amor, y se presenta como una declaración de amor al cine. «No sé si una declaración de amor al cine -matiza- pero sí es una película que habla del cine en clave cómica. Operación Concha es una comedia ligera sobre las cosas que pueden pasar en el mundo del cine».

-La película lleva una semana en cartel. ¿Cuenta lo que ocurre, y no se suele ver, en el «backstage»?

-Sí, ¿no? En todas partes cuecen habas. En Operación Concha hay venganza, hay ajustes de cuentas; pero al final todos son amigos, todos se perdonan la vida. Esto es un «A ver quién es más listo», un «A ver quién se la pega a quién».

-Le ha tocado papelón. Interpreta dos personajes, un cubano y un andaluz. Dos registros, dos acentos. ¿Cómo lo hizo sin volverse loco?

-Esto era lo que me atraía, ¿sabes?, interpretar a dos tíos, uno de su madre y otro de su padre, uno que tiene que suplantar al otro para conseguir financiación para una película... Pero los dos están siendo usados y no se enteran. Uno es una estrella del cine americano y el otro un tío andaluz que trabaja en un bar... Me puse a trabajar con dos coaches, uno de Moguer (la zona de donde es el personaje), y fuimos poco a poco. El trabajo de la voz me da al personaje. Si vas pasado en la voz, no funciona.

-La peli es un homenaje al Festival de San Sebastián, donde coincidió el año pasado con Bardem, en la presentación de «Bigas por Bigas». ¿Qué supuso Bigas para usted?

-Sí, bueno... con Bardem nos habíamos visto varias veces antes. Bigas supuso muchas cosas. Estar cerca de un señor con una cabeza tan brillante es un lujo. Él era luminoso, sensual, divertido. Con Bigas lo pasabas bien, y aprendías de la vida. Era un gustazo. Parecía que íbamos a comer y hacíamos una película, en vez de hacer una película e ir a comer. Era un marathon man, pero hacía como que no pesara.

-Bonita «Son de mar», donde fue Ulises. ¿Está entre sus preferidas?

-Sí, sí. El papel no me daba posibilidad de explotar mucho, pero es una película que sobre todo a las mujeres les gustó...

-Igual un hombre lo ve distinto.

-Sí. Un hombre piensa distinto.

-¿«Segunda piel» y «La buena estrella» siguen estando aún hoy entre las favoritas de su carrera?

-Yo agarro cada película con el mismo interés, con esta sensación de compromiso que tengo. Pero hay papeles que te permiten más. A veces eres el violín principal en una orquesta y otras veces tocas el clarinete y no se te ve tanto. Yo siempre intento tocar la música lo mejor que puedo.

-En el 2001 voló a Hollywood. ¿Hacer cine allí es muy diferente?

-Lo que se hace al final es lo mismo. «Motor, acción, corta». Pero depende de la película. Si es de estudio, grandota, es un ejército de gente que se pone en marcha... entonces, pierdes ese sentido familiar de una película donde conoces a todo el mundo. En las grandes todo está más compartimentado, más separado, pero el maquillador siempre es el maquillador, el peluquero el peluquero... Hay unos códigos que son los mismos en cualquier sitio al que vayas.

-¿Es más frío el cine en Hollywood?

-Si es un monstruo de película, puedes convertirte en alguien invisible...

-Compara Los Ángeles con un helado que no se derrite al sol. ¿Por qué?

-Es una ciudad como un helado, y dices: «¿De qué coño está hecho el helado este, que hace un calor increíble y no se derrite?». Un helado que chupamos, una cosa así como naíf, que no se derrite nunca. En Los Ángeles pasa todo y no pasa nada. Es la ciudad donde todo es posible y todo es imposible. Es como un casino, si te toca la pelotita en la ruleta ¡pum! Y si no, nada. Puede ser una aventura con certezas o a la deriva.

-¿Manda el azar o hay que ver la oportunidad, cazarla y pelearla?

-Bueno... hay que trabajar, y bien lo debes hacer, porque, si no, no funciona. En mi caso el azar y el sacrificio están equilibrados. A veces haces películas que no haces por ti, sino por el público, porque las tienes que hacer. Si haces solo las películas que te gustan te estás perdiendo una parte importante, el público. Yo he tenido suerte y he trabajado para que la suerte siga dando frutos.

-Ha cumplido 49. «Al hacerse mayor uno va encontrando lugares de paz», dijo una vez.

-Bueno... uno cree, uno cree...

-¿Qué da la edad y qué quita?

-Da una perspectiva, pero no siempre esa perspectiva te da más paz. Te conoces más. La experiencia hace que te tomes las cosas con más filosofía, pero a mí me gusta estar con la antena puesta, y el que está siempre con la antena puesta no está relajado nunca, ¿no?

-Tras el estreno de «Historias del Kronen», en el 95, intentó protegerse para no ser usado «y tirado a la basura». ¿Siente que es el precio de exponerse en los medios?

-Fue cuando estaba por llegar mi boom en España y lo que quería era que no me usaran y tiraran... no solo los medios, sino la industria en general. He querido tener siempre una parte de misterio y un poco de marcha atrás. Si apareces todas las semanas en televisión, la gente se acaba cansando de ti. «Es que fulanito está en la sopa», dicen, y entonces dejas de provocar deseo. Yo quería que la gente dijese: «¡Coño, a ver cuándo le volvemos a ver!». Luego mi carrera cogió otros derroteros y he trabajado mucho en películas que no se han visto en España. A no ser que sea una peli grandota americana, no me veis, pero no he desaparecido. Yo no he parado nunca. Pero hice Operación Concha un poco por eso... era algo que siento que le debía al público de aquí.

-Se impone la comedia taquillera. ¿Echa de menos más riesgo en la apuesta el cine español?

-En cine se está haciendo (y me parece bien), lo que el público quiere, lo que necesita. La gente se quiere reír, no solo aquí, también en Francia... Y hay este interés en los productores: «A ver si hacemos otro Ocho apellidos vascos y nos forramos». Hay que adaptarse al público.

-No es fácil tener dos novias, dijo una vez refiriéndose a la imposibilidad de compaginar el cine con una relación de pareja.

-No se puede tener todo, ¿no? Antes cuando trabajaba solo en España las cosas eran más fáciles. No es lo mismo rodar en Sevilla, desde donde puedes coger un avión cada dos por tres, rodar en tu casa con tu novia, que te manden de aquí para allá. Tienes que estar con alguien que sepa que este oficio es así, que no puedes tener a tu novio o marido todos los días en casa. Pero esto es cada vez más así: cada vez viajamos más, actores y no actores. Vivimos en un mundo como muy de maleta. Y eso complica las cosas.

-Escritor y pintor, además de actor y director de cine.

-Bueno... Soy un actor que escribe, pinta y dirige cosas como películas.

-Y eso que iba para administrativo, ¿no?

-Yo no quería. Pero era joven para meterme en esto, y podían ser pajaritos en la cabeza con 16 años. Mi padre quería que fuese administrativo.

-Pero usted no le hizo caso...

-Sí, sí le hice caso. Estudié administrativo, terminé y le dije: «Papá, sigo teniendo el gusanillo de ser actor». Y me dijo: «¿Quieres ser actor? Demuéstramelo», lo cual es lógico que un padre le diga a su hijo, sobre todo uno como el mío, que vendía patatas y cebollas.

-¿El rodaje más duro?

-El Álamo. Un remake. Una película que hice en Estados Unidos con Dennis Quaid y Billy Bob Thornton. Fue en Texas, que está bien para estar una semana pero seis meses es duro. Es una de esas películas que sabes que no va a funcionar, y al final pasa.

-Le dio calabazas a George Lucas y, aunque le «trató» en «Blow», también a Pablo Escobar. ¿Rechazó «Narcos»?

-Bueno, a ver, no fue a George Lucas, era creo la gente de Fox, que solo me querían ver. Lo de Narcos llegó en un momento personal en que no podía estar tanto tiempo lejos de mi familia.

-También tuvo su momento Almodóvar. Ha trabajado con él...

-Un poquito solo...

-¿Es tan difícil tratar con Almodóvar como lo cuenta Lluís Homar en sus memorias?

-Mi experiencia con Almodóvar fue corta. Tuve un papel pequeño en La flor de mi secreto, pero donde realmente conocí a Pedro fue haciendo las pruebas de La mala educación, cuando yo tenía 28 años y estuve dos meses trabajando con él. Al final cuando hizo La mala educación yo ya le quedaba un poco mayor para el personaje que luego hizo Gabriel García Bernal. Es un director que quiere tener todo bajo control. Tienes que tocar el instrumento como quiere él; si no, puede ser una tortura. Me gusta contentar a los directores, pero reconozco que Almodóvar marca mucho al actor. Cómo tiene que decir la frase, hasta el punto de: «Cópiame, dilo como lo digo yo». Un director con un cine tan suyo, frases tan suyas, y esos encuadres tan suyos, y esa música tan suya... En esa burbuja donde su vida son sus películas y sus películas su vida, Almodóvar quiere que seas su intérprete. Como Mastroianni para Fellini. Mastroianni se dejaba hacer. Fellini buscaba un actor así, con una naturalidad brutal y que no hiciera preguntas. Alguien que no hiciera ni una sola pregunta.

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