Relatos que estallan entre los dedos


De Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1975) nos llegó hace un año un libro de relatos fulminantes, que estallaban en las manos al pasar las páginas. Se titulaba Las cosas que perdimos en el fuego. Eran doce cuentos demoledores, de puro terror, en los que la mirada desasosegante de Enríquez nos conducía directamente hacia el abismo. Y los lectores, conscientes de que la autora nos llevaba a una sima desconocida, nos dejamos guiar por su mano, como si no hubiese otra salida posible tras deslizarnos por el primer párrafo.

Anagrama nos trae ahora otra obra anterior, del 2009, de nuevo titulada con lírica violencia, Los peligros de fumar en la cama, y de nuevo con doce cuentos que nos dejan sin aliento.

Hay escritores que han nacido para hacernos felices, como Chesterton, y hay otros, como Poe, que han nacido para inquietarnos. Para arrancarnos el corazón del pecho y arrojarlo sobre el texto. Enríquez vino al mundo para abrirnos el alma en canal y enfrentarnos a nuestros terrores más primitivos. En sus cuentos hay bebés muertos que se aparecen una y otra vez, que viajan en una mochila por toda la ciudad. Hay adolescentes torturadas por los celos, dispuestas a desatar el infierno por ese muchacho al que adoran. Hay un carrito que trae una maldición y una venganza que parece no tener fin. Hay una Barcelona triste, un Raval sitiado entre los turistas y los yonquis que no deja escapar a sus habitantes.

Nada es amable y bondadoso en sus narraciones, pero hay algo que nos fascina en todo ello. A estas alturas ya habré hecho varios spoilers, pero desde que oí a alguien quejarse porque le habían hecho un spoiler con Otelo o Hamlet -no me acuerdo- ya no creo mucho en los spoilers. Así que también contaré que hay una fetichista que encuentra placer en escuchar las anomalías cardíacas de sus amantes. No diré más, pero la cosa no acaba bien, claro. Nada acaba bien en los relatos de Mariana Enríquez. O sí. Tal vez acaban como tienen que acabar. Tal vez la vida se parezca más de lo que creemos a estas historias. Tal vez el mundo sea más de Poe y menos de Chesterton de lo que pensamos.

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Relatos que estallan entre los dedos