Juan Rulfo, la llama que aún abrasa

Un niño roto. Un fotógrafo que escribió una novela. Un fantasma de cien años. ¿Quién es Juan Rulfo? «Un llano inmenso ardía en su interior», dice el cómic que recrea su vida.

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Quien ha estado en Macondo viene de Comala. Aunque no lo sepa. Aun sin haber seguido a Pedro Páramo, ni sentido el roce de un fantasma ni oído ese susurro que decía «Susana, yo te pedí que regresaras, Susana... Susana San Juan». Quien conoce Macondo viene de Comala. Muchas cosas macondianas existían ya en Comala, y para nombrarlas solo había que señalar a Rulfo con un dedo.

«¡Lea esa vaina, carajo, aprenda!», cuentan que Álvaro Mutis dijo en su día a Gabo sobre la obra rulfiana. Y el nobel de Aracataca cumplió. «Gabo se grabó de memoria Pedro Páramo. Compró dos ediciones y una la rompió para armar los pedazos y entender cómo Rulfo había logrado su historia», evoca Óscar Pantoja, guionista de Rulfo. Una obra gráfica, que ilumina en cómic los aspectos de la vida del autor que conectan con su obra. Tanto en Gabo como en Rulfo hay ecos de Faulkner o de Kafka. Son estrellas de una misma constelación, «pero en Macondo vemos la realidad, cómo los gitanos llegan, los inventos llegan, la guerra llega. En Comala, la realidad se funde, en cambio, con la fantasía, con el sueño, con el inconsciente. Eso es lo poético y lo maravilloso del universo Rulfo». Las biografías en que se ha documentado este cómic, inspirado en el estilo de las viñetas mexicanas de los 50 y 60, como la de Reina Joffé Las mañas del zorro, Un tiempo suspendido, de Roberto García Bonilla; la Ficción de la memoria, de Federico Campbell o los Cuadernos del autor, nos acercan al precursor del realismo mágico, «una leyenda, el padre del boom latinoamericano», en palabras de la escritora Nuria Amat.

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Para construir la biografía literaria Juan Rulfo, el arte del silencio (Ediciones Omega, 2003), la autora de la recién publicada El sanatorio contó con la colaboración de García Bonilla. «Me mandó muchísima información de Rulfo. Me montó una biblioteca de Rulfo para mí», cuenta Amat, que hizo un primer homenaje al genio de Saluya en La intimidad, y tanto se entregó a la lectura de Juan Rulfo que llegó a confundirlo con Pedro Páramo. Con razón. «El propio Rulfo llegó a decir algo que agarré al vuelo: ‘Yo soy un fantasma’».

A unos días de cumplir 100 años, el autor que escuchó a los muertos para descifrar la condición humana centra una serie de actos organizados por su fundación que revelan, entre otros aspectos, su manejo con la cámara (sigan la pista en Facebook). «Su fotografía es una parte muy importante de su obra -advierte Nuria Amat-. En ella está la atmósfera de su literatura».

¿Quién es el autor de El llano en llamas (1953) y de Pedro Páramo (1955), de esas 300 páginas de una concisión en la que brilla el sentido del lenguaje? «Rulfo es un ser humano roto por su infancia. Sus heridas nunca sanaron. ‘En mi casa todo son muertos’, llegó a decir. Esto lo volvió callado, esquivo y lo llevó a una angustia constante, a un círculo vicioso del que no pudo salir. Su obra es oscura e introvertida, como era Rulfo. Por más que con amigos le salieran los chistes y las bromas, en el fondo era un hombre solo. Ni siquiera el alcohol le producía la euforia, al contrario, ahondaba su depresión», relata Pantoja. ¿Fue Clara Aparicio, su amor, su esposa, el consuelo? Rulfo parece otro en las cartas de amor a Clara: «Me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas». «Ella fue su salvación, cuando Rulfo conoce a Clara conoce una luz que le permite estar en la vida - afirma el autor de Una vida gráfica-, pero con esas heridas profundas en la infancia, la vida no deja de ser un tormento».

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Me inclino por No oyes ladrar a los perros, la crítica apunta a ¡Diles que no me maten! (El llano en llamas). Ese relato «cuenta la historia de su padre. Al padre lo mató un vecino de un tiro», observa Amat. Juan Rulfo tenía 7 recién cumplidos. Cuatro años después su madre murió de un ataque cardíaco. Las guerras cristeras que sacudieron México de 1926 a 1929 arrebataron tíos y abuelos a ese niño que vio morir otros niños, desplomarse el paraíso de la infancia. ¿Dejó de escribir, como llegó a decir, cuando se le murió el tío Celerino, «el que me contaba las historias»? «Desgraciadamente no tuve quien me contara cuentos -tomamos del propio Rulfo, de una de sus pláticas, que recoge la edición en Cátedra de El Llano en llamas-. En nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí. Están ellos platicando, se sientan en sus equipales en las tardes a contarse historias y esas cosas, pero en cuanto uno llega se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo [...] En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias, por ello me vi obligado a inventarlas». ¿Es la concisión, todo lo que Rulfo se obstinó en tirar de lo que había escrito, parte de su grandeza? «El silencio, el espacio en blanco, es en Rulfo tan importante o más que lo que dice», asegura Amat. Pero Rulfo también habló claro. «No existen más que tres temas: el amor, la vida y la muerte», dijo tendiéndonos una mano en la sombra. «El ideal no consiste en reflejar la realidad. Al escritor hay que dejarle el mundo de los sueños», dijo también. ¿Quién nos daría si no la llave para entrar en él?

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UNA VIDA EN CÓMIC

Reproducción de una página del cómic «Rulfo. Una obra gráfica», de Óscar Pantoja y Felipe Camargo. La edita Rey Naranjo y es una puerta de entrada al universo de Rulfo que repara en los «eventos vitales de Rulfo que iluminan su obra». Secuencias como el asesinato del padre, su paso de niño por el orfanato o las sesiones de electroshock que sufrió Rulfo, en viñetas. El libro acaba de presentarse en España.

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