David Trueba: «Lo raro es odiar a la persona con la que has vivido»

David Trueba (Madrid, 1969) publica «Tierra de campos» (Anagrama), una novela que protagoniza Dani Mosca, un cantante de rock que emprende un peculiar viaje en un coche fúnebre para enterrar a su padre en el pueblo donde nació

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A David Trueba le encanta conversar. Es un torrente verbal que desgrana sus referencias sin pedantería. En su última novela, Tierra de campos, con claros componentes autobiográficos, cuenta el viaje interior de Dani Mosca, «un tipo que hace canciones», como el personaje se define. Se ha dicho que es una road movie, una novela cervantina, la novela de una generación.

-Tenemos que asumir el desarraigo de nuestra generación, no como un drama que nos lleve al nacionalismo o a lo reaccionario, sino como una asunción de lo que somos. Nuestras influencias ya no son solo de nuestros abuelos, de nuestros padres o del terruño, sino de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que leemos. A veces me preguntaba al escribir el libro, como hace mi protagonista: «¿Qué harán mis hijos con mis cenizas?». Porque yo no pertenezco realmente a ningún lugar geográfico, sino a un tiempo con el que me siento identificado, con todos sus defectos.

-Hay un elogio a la amistad. Al final el personaje dice: «Amigos nada más, el resto es selva».

-Es una frase de Jorge Guillén. La amistad es un sentimiento muy noble porque no viene de la sangre, de la raza, ni siquiera de un estatus o de una forma de ser, los amigos se eligen porque te complementan. Para mí la amistad es una institución a la que deberíamos someternos todos y no a todas las demás, incluso a la familia, a la que yo puedo respetar y adorar, pero que siempre tiene componentes problemáticos, tienes que perdonar todo lo que haga un familiar tuyo aunque esté equivocado, es una fidelidad como de mafia. Yo estoy totalmente en contra de eso.

-¿Es usted tan idealista y sentimental como Dani Mosca?

-Sentimental es una palabra con más dobleces, idealista me interesa mucho, porque en la novela quería exponer un elemento perturbador, necesitamos los ideales, sin ellos somos un mundo a la deriva, y, sin embargo, en el camino descubrimos que no pueden ser perfectos, dogmáticos, que no se pueden imponer. ¿Entonces renuncias a los ideales y te conviertes en un cínico o mantienes su llama aunque pierdas la esperanza de alcanzarlos? Ese es el momento más dramático al que se enfrenta Dani, ¿qué hacer cuando los ideales son quebradizos y ni tú mismo tienes la fortaleza para cumplirlos? Para mí esta es la clave, incluso política, hay que tener ideales pero nunca pisotear a los demás porque no los compartan o machacarlos para cumplirlos. Eso lo hemos visto con las grandes utopías que se convirtieron en criminales.

-Le comentaba lo de sentimental porque en la novela los sentimientos están muy presentes.

-La novela habla de sentimientos pero no los trato sentimentalmente. Estoy de acuerdo con esa frase de que con buenos sentimientos no se hace buena literatura, lo que no significa que no se tenga que hablar de sentimientos. Madame Bovary o Anna Karenina, que son dos obras capitales en mi vida, hablan de sentimientos pero no son sentimentales.

-Dani Mosca tiene éxito profesional, pero no es una gran figura. ¿Por qué le interesaba que fuera así?

-La gente que tiene muchísimo éxito cambia su modo de vivir, acaba viviendo en una casa enorme, con personas de servicio, aviones privados y se convierten en pequeños monstruos tristes que acaban muriendo de sobredosis, como Prince, Michael Jackson o Amy Winehouse. A mí me gustaba hablar de una persona que sube y baja.

-Esa reflexión sobre el éxito es la que está detrás de su serie televisiva «¿Qué fue de Jorge Sanz?».

-Lo cruel del capricho popular, por el cual hoy eres una figura y mañana no te llama nadie. Cuando Jorge Sanz vino a mí despacho desesperado porque no tenía trabajo inventé la serie como una medicina para explicarle que las dificultades que tenía eran abstractas, no concretas, y que partían de la imagen que se tiene de él que nunca coincide con la real. Lo hablé con él y le dije: «¿Por qué no tratamos ese conflicto de forma divertida y despiadada al mismo tiempo?».

-¿Estamos tan desesperados por buscar la felicidad, el éxito, el sexo, el amor, como dice el protagonista?

-Nos hemos impuesto algunas exigencias demasiado frustrantes. A la gente hay que decirle todo esto no lo vas a conseguir, que alcances momentos de plenitud no significa que tu vida vaya a ser plena las 24 horas del día los 80 años que te toquen vivir. Lo que hace tu vida plena son los altibajos, enfrentarte a tragedias personales, a tus propios defectos y carencias, asumir no la infelicidad, porque la resignación es lo que más odio en el mundo, pero tampoco el autoengaño, que lleva a que la gente esté deprimida y frustrada porque no han conseguidos ser tan guapos y exitosos como Cristiano Ronaldo. No todas las mujeres pueden ser como Scarlett Johansson a los 25 años. Y te preguntas por qué las mujeres que están a punto de sacudirse la dictadura del hombre caen en la dictadura de la mujer contra la mujer. Y los hombres igual. Lo que uno debe aprender es a convivir con su insatisfacción.

-En la novela, las historias de amor acaban en la separación. ¿El amor de pareja acaba siempre en desamor?

-Todas no. Una historia de amor realizado no tiene el conflicto que necesita una novela para ser interesante. Si Anna Karenina o Madame Bovary hubieran encontrado la plenitud, no tendrían ningún valor. Lo que lo tiene es la desesperación de los personajes, cómo se enfrentan a los sueños rotos. Puede haber historias de amor maravillosas, pero eso no impide que pasen por fases difíciles, que incluso haya que despedirse de ellas para preservarlas.

-Usted se separó amistosamente de Ariadna Gil, con la que se lleva muy bien, lo que a mucha gente le extraña.

-Incluso amigos míos me dicen: «Pero seguís trabajando juntos, seguís viendo a las respectivas familias» y yo les digo: «Pero si he vivido 18 años con ella y tenemos dos hijos...». Lo raro debería ser que de pronto pases a odiar a la persona con la que has vivido.

-Dedica la novela a su hermano Fernando tras las críticas y el boicot a su película «La reina de España» por decir que no se sentía español ni cinco minutos. ¿Usted piensa igual?

-Mi hermano y yo discutimos sobre este tema desde hace años. Yo sostengo que es irrenunciable tu origen, tu nacionalidad, tu patria, porque se filtra en tu lengua, en tu forma de ser, en muchos elementos. Cuando Fernando dijo eso, yo le dije que estaba totalmente en desacuerdo, pero él lo piensa sinceramente y no lo hace para ofender a nadie. No concibe el mundo con nacionalidades, ha inventado un país muy curioso, con su música, sus películas y sus escritores favoritos, que en algunos aspectos es una ensoñación. Lo que quería decir es que no lucharía en ninguna guerra, que no se dejaría engañar por las banderas. Era una crítica al nacionalismo.

-¿Qué le pareció el boicot?

-Eso es fascismo. Yo no estoy de acuerdo con los boicots, me pareció fatal el boicot de los productos catalanes, horrible boicotear a un cantante de hip-hop israelí por querer castigar a Israel, ridículo que un tipo de Podemos quisiera que no compráramos Coca-Cola mientras él la bebía. Me recuerda demasiado a la estrella de David pintada en los escaparates de las tiendas de los judíos.

-Los jóvenes apenas leen, de los planes de estudio quitan las humanidades. ¿Hacia dónde vamos?

-Una vez fui a una reunión con un amigo para elegir el colegio de mis hijos y él preguntó qué educación artística daban y la directora le contestó: «Aquí no queremos al próximo Picasso, sino al próximo director del FMI», que entonces era Rato y luego Strauss-Kahn y Lagarde. Que Picasso, Goya, Velázquez o Cervantes sean españoles es lo mejor que nos ha pasado, ninguna batalla ha significado más para la patria que ellos. Don Quijote ha hecho mucho más por España que cualquier rey o líder político. Ahora hay muchos jóvenes que se dicen antisistema, pero el sistema son los iPhone 7, la nueva gran amenaza, el nuevo Gran Hermano disfrazado.

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