David Trueba: «Lo raro es odiar a la persona con la que has vivido»

FUGAS

BENITO ORDOÑEZ

David Trueba (Madrid, 1969) publica «Tierra de campos» (Anagrama), una novela que protagoniza Dani Mosca, un cantante de rock que emprende un peculiar viaje en un coche fúnebre para enterrar a su padre en el pueblo donde nació

12 may 2017 . Actualizado a las 09:34 h.

A David Trueba le encanta conversar. Es un torrente verbal que desgrana sus referencias sin pedantería. En su última novela, Tierra de campos, con claros componentes autobiográficos, cuenta el viaje interior de Dani Mosca, «un tipo que hace canciones», como el personaje se define. Se ha dicho que es una road movie, una novela cervantina, la novela de una generación.

-Tenemos que asumir el desarraigo de nuestra generación, no como un drama que nos lleve al nacionalismo o a lo reaccionario, sino como una asunción de lo que somos. Nuestras influencias ya no son solo de nuestros abuelos, de nuestros padres o del terruño, sino de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que leemos. A veces me preguntaba al escribir el libro, como hace mi protagonista: «¿Qué harán mis hijos con mis cenizas?». Porque yo no pertenezco realmente a ningún lugar geográfico, sino a un tiempo con el que me siento identificado, con todos sus defectos.

-Hay un elogio a la amistad. Al final el personaje dice: «Amigos nada más, el resto es selva».

-Es una frase de Jorge Guillén. La amistad es un sentimiento muy noble porque no viene de la sangre, de la raza, ni siquiera de un estatus o de una forma de ser, los amigos se eligen porque te complementan. Para mí la amistad es una institución a la que deberíamos someternos todos y no a todas las demás, incluso a la familia, a la que yo puedo respetar y adorar, pero que siempre tiene componentes problemáticos, tienes que perdonar todo lo que haga un familiar tuyo aunque esté equivocado, es una fidelidad como de mafia. Yo estoy totalmente en contra de eso.

-¿Es usted tan idealista y sentimental como Dani Mosca?

-Sentimental es una palabra con más dobleces, idealista me interesa mucho, porque en la novela quería exponer un elemento perturbador, necesitamos los ideales, sin ellos somos un mundo a la deriva, y, sin embargo, en el camino descubrimos que no pueden ser perfectos, dogmáticos, que no se pueden imponer. ¿Entonces renuncias a los ideales y te conviertes en un cínico o mantienes su llama aunque pierdas la esperanza de alcanzarlos? Ese es el momento más dramático al que se enfrenta Dani, ¿qué hacer cuando los ideales son quebradizos y ni tú mismo tienes la fortaleza para cumplirlos? Para mí esta es la clave, incluso política, hay que tener ideales pero nunca pisotear a los demás porque no los compartan o machacarlos para cumplirlos. Eso lo hemos visto con las grandes utopías que se convirtieron en criminales.

-Le comentaba lo de sentimental porque en la novela los sentimientos están muy presentes.

-La novela habla de sentimientos pero no los trato sentimentalmente. Estoy de acuerdo con esa frase de que con buenos sentimientos no se hace buena literatura, lo que no significa que no se tenga que hablar de sentimientos. Madame Bovary o Anna Karenina, que son dos obras capitales en mi vida, hablan de sentimientos pero no son sentimentales.

-Dani Mosca tiene éxito profesional, pero no es una gran figura. ¿Por qué le interesaba que fuera así?

-La gente que tiene muchísimo éxito cambia su modo de vivir, acaba viviendo en una casa enorme, con personas de servicio, aviones privados y se convierten en pequeños monstruos tristes que acaban muriendo de sobredosis, como Prince, Michael Jackson o Amy Winehouse. A mí me gustaba hablar de una persona que sube y baja.

-Esa reflexión sobre el éxito es la que está detrás de su serie televisiva «¿Qué fue de Jorge Sanz?».

-Lo cruel del capricho popular, por el cual hoy eres una figura y mañana no te llama nadie. Cuando Jorge Sanz vino a mí despacho desesperado porque no tenía trabajo inventé la serie como una medicina para explicarle que las dificultades que tenía eran abstractas, no concretas, y que partían de la imagen que se tiene de él que nunca coincide con la real. Lo hablé con él y le dije: «¿Por qué no tratamos ese conflicto de forma divertida y despiadada al mismo tiempo?».