Castrelo de Miño, lo viejo y lo nuevo


Las primeras noticias de Castrelo de Miño nos llegaron a algunos gallegos del norte con tintes fúnebres e indignados, los de la novela de Pepe Ferreiro sobre la muerte, por inundación, de la parte más fértil de aquel valle del Ribeiro. Las noticias últimas, casi cuarenta años después, son dinámicas y luminosas. Castrelo se ha merecido el premio de la Unicef a los municipios que cuidan bien de la infancia. Vida donde hubo muerte. Centenares de paisanos irán allí mañana a despedir el año corriendo, en la ya tradicional carrera de San Silvestre, a orillas del embalse (ya le gustaría a la San Silvestre vallecana un entorno como este). Vamos con ellos, aunque a paso lento.

Río arriba, por la parroquia de Astariz, subimos al monte que domina el paisaje. Desde Freás, a mano derecha, buscamos del castro de Santa Lucía. Hay pocos en Galicia tan misteriosos como este, situado al abrigo de unos inmensos penedos de granito. Debajo de una de esas enormes piedras estuvo, durante siglos, una capilla dedicada a la santa de las luces. Allí acaban de encontrar restos de lagares del siglo III, castrexo-romanos, tan antiguos como para pensar que fueron el laboratorio de los primeros vinos gallegos. El experimento prendió, como lo demuestra el que en el municipio se dé la mayor concentración de bodegas del Ribeiro, y como se ve, sin forzar la vista, en el repeinado intenso de las faldas del monte para dar espacio a las viñas. Bajando por el cortafuegos, hacia el oeste, vamos a probar el vino nuevo en Vide. Que lo prueben también los corredores, después de los isotónicos. Y que gane el mejor.

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