La cuerda de plata de Selva Almada


Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) no escribe sobre asuntos amables. Escribe textos que te cortan el aliento desde la sacudida del primer párrafo. Regresamos a esos personajes y escenarios desoladores en El desapego es una manera de querernos (Random House), una recopilación de relatos que andaban dispersos por revistas, diarios, antologías e Internet y que ahora se juntan sobre el papel para encajar con una asombrosa unidad.

Selva Almada escribe sobre chicas muertas, viudas, suicidas, venganzas, cuernos, fugas, huidas y culpas. Puedes abrir este libro inquietante -inquietante por el desasosiego que causa su despiadada belleza- por una página elegida al azar, la 107, y bajo el título Denis no vuelve te encuentras con un primer párrafo que convierte el cuento en un disparo -un disparo en la sien, para ser precisos-: “Mi tío se voló la cabeza en la cocina de su casa alquilada. Una casa sin terminar del conurbano bonaerense”.

Selva Almada te suelta esas dos primeras frases demoledoras y luego, como si nada, se pone a hablar de que “aquí y allí cae una llovizna persistente desde hace varios días con sus noches”. Fines de junio, principios del invierno, un clima asqueroso en Buenos Aires. Y en medio de esa devastación te encuentras de pronto con que Almada agarra un párrafo y lo lanza al aire, como un globo que se eleva. Y los lectores nos quedamos mirando para el párrafo, viendo cómo suben las palabras por el aire hasta perderse en el último cielo. Sucede en el relato titulado Niños, cuando nos cuenta que al nacer alguien ató la punta de una cuerda de plata al corazón de la protagonista y la otra punta al corazón del Niño Valor. El tiempo pasó, los dos se fueron lejos, y la cuerda (el hilo rojo de la leyenda japonesa) se desenrolló.

“Sin embargo, si tiro fuerte de mi corazón todavía puedo sentirla, finísima, adelgazada por el tiempo y la distancia: una baba del diablo oscilando con el viento”. Así escribe Selva Almada, atándonos el corazón a su cuerda de plata.

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