Cohen en "Miami Vice"

José Luis Losa
José Luis Losa LA OPINIÓN

FUGAS

18 nov 2016 . Actualizado a las 05:30 h.

Es muy consecuente con el ascetismo de Leonard Cohen el hecho de que no se prestase a coquetear con papeles ocasionales en la pantalla, muy al contrario de otros iconos de la música de su tiempo como Dylan, Jagger, Bowie o Michael Jackson. Hay dos excepciones a este rechazo o desinterés de Cohen por situarse como actor ante la cámara: una es una psicodélica película canadiense de 1968, The Ernie Game, en la que, motivado por su amistad con Jackie Burroughs, aceptó interpretar a un cantante. La otra, ciertamente más bizarra, es su cameo en un episodio de la tercera temporada de Miami Vice.

Su hijo Adam, fan de la serie, consiguió que accediese a aparecer en dos secuencias en el improbable rol de un ejecutor de los servicios secretos franceses implicado en una operación para hacer volar una embarcación de Greenpeace, idea tomada de un hecho real acaecido en los primeros tiempos de la administración Mitterrand y que motivó la dimisión de su ministro de Defensa, Charles Hernu.

La estampa en Miami de Leonard Cohen, vestido de negro samurái y ordenando una ejecución, puede rastrearse en Internet. Pero si bien su imagen en la pantalla no pasó de ahí, su voz resuena casi ubicua al lado de historias filmadas desde que Werner Herzog recurrió a Suzanne o So Long Marianne para acompañar Fata Morgana, su rodaje de 1972 en el desierto del Sahara. No cabrían ni en veinte páginas las recurrencias de la ficción a los estándares del canadiense.

De Shrek a True Detective, de la siempre intensa Isabel Coixet de Elegy al crimen cometido recientemente en la espantosa La novia, con hortera coartada de vals pseudolorquiano, cada quien tendrá su Leonard Cohen preferido asociado a un filme.

Yo me quedo con el Robert Altman de Los vividores, con el Fassbinder de Atención a esa prostituta tan querida, con los Natural Born Killers de Oliver Stone, con las querencias de Nanni Moretti, celebradas en Caro Diario y Mia Madre. Y, por encima de todo, con el desgarro de pasion fou de la obra maestra de Kathryn Bigelow Días extraños y sus ecos de irreparable pérdida de la danza hasta el final del amor