Un hombre y una mujer

No es una obra maestra, pero es una gran película que gana con el tiempo.


Esta película de Claude Lelouch se estrenó en el año 1966, hace ahora cincuenta años. Yo era entonces muy joven y debí verla poco tiempo después cuando llegó, también exitosamente, a las pantallas españolas. En aquel momento me pareció vulgar, empalagosa (quizás por la música de Francis Lai) y de una gran ordinariez debido a que el protagonista no era un profesor (como en el caso posterior, 1969, de Mi noche con Maud de Rohmer), un intelectual o un activista político sino un vulgar corredor de coches que, curiosamente, y por aquellos tiempos no me fijé, cita a Giacometti y habla muchas veces más como un poeta que como un simple conductor y mecánico. Ulrich, el personaje central de la novela de Musil, Un hombre sin atributos, renunció definitivamente a sus ambiciones (era un gran científico y tenía por delante un buen futuro) cuando por primera vez oyó calificar a un caballo de carreras de genial. ¿El escritor austríaco hubiera hecho lo mismo con Jean-Louis, un corredor también genial? La confusión y la ligereza de nuestro mundo contemporáneo y la equiparación sin jerarquías de cualquier actividad, especialmente la intelectual, es demoledora y ha causado un daño irreparable a la cultura tal cual la hemos entendido hasta ahora.

En aquel entonces únicamente me quedé prendado de la belleza imperfecta (una nariz un poco grande) de Anouk Aimee (Anne). Pasaron los años y nunca más volví a ver la cinta de Un hombre y una mujer. Cuenta Lelouch que desesperado por su situación económica crítica después de varios fracasos, cogió su coche y se encaminó fuera de París sin rumbo. Tras un par de horas conduciendo, llegó a la playa de Deauville (Normandía) y se quedó dormido dentro del vehículo. Al despertar vio a una joven pareja paseando con dos niños e imaginó la historia que lo salvaría de su ruina artística y económica. Otra casualidad más agradable me condujo a mí este verano (en el mes de agosto) a Deauville. En absoluto me acordaba de que era una parte muy importante de la escenografía del filme. En la playa grandiosa me encontré con las antiguas casetas de baño (de los años veinte del pasado siglo) ostentando los nombres de películas, directores y actores norteamericanos, pues desde hace muchas décadas todos los meses de septiembre hay un festival dedicado a la cinematografía de este país con la presencia de los más representativos personajes de cada momento.

Ya sobre les planches, el paseo de madera construido sobre la arena de la playa que tiene más de dos kilómetros, me encontré con la Plaza Claude Lelouch junto al antiguo balneario vecino de los baños neopompeyanos construidos en 1923. En este lugar se anunciaba, para el día siguiente, la proyección al aire libre de Un hombre y una mujer, precisamente con motivo de su medio siglo. Acudí pronto a la cita para poder verla sentado y, tengo que decir, que me quedé encantado desde el primer momento. No es una obra maestra pero es una estupenda película que, con el tiempo, como sucede muchas otras veces, gana. Cuando finalizó la proyección de la película en el mismo lugar donde hacía cinco décadas habían caminado, hablado y amado los protagonistas, reconocí mis prejuicios de entonces. Al día siguiente inicié un recorrido por los lugares. Volví a la playa, a las casetas de baños; a la estación de tren de Trouville (el pueblo de al lado atravesando un puente); el puerto ahora más lleno de veleros que de pesqueros; la calle Eugène Colas y la hoy plaza Yves Saint Laurent junto al casino construido en 1912 y donde Nijinsky y los ballets rusos bailaron el día de su inauguración; el hotel Normandy Barrière junto a la primera boutique que Coco Chanel abrió en el 1913 y creó el beige chanel en referencia a la arena mojada de la playa; el Hotel Continental (hoy Inter-Hotel) donde se alojó Apollinaire días antes de estallar la Primera Guerra Mundial; o la villa Strassburguer, levantada en 1907 en el emplazamiento de la granja del Coteau, propiedad de Gustave Flaubert, la mansión más emblemática de la ciudad.

Dos jóvenes viudos

Anne (una ayudante de dirección) y Jean-Louis (un arriesgado corredor de coches de alta competición) son dos jóvenes viudos. Sus respectivos cónyuges fallecieron violentamente. Él en un accidente, rodando una película de guerra. Ella suicidándose al creer que las heridas de su esposo en un accidente, en el circuito de Lemans, eran irreversibles. Cada uno tiene un hijo de distinto sexo internado en el mismo colegio de Deauville. Ambos coinciden los fines de semana al ir a visitarlos. Jean-Louis va en coche desde París. Anne utiliza el tren. Pronto el coche será el único medio de locomoción de los dos hasta que un día inesperadamente Anne le dirá a Jean-Louis: «Es mejor que tome el tren». Él le responderá, en el andén de la estación: «¡Es increíble negarse a ser feliz!». Anne cuanto más ama a Jean-Louis, más recuerdos tiene de su marido difunto. ¿Por qué esa felicidad, que ahora siente, antes le fue suprimida de manera tan violenta? ¿Es infiel al recuerdo de su marido? Curiosamente su nuevo amante no siente los mismos remordimientos con respecto a su esposa fallecida, indirectamente por su culpa. Amores peligrosos: un doblador y ahora un corredor de coches. ¿Atraerá ella el peligro? Paseos por la playa, el descapotable rojo derrapando por la larga y ancha (siempre en marea baja) playa de Deauville con los tubos de escape provenientes de los órganos de fuelle, la carretera hacia París, hacia la rue Lamarc, donde antes vivió Lenin y ahora Anne. El teléfono, Montmatre 15-40, sonando sin parar. ¿Atraer el peligro? ¿El amor siempre es peligroso, el amor siempre es supersticioso (los números 13 y el 17 en Italia prohibidos entre los corredores), pero la película de la vida se rueda sin fin. Amor sin fin. La vida como una carrera que acaba pronto y el amor que se consume en un instante cuando se rinde a las armas de Eros.

«Todas tus armas te voy a quemar» (Meleagro, Antología palatina) piensan siempre los amantes, el uno del otro, antes de entregar la plaza fuerte. Y luego el recuerdo y el remordimiento. Decía Goethe que la cultura es lo único que es capaz de vencer, aplacar y trascender las diferencias sociales de siglos así como las de razas y lenguas para unir a todos los seres humanos en los fines benéficos de la concordia y la paz. Lelouch cae en la trampa del anatema arrojado sobre el arte y la cultura en general por los populistas rusos del siglo XIX, aquellos que decían insensatamente que un par de botas valen más que todo Shakespeare. Ya vimos lo que vino luego. La humanidad no puede vivir sin botas, pero tampoco sin Shakespeare. Lelouch le dio a elegir a Trintignant a su coprotagonista. Él insistió en que fuera Anouk Aimee. Ella estaba rodando en Roma con Fellini. No lo pensó. Eligió finalmente el peligro: tenía pánico a montarse en un barco y navegar en mar abierto. Lo hizo incluso. Uno de los mejores poemas (mejor canción) de amor lo escribió el poeta escocés del siglo XVIII Robert Burns a otra Anna, cuyos últimos versos dicen así: «?Vete, radiante dios del día,/y tú, blanca diana;/que las estrellas cieguen cuando/me he de reunir con Anna./Ven, como un cuervo negro, noche;/sol, luna, estrellas, ¡fuera!/Para escribir los raptos con mi Anna,/plumas de ángel traedme».

Un adiós

Jean-Louis la acompaña a la estación, la deja en su vagón, se despiden, el tren parte, el adiós parece definitivo. Hay domingos que empiezan bien, pero acaban mal. ¿Qué hice mal?, se pregunta él. ¿Hubiera sido mejor verla como amiga durante meses y meses? Jean-Louis está convencido de que ocurriría lo mismo. «A fuerza de vernos como amigos se acaba siendo amigos». Sí, cuando una mujer habla de amistad, de buena amistad, se convierte en un familiar y jamás en una amante. Jean-Louis lo sabe ¿Qué hará? En Mt.22,30; en la resurrección, los hombres ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo. ¡La de problemas que se evitarán! Pero Jean-Louis está lleno de vida y decide partir en coche, llegar antes e ir a esperarla a la estación. Y luego ¿qué? «Los largos gemidos de los violines en otoño» como los largos gemidos de las ruedas del descapotable rojo que derrapa en la playa de Deauville haciendo ruido celestial con los tubos de escape arrancados a un órgano de fuelle.

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