La alegría de ser pintor

FUGAS

Álvaro Negro (a la izquierda), delante de un cuadro suyo de esmalte sobre cristal, junto a Teo Soriano, en la galería madrileña F2
Álvaro Negro (a la izquierda), delante de un cuadro suyo de esmalte sobre cristal, junto a Teo Soriano, en la galería madrileña F2 Benito Ordóñez

Los artistas gallegos Álvaro Negro, Teo Soriano y Manuel Eirís coinciden en Madrid

11 dic 2015 . Actualizado a las 16:47 h.

Un artista contemporáneo siente a menudo la necesidad de responder a las preguntas de su tiempo. Manejar buena información y hacerlo rápido. No desdeñar la tecnología ni los nuevos soportes. Ser actual. Pero un buen día le asaltan los recuerdos. La manera voluptuosa en la que el lino recibe el óleo. La delicadeza de una veladura. Las viejas leyes de la composición. La utópica pretensión de traducir la serena contemplación de un paisaje en un cuadro. Un buen día recuerda que era pintor. Más que cualquier otra cosa. Como Paul Klee cuando descubrió la luz en el puerto de Túnez y cambió el pesado armazón teórico de la Bauhaus por la sencilla alegría del color.

La exposición de Álvaro Negro (Lalín, 1973) en la galería madrileña F2 recoge, de alguna forma, esta inquietud. Además, la muestra de Álvaro coincidió en el tiempo, al menos por unos días, con las de los pintores gallegos Teo Soriano en Magda Bellotti y Manuel Eirís en Bacelos. Madrid tomado.

Teo Soriano bromeaba diciendo que la próxima vez no llevaría obra alguna del estudio. La semana antes de montar recorrería las calles de Madrid y obtendría de ellas las piezas que necesita. Teo Soriano es un pintor que pinta sin pintura y es el más pintor de todos. Esto puede entrar en contradicción con la soflama pictórica descrita un poco más arriba, pero un pintor no lo es más por mojar el pincel en la paleta. Su exposición en Madrid es la confirmación de una obra sólida en la que las dudas y los errores, esto es, las preguntas de la pintura, convierten su trabajo en algo vivo que avanza y se va construyendo con solvencia y sin rastro de manierismo. Ahora mismo trabaja sin descanso con acuarelas. Cambiando plácidamente escombro por sutileza. Ese es Teo.

Manuel Eirís por su parte reflexiona sobre la pintura a partir de su aparente despiste. Lo hace desde una cierta ironía conceptual. Pero la pintura es un lenguaje arcano que dormita en los límites y que reaparece inesperadamente. Eirís documenta los procesos y trata el material como si fuera un lenguaje binario y aséptico. Pero el material se revela y un amarillo de cadmio siempre se comporta como tal. Sus monocromos nos llegan como pintura. Pero debajo de la última capa ocurren muchas cosas. Bajo la piel de la pintura puede habitar un retrato y siempre hay una idea. Y un título, una narración. Eirís  mecanografía con bella torpeza el relato sobre sencillos folios que completan la obra con naturalidad. A veces el relato es un hilarante listado de todos los colores empleados. Marcas incluidas. Belleza lacónica. 

Álvaro presenta una propuesta transversal en la que combina pintura con una instalación audiovisual y aún en la pintura es deliciosamente heterogéneo poniendo pared contra pared dos piezas de tres metros: una gran abstracción de esmalte sobre cristal frente a un paisaje pintado a la manera tradicional con óleo sobre lino. Las dos piezas hablan de lo mismo. Desmontan una vez más la aburrida y caduca frontera figuración-abstracción. Son, de alguna forma, intercambiables. Como si una se reflejase en la otra. 

Todo parte de su anterior y celebrado montaje, Naturaleza! estás soa, que tuvo lugar en el Palexco coruñés y en el que Álvaro filmó con firme frontalidad los monolitos que Ulrich Rückreim plantó en Monteagudo. El monolito se transforma en hito y luego en franja vertical. Y todo cobra sentido. El momento clave sobreviene cuando Álvaro decide con valentía afrontar el paisaje a la manera clásica. Quiere  explicar de otro modo lo que ha sentido. Siente esa necesidad. Cuando un artista responde a un impulso que nace de sus entrañas no hay nada más verdadero. El galerista tiembla.