El último alquimista de la palabra

Contra la rima, a favor del ritmo interior y de la música, en la oralidad, creó su verso Carlos Oroza. Su voz siempre joven, viva, desbordante se apagó el pasado sábado. Muere un mito irrepetible de la poesía de Galicia


«Un Vallejo galaico, indio de tez, delgado árbol de sangre, Giacometti por dentro, tenía el don y la longitud del verso, un palabrismo surreal, un indigenismo de indígena apócrifo en Madrid con alma de macrotímido y ojos de pájaro fijo y malo». Este es un fragmento del retrato que de Carlos Oroza (Viveiro, 1923-Vigo, 2015) hizo Umbral, a quien el vate gallego trató y apreció en los años del Café Gijón, aunque le afeaba que en ocasiones se dejase vencer por los tópicos. Oroza se definía únicamente como un rehén de la poesía. «Te coge, te escoge como víctima. Echa la mano a quien más le gusta y le martiriza. El ejercicio de la poesía te consume. Desembocas en ti mismo, es decir, en un misterio, y ahí estás, comiéndote. Pasas los días aislado de todo el mundo, incluso de ti». Era consciente de su condición de elegido, de ahí que no resulten extrañas la soledad y la austeridad -esa figura espigada à la Giacometti- en que se movía su existencia. No tenía urgencias ni obligaciones, ni las pretendía. Todo ello no impedía que un brillo permanente iluminase su mirada y una sonrisa tímida (y hospitalaria) vistiese siempre sus labios. Así paseaba por las calles de Vigo, dejando que sus pasos imprimiesen el adecuado ritmo a su pensamiento y su poesía, componiendo la palabra. Y es que vivía en la oralidad. Para él, los libros eran letra impresa, una musealización, un mal necesario: «Previo a la escritura, fue la voz -proclamaba-; el poema siempre es en voz alta». Por esa organicidad pegada a los días, revisaba sus poemas constantemente, «porque están vivos», y no había manera de atraparlos en el papel. Dice su amigo el pintor Antón Lamazares que no era posible aprehender sus versos porque siempre los estaba cambiando. «Oroza -asegura- es verbo encarnado».

Del mismo modo, resulta difícil rastrear sus pasos. Él mismo se encargaba de desdibujarlos no sin cierta coquetería. Era un espíritu libre, un autodidacta. Lo supo desde muy pequeño. No encajaba. Era un niño introvertido, diferente a sus compañeros de escuela, que muy pronto abandonó. Se veía como un fruto del azar, «un pájaro que desertó del nido», que enseguida quiso dejar su Viveiro natal. «Era como Cosimo, el protagonista de El barón rampante, de Calvino, que un día subió a un árbol y, de rama en rama, ya nunca se bajó». Sin embargo, Oroza, que no tenía relación con su familia y llevaba una existencia discreta y sin ostentaciones, encontraba en sus recitales momentos de gozo y comunión con los demás, como apunta Javier Romero, su editor y quien lo atendió en sus últimos años «como uno más de la familia que era».

Por poner un ejemplo de ese don chamánico que aseguraba Gimferrer que poseía, recuerda Romero que, hace apenas un año, Oroza fue invitado a clausurar en el museo Reina Sofía un congreso internacional de arte político: «Preparamos un vídeo, porque con sus más de 90 años no estaba con muchas ganas de hablar, pero el proyector se estropeó. Aquello era un desastre. Se levantó y empezó a recitar, y ya no paraba. La gente reaccionó aplaudiendo con entusiasmo, en pie. Todos desbordados por la emoción. Un pintor japonés que allí estaba, Yurihito Otsuki, quedó prendado de su arte y vino después a Vigo a visitarlo y a proponerle hacer una carpeta con ilustraciones de alguno de sus textos». «Sentí vibrar mis cinco sentidos -admitió el pasado octubre Otsuki en la presentación del libro, titulado América como uno de los poemas-. Fue la emoción del arte en estado puro, que desató mi creatividad junto a su obra».

En el 2004 había puesto en pie a todo el Palau de la Música durante el Festival Internacional de Poesía de Barcelona.

No siempre suscitó de los auditorios la misma empática explosión. Recién abandonada la bohemia madrileña, con Franco aún moribundo, recitó en el teatro Malvar de Pontevedra su poema Prohibido el paso. Las butacas, contaba él pasado el tiempo, estaban invadidas del paletismo de la época, seudoburgueses y politiquillos del régimen. Unos amigos, para evitar males mayores, en aquella hostilidad, y haciéndose pasar por policías secretos, lo sacaron a empellones por la puerta de atrás y se lo llevaron a Vigo, «la ciudad más libre de Galicia», como repetía Oroza cuando podía. Llegaron a Castrelos, donde actuaba en ese momento Milladoiro, que interrumpió su concierto para recibir al heroico bardo con una gran ovación como cálida bienvenida. Fue así como la ciudad lo adoptó y él se sintió por fin en casa. La ría, la ciudad, la gente, que te deja vivir a tu aire, elogiaba. En Vigo concluyó su errancia, y halló su hogar, muy lejos de sus legendarias aventuras ibicencas con Allen Ginsberg y otros gurús de la beat generation.

El pasado sábado se fue, quizá a ese norte que había desvelado en que «hay un mar más alto que el cielo». Pero deja su poesía, esa mariposa oral que Oroza y su amigo Javier supieron atrapar en ese bellísimo libro que es Évame, el último tesoro, a falta del sonido de su voz.

Évame. Poesía. Carlos Oroza. Editorial Elvira. Vigo, 2013. 260 páginas. 19,50 euros

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