Protestaba airadamente Carlos Jean por el hecho de haber tenido que iniciar su actuación en las fiestas de Lugo a las nueve de la noche. «En mi vida había actuado tan pronto. No entiendo por qué en fiestas hay que terminar los conciertos antes de las once para que no protesten los vecinos», comentó tras finalizar su bolo.
No seré yo quien ponga en duda las palabras del disyóquei y productor ferrolano, pero las nueve de la noche es un horario de inicio estándar en muchísimas de las salas de conciertos de este país y no digamos nada si salimos de nuestras fronteras.
Cierto es que el hecho de que el concierto fuese en el contexto de unas fiestas podría haber permitido un inicio en una hora más apropiada para el tipo de música propuesto. Y cierto es que los responsables municipales harían bien en liberarse de ciertas ataduras a las que parecen verse sometidos por ese ente anónimo difuso al que aluden como presión vecinal.
Pero no es menos cierto que Carlos Jean conocía de antemano el horario de su concierto y así lo aceptó. No parece muy propio, por lo tanto, rajar después con el talón en el zurrón. No lo hizo ninguno de los 30 los grupos y artistas que durante esos días se subieron a esa misma hora a los escenarios lucenses.
Y es que, me temo, no nos va a quedar otra más que la cena, después de los conciertos.