Se impone lo retro, aseveran los gurús de las tendencias. En la moda reaparecen las evocaciones jipis, en el diseño gráfico se recurre a la estética vintage, en el industrial se revitalizan las estructuras y cromatismos de hace décadas, en la literatura ganan enteros las evocaciones ambientales de antaño y en la música los revivals son, no ya una constante sino frenéticamente incesantes.
Hoy lo cool es lo que ayer fue demodé. Y lo que posiblemente mañana lo vuelva a ser. Intentar mantenerse al día en medio de semejante vorágine es tan difícil como contar con el último móbil de su generación. Antes de que salga de su caja de minimalista diseño retro ya lo será otro.
Y no hay momento de la reciente historia, salvo aquellos políticamente insalvables, que se libre de ser sometido a una no siempre reconfortante revisión. Incluso los más denostados son susceptibles de convertirse en objeto de deseo por los adalides de la posmodernidad sobreentendida.
Uno de los últimos episodios de esta fiebre retrovisora ha sido el complicado empeño de (re)poner en valor los maltratados años 80. Aceptemos que estéticamente no fueron un dechado de prodigios. Pero musicalmente, y especialmente desde el Reino Unido, sentaron aquellas bases creadas en el 78 y que definen buena parte de lo que es hoy la música popular.