Un Hollywood envenenado del peor narcisismo, retroalimentado de sagas de dinosaurios, «Avengers», «Poltergeist», «Fast & Furious» o crianzas de «Indiana Jones»
10 jul 2015 . Actualizado a las 05:00 h.No sé si ustedes son conscientes. Pero Hollywood se está canibalizando. Semana a semana, día a día, a lo que estamos asistiendo es al proceso de autofagocitación del cine norteamericano, que se devora a sí mismo, ante nuestros ojos, con una rapidez y una osadía tal que pronto del show no quedarán ni las asaduras.
Leo que el retorno de la denominación de origen «jurásica», un clon revenido, ha sido este julio el estreno más taquillero de la historia en el crucial fin de semana de su lanzamiento. Y ahora ya está a punto de superar en recaudación a Furious 7, una serie de goma quemada con la que he conseguido batir mi particular récord de ignorancia, el cual residía hasta ahora en no haber visto ni una sola de aquellas «locas academias de policía» de los 80, que se pararon en seis entregas. En cualquier caso, como ya digo que vivimos en un carrusel centrífugo, aún tendré tiempo de ponerme al día cuando pase de nuevo el torito y estrenen el remake «locoacadémico», algo que les apuesto la merienda que veremos antes de que tengan tiempo de decir «bi-tel-chús».
Escucho a críticos profesionales debatir con pasión y emocionarse con la elección de Chris Pratt como nuevo Indiana Jones. ¡Pero yo no sé quién es Chris Pratt! Lo acabo de conocer el martes, haciendo de Sam Neill en Mundo jurásico. Prueben a poner en un buscador a Chris Pratt junto a Indiana Jones y les lloverán miríadas de enlaces en donde comentaristas televisivos se entusiasman en torno al recambio de Harrison Ford por este Pratt. Me informo un poco y lo encajo como apéndice de reparto en dos películas, Her y Zero Dark Thirty, que me fascinaron, aunque a quienes rememore sea a Joaquin Phoenix, a Jessica Chastain y a la voz orgasmática de Scarlett Johansson.
Sigo leyendo sobre el actor de moda. Mal hecho. Me termina de comer la moral descubrir que Chris Pratt está filmando ya Los siete magníficos. Malditos sean. De nada valen ya en este tiempo la calva de Yul Brynner o la banda sonora más glamurosa de toda la historia del western, firmada por Elmer Bernstein. ¡La calva de Yul Brynner! Pregunten por una calva ilustre en la cola de una multisala y no saldrán de Vin Diesel o de Matamoros, un tertuliano de lo intenso.
El cine es Saturno devorando a sus hijos más bellos. El recuerdo cinéfilo de nuestros días de apocalipsis intermitentes no llega al memento. Deben de estar los de Industrial Light & Magic a toda mecha para finalizar el rodaje de Star Wars 7, porque como no convoquen pronto para el estreno, el personal va a creer que Han Solo es un instrumento de autosatisfacción sexual. Y vaya usted a preguntar por Obi Wan Kenobi, que le llamarán carcamal por evocar a Ewan McGregor. Claro, si cita a Alec Guinness, le mirarán directamente como al fantasma de Hamlet. El negocio, el box-office, tiene hasta un lema para este proceso de autodestrucción, a golpe de remake, del cine legendario: Oldies but Goldies, le dicen en un alarde de avaricia que no superaría ni el cerebro hibernado de Walt Disney. La concha de la lora.
A todo esto, Chris Pratt va a malmeter en esta mercantilización de los «oldies» a Los Siete Magníficos reinterpretando a Steve McQueen, uno de los más inatacables epítomes de los cadáveres hermosos: vive pronto, muere joven para que llegue Chris Pratt y te plante un geranio.
Por seguir hurgando en la herida, me produce grima ver cómo para remover la historia original de Akira Kurosawa, tan bien adaptada al western por Walter Bernstein, una vez más ghost writer perseguido por el «maccarthysmo», el Hollywood saturnal pretende disimular y dar timbre de gloria a la operación fichando al guionista de moda, Nick Pizzolatto, autor de los perturbadores humedales de True Detective y novelista cool. Y aquí tienen el reparto de la nueva versión del western de John Sturges, con Matt Bomer, Vincent D?Onofrio, Denzel Washington, Byung-hung-Lee, Ethan Hawke y Peter Skarsgaard en la línea de fuego. ¿Denzel Washington? ¿Byun-hung-Lee? Pero si Los Siete Magníficos eran todos blanquitos. Bueno, Eli Wallach (el gigantesco Eli Wallach, desaparecido en 2014 con casi 100 años) hacía de mexicano, pero nada más.
¿Que ustedes no sabían quien es Byun-hung-Lee? Su rostro está en algunas de las más oscuras y magistrales películas coreanas y japonesas de la última década, como A Bittersweet life, Yo vi al diablo o Three? Extremes. Pero olviden, olviden eso. No han leído nada.
En cualquier caso, si no lo hacen, ya se encargará Byun-hung-Lee de borrarlo personalmente de sus mentes cuando pasen ustedes por taquilla este mismo fin de semana y se lo encuentren en un prodigio de imaginación argumental, una novedad reluciente: Terminator Génesis. Eso sí, aquí habrá coreanos y todo eso, pero la parte del león sigue siendo de Arnie Schwarzenegger, abuelo de la nada.
Al final, cuando toda la memoria cinéfila del siglo XX, la de Kurosawa, Yul Brynner, Walter o Elmer Bernstein, Richard Attenborough o Steve McQueen se haya eliminado del disco duro de la cinefilia universal, despertaremos para constatar que lo único incombustible, desde que los hermanos Lumière filmaran a los obreros saliendo de la fábrica, será el titanio cerebral de Schwarzenegger, Oldie but Goldie.