El hombre que escribe en los trenes

Gonzalo Maier vuelve sobre sus obsesiones personales, y casi siempre la literatura, para servir «Material rodante», especie de dietario que combina no-ficción y novela


Desde que abandonó el camino iniciado en el 2000 con su «diabólica» novela El destello (de la que el autor prefiere ahora no hablar), a Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981) le ha ido bastante bien en el tren. Viajaba a 287 kilómetros por hora de París a Barcelona («insoportablemente rápido», anotaba) para entrevistar a Vila-Matas y entonces, en aquel veloz convoy, surge Leyendo a Vila-Matas (LOM Ediciones, 2011), una novela metaficcional que situó la literatura del autor y periodista chileno afincado en Holanda en un lugar muy sugerente. De ese mismo lugar parte Material rodante (Minúscula, 2015), que explica nítidamente por qué Maier dice eso de que merecería un premio de Anagrama en cuanto que en lo que va de siglo XXI ha disfrutado leyendo al citado Vila-Matas pero también a Sebald, Bolaño, Piglia y Zambra (todos pasaron por el sello de Herralde). Maier ha inscrito su nombre en esa familia de finos creadores que combinan sin recato no-ficción (incluso ensayo) y novela, que han hecho de la metaliteratura un género mayor y que a su vez tienen a la literatura (y los escritores) entre sus obsesiones principales. A Maier lo distingue la delicadeza con la que construye un dietario (sin corsés) preñado de un sutil humor (nada ruidoso) a bordo del tren que lo lleva de casa al trabajo, y viceversa, cruzando la frontera entre Bélgica y Holanda, Lovaina y Nimega. Bien es cierto que, como Xavier de Maistre, podría haber hecho el viaje sin salir de su habitación, observando los pequeños acontecimientos de la vida y explorando la suya propia. En su hermosa narración lo mismo rememora la llegada de la araucaria chilena a Europa, distingue entre turista y viajero, glosa el papel de los conejos en el pólder, indaga el valor del silencio y las esperas, reflexiona sobre ciclismo, analiza la limpieza en los baños públicos, aclara su relación con los idiomas ajenos o elogia filosóficamente el pijama (ya había publicado una digresión similar en la revista Dossier). Ah, sí, y mucha literatura.

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El hombre que escribe en los trenes