Solo estamos a cinco litros de sangre de distancia de la muerte. El 24 de abril del 2010, en la Monumental de Aguascalientes, Navegante arrancó a José Tomás dos litros de sus venas y el torero estuvo más cerca que nunca del otro lado de las cosas. El pasado domingo, cinco años después de aquella cornada, el diestro de Galapagar volvió al ruedo mexicano para cerrar las otras heridas, las que abren el tiempo y la existencia en la mente, para las que no valen de mucho las bolsas de tipo A negativo que desde entonces le acompañan en cada faena.
DE AGUASCALIENTES A NIMES
Cuentan los cronistas que José Tomás estuvo de nuevo inmenso en Aguascalientes, y alguno hasta se atrevió a mencionar aquel 16 de septiembre del 2012 en Nimes cuando, según se recuerda, el matador alcanzó la perfección absoluta.
A mí con los toros me pasa un poco lo mismo que a Sassone, que decía que es un espectáculo moralmente indefendible, pero estéticamente insuperable.
Y de eso va este nuevo tomismo, que viene de aquel Tomás que quería ver para creer, como decía la Maga en Rayuela, confundiendo a los santos, y, como sabía Horacio Oliveira, en el fondo acertando.
A José Tomás, el torero de una plaza que ya no existe, la Monumental de Barcelona, lo vieron aquella tarde del 2012 en Nimes gentes como Andrés Calamaro o Mario Vargas Llosa y creyeron. Y Simon Casas, el empresario del anfiteatro romano, que plasmó en un libro esa faena memorable: La tarde perfecta de José Tomás (Demipage). Hay que leerlo, como se leía a Joaquín Vidal aunque a uno no le interesase la tauromaquia, para entender cómo José Tomás detiene el tiempo sobre la arena.