Arco, la feria de las vanidades

FUGAS

La 34.ª edición de Arco se salda con moderado optimismo. Vuelven las obras de gran formato y los estands dedicados a un solo artista como síntoma de que el miedo cede a la confianza. La pintura crece, la fotografía retrocede ligeramente y la anécdota es un vaso de agua. Visto con perspectiva, parece que estaba medio lleno.

06 mar 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

No resulta fácil escribir una crónica de Arco año tras año. Acecha el miedo a repetirse y la desasosegante sensación de que uno podría redactarla sin salir de casa. Pero la repetición es un concepto muy ligado al arte. Y no necesariamente negativo. Sean Scully llevaba más de dos décadas pintando el mismo cuadro. Ahora que desarma sus entramados de franjas para disponer la pintura en estratos y horizontes paisajísticos, ahora que hace algo distinto y da por fin un giro, yo hubiera preferido que se estuviera quietecito. Hockney también se repinta utilizando un Ipad, demostrando que la pintura es una cosa de ideas, no de pincel. Una buena idea vale más que todo el catálogo de Winsor & Newton. Aunque muchos prefieran el sobresalto a la reflexión, podríamos concluir entonces que esto consiste en repetirse con elegancia. Quien quiera emociones fuertes que se vaya a un parque de atracciones. Quizá Arco ya sea un parque de atracciones, solo que la montaña rusa de este año es el vaso medio vacío (o medio lleno) de Wilfredo Prieto en Nogueras Blanchard. Este académico chascarrillo sigue suscitando debate. La travesura genera discurso. Todavía. La potencia de la pieza estriba en que es un auténtico referéndum: un montón de gente a favor, un montón más grande aún en contra. Pero si tienes sed son 20.000 euros. Es fascinante cuando te acercas y comprendes que efectivamente no es más que un vaso con agua, entonces invocas a Duchamp, y buscas rápidamente un poco de pintura para pasar el trago. Y la pintura, aunque sea el Macguffin que los críticos necesitan para tachar la feria de conservadora, siempre está ahí para volver al rescate. En esto Arco es como una novela por entregas y las nuevas de Matt Mullican, de este mismo año, son increíbles. En la misma galería suiza, una estupenda obra de Pedro Cabrita Reis convive en una hornacina con Jacobo Castellano y parece que juntos compongan una única obra. Algo difícil de lograr en una feria donde el género se sirve al bulto. Ante la pintura de Pere Llobera en F2 te sientes como delante de un atmosférico Constable. Pero el triunfador del mundo viejuno es la galería Leandro Navarro, que coloca los juguetes de Torres García en una vitrina ante la que sientes la tentación de pegar la nariz como en una pastelería. Los juguetes le dan un repaso a todos los insulsos y desmañados readymades que tenemos que sufrir y dar por buenos.

Entre los debutantes destaca el mallorquín Ian Waelder, que además lo es doblemente: en la feria con la brillante L21 y en el partido anual de fútbol (que cada año crece peligrosamente) como portero en el equipo de amigos de Carlos Maciá. De la feria salió con  unas cuantas piezas vendidas; del partido, indemne y con un sobrenombre: la araña negra.

A Misha Bies Golas no se le puede considerar debutante aunque sea su primer Arco. Su obra es tan sólida que desbarata completamente el «Método abreviado para construir un artista contemporáneo», que consta de los pasos que siguen: facultad, beca, premio, emergencia, residencia y feria. Misha, como en el parchís, se ha saltado cinco pasos. De esta forma ha tenido tiempo de leer vorazmente y de mirar hacia el Este, donde además de soplar un viento siberiano, siempre ha habido aroma de vanguardia. Cuentan que Borja Villel, director del Reina, que andaba de cacería, merodeó un par de veces por su pieza. Desafortunadamente no se la cobró.Pero la olfateó un buen rato. La viguesa Ad hoc, además de Misha, cuenta con Suso Fandiño y Carme Nogueira, habituales gladiadores de la feria. En la también viguesa Bacelos nos encontramos al silencioso Manuel Eirís. El artista gallego presenta un monocromo y tres folios mecanografiados con estudiada torpeza, donde enumera todas las capas de pintura empleadas. Eirís es un artista socarrón y divertido, además de un solvente lateral izquierdo. Eirís hace de la literalidad un proceso sencillamente hilarante. La galería gallega Pm8 acude esta vez en sociedad con la brasileña Jacqueline Martins. Es sorprendente cómo ambas galerías han solapado sus intereses de manera que parecen ser una sola. De nuevo brilla Loreto Martínez Troncoso. El vigués Kiko Pérez (gran centrocampista) presenta su obra en el garito de Heinrich Ehrhardt, que es una de las galerías que mejor combinan la presencia de santurrones de la mejor pintura alemana con jóvenes artistas. La Cobra d´água de Mauro Cerqueira y los exquisitos papeles de Julia Spínola que compró el Reina Sofía lo confirman.

En Max Estrella sobresale la obra de Marlon de Azambuja. Es una reflexión sobre el trabajo de Bernd y Hilla Becher. Marlon subraya de negro las entretelas de las casas fotografiadas por la parejita de la escuela de Dusseldorf. Yo le pregunté si había ironía y él me dijo que era homenaje. Es lo bueno del arte: emisor y receptor pueden y deben discrepar. En todo caso los Becher son unos pesados y además son el tipo de pesados que generan imitación: empujan a otros a la contumacia. También en Max Estrella el gallego Jorge Perianes se consolida en Arco con una naturalidad aplastante, mientras que Ángela de la Cruz, ahora presente en la Luis Seoane, tenía obra en Krinzinger. Y status de estrella del rock. 

Una de las zonas vip, que parece un decadente jardín botánico diseñado por el cuñado torpe de Eiffel, se convierte en un hervidero donde se congrega tout le monde, donde se dilucida eso tan nuestro del «y tú de quién eres». En esta espesa jungla tu carnet de identidad es menos valioso que tu foto de perfil de Facebook. Luego las luces se apagan y todo queda en suspenso hasta la siguiente edición. Se parecerá mucho a esta que termina. A mí no me molesta la moviola del arte.