Roth, crónica de la autodestrucción

FUGAS

ÚLTIMO EXILIO EN PARÍS. La fotografía tomada en el año 1938 en París en el Café Le Tournon muestra a Joseph Roth, que ocupa el centro de la imagen, en una de sus habituales tertulias de bar, con varios de sus amigos; a la derecha, el escritor Soma Morgenstern, paisano suyo de la Galitzia polaco-rusa y autor de «Huida y fin de Joseph Roth», una especie de memorias literarias sobre su querido compatriota. Apenas un año después de la escena de la foto, Roth murió en la misma taberna; el propio Morgenstern reunió y ordenó los manuscritos y cartas que el malogrado novelista dejó en su cuartucho del Hôtel de la Poste, situado justo en frente del café. DEUTSCHE NATIONALBIBLIOTHEK
ÚLTIMO EXILIO EN PARÍS. La fotografía tomada en el año 1938 en París en el Café Le Tournon muestra a Joseph Roth, que ocupa el centro de la imagen, en una de sus habituales tertulias de bar, con varios de sus amigos; a la derecha, el escritor Soma Morgenstern, paisano suyo de la Galitzia polaco-rusa y autor de «Huida y fin de Joseph Roth», una especie de memorias literarias sobre su querido compatriota. Apenas un año después de la escena de la foto, Roth murió en la misma taberna; el propio Morgenstern reunió y ordenó los manuscritos y cartas que el malogrado novelista dejó en su cuartucho del Hôtel de la Poste, situado justo en frente del café. DEUTSCHE NATIONALBIBLIOTHEK

El sello barcelonés Acantilado publica en español la edición íntegra de la correspondencia entre los genios austríacos Joseph Roth y Stefan Zweig. Son 268 cartas, de las que solo 45 tienen a Zweig como remitente (la vida errante de Roth, de hotel en hotel, se llevó el resto). Además, el volumen incluye un manojo de cartas intercambiadas con otros amigos que completan este hermoso y doloroso retrato de Roth, pero también una crónica negra de la Europa camino de la segunda guerra mundial y el genocidio judío

06 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Apéndice del excelente Cartas 1911-1939, reunión de la correspondencia de Joseph Roth (Brody, Imperio Austrohúngaro, 1894-París, 1939) editada en 1970 por Hermann Kesten y también publicada en España por Acantilado (2009), Ser amigo mío es funesto es su continuación y compila lo que se conserva de la relación epistolar (1927-1938) que el autor de La marcha Radetzky mantuvo con Stefan Zweig (Viena, Imperio Austrohúngaro, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942). Pero en realidad, el libro va más allá del instrumento para profundizar en el estudio de dos escritores austríacos de origen judío, amantes de la lengua alemana, individualistas libertarios y nostálgicos de la era dorada que fue la gran civilización en la Viena habsbúrgica.
Aparte de la narración en directo de una Europa que viaja hacia el horror de la mano de Hitler, el intercambio de cartas entre estos dos gigantes de la literatura es sobre todo una crónica de la autodestrucción de Roth, narrada por él mismo y su fidelísimo amigo, benefactor y mecenas Zweig, que asistió impotente a cómo obstinadamente Roth se dejó deslizar por esa infernal pendiente, impulsado por un estilo de vida desordenado, pesimista, caótico, lúcido pero, sobre todo, rendido al alcoholismo. Es verdad que solo tres años después de que Roth muriera de un ataque al corazón en un café parisino -semanas antes de que empezara la guerra-, Zweig se suicidó en su exilio brasileño junto a la que fue su secretaria y entonces segunda esposa, Lotte Altmann; los dos convencidos de que el mundo estaba perdido ante el terrorífico avance del Tercer Reich.
Enseguida se lo había hecho notar Roth, en sus cartas, y ese es uno de los aspectos más fascinantes del libro: el carácter visionario de Roth, que, por cierto, había mostrado sobradamente en sus crónicas periodísticas berlinesas, rusas, vienesas... Ya en 1933 se lo advierte con su habitual vehemencia: «El mundo es muy, muy estúpido, bestial; un establo de vacas es más juicioso»; «Le ruego, en una palabra, que abandone la idea de que usted, como escritor cuya valía hasta ahora no podía ser negada por sus contrarios, aún es posible en Alemania»; «¿Aún no lo ve usted? La palabra ha muerto, los hombres ladran como los perros»; «Ha llegado la hora de la decisión. Más apremiante que en la guerra. Hoy, ante esta hora infernal en que la bestia es coronada y ungida, ni siquiera un Goethe hubiera callado»; «Alemania está muerta. Para nosotros está muerta. Ha sido un sueño». Pero de la misma forma audaz y franca avisaba del comunismo: «¡Una mierda ha hecho! Ha engendrado el fascismo, el nacionalsocialismo y el odio contra la libertad de pensamiento. Quien aprueba Rusia ha aprobado también, con eso, el Tercer Reich».
En Alemania ya quemaban sus libros. Zweig, tolerante, generoso, ingenuo, empleaba sus misivas en tratar de reconducir la vida disoluta, manirrota y alcohólica de Roth (el acertado hatillo de cartas a otros amigos que incluye el tomo demuestra hasta qué punto lo intentó).