Un lobero en el gallinero

El hostelero Iván del Río se pasea por Vigo con Seldom, su espectacular mascota, el perro más grande del mundo


vigo / la voz

Llevar de la correa a Seldom es como pasear al lado de Brad Pitt. La gente se gira para verlo y es imposible dar dos pasos sin que les paren. Su dueño, Iván del Río, ya está acostumbrado. «Yo, que no tengo ni móvil ni Facebook ni nada de eso, estoy con él en las fotos que cuelga medio Vigo en Internet», asegura. Y es que su perro es una celebrity gracias a su espectacular envergadura, característica a la que hay que añadir un carácter dócil y bonachón. «Era un yorkshire al que le dimos mucho pollo», dice, bromeando.

El hostelero de origen coruñés, aunque se trasladó a Vigo con su familia cuando tenía 8 años, es un amante de los animales y vive desde hace casi dos décadas en una casa de campo en Mondariz, donde en la actualidad su mascota comparte espacio con un viejo terranova, una cabra y dos gatos. «Pero siempre he tenido perro, y todos, a pesar de sus diferentes razas, con muy buen carácter, algo que achaco a la forma de educarlos». Iván se empeñó en conseguir un lobero irlandés (Irish Wolfhound), a pesar de lo difícil que es hacerse con uno. Tardó cinco años y al final se hizo con él, aún cachorro, en un criadero en Burela. «En la provincia de Pontevedra debe hacer cerca de una decena, pero es raro verlos, porque suelen estar en fincas y no los sacan por ahí. El mío, en cambio, me ha salido urbanita. Lo que más le gusta es venir a Vigo, lo traigo tres veces a la semana y nos pateamos media ciudad. Cuando era más pequeño lo metía en el sidecar de una de mis motos».

De hecho, asegura que una de las razones por las que quiso hacerse con él fue para obligarse a andar, porque Del Río, además de ser conocido por su afición a los clásicos de dos ruedas, lo es por ser el rumboso dueño de un restaurante temático, El Gallinero, «en el que llevamos 19 años tocando los huevos», indica sobre el producto estrella del local. Pero la verdadera estrella de su casa es Seldom (que en inglés significa raro, escaso y según su dueño, también friki), al que utiliza para diversas misiones imposibles: «Los domingos se lo meto en la cama a Meiga, mi hija de 15 años, para que se levante. Un método infalible», reconoce.

Iván admite que hay que estar un poco loco para convivir con un can tan descomunal. Al principio fue duro. Y muy caro. «¡El primer año se ventilaba más de cuatro kilos de comida al día!». Después se normalizó e ingiere alrededor de un kilo de alimento para mantener esa envergadura desmesurada. Y las deposiciones hay que recogerlas «con pala y bolsa tamaño supermercado. Sus necesidades son proporcionales a su cuerpo», comenta con finura sobre la cuestión escatológica.

Pero el hostelero está encantado con su bestial can que es más manso que un corderito. La parte triste de la historia es que es una de las razas caninas con menor esperanza media de vida. «Te dan mucho en poco tiempo. Es difícil que pasen de 8 años», lamenta.

Del Río aprovecha para derribar mitos que al menos, en su caso, no funcionan: «Tengo todo eso con lo que siempre se ha dicho que se liga un montón: motos, un descapotable y un perro espectacular. Pues nada de nada», afirma. Pero aunque a él le fallen los clásicos, se sirve de la ocasión para anunciar que busca novia para su perrillo de dos años y medio.

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