Plácido L. Rodríguez expone «Arquitecturas del alma» en el Simeón
07 jul 2014 . Actualizado a las 06:00 h.«Un cobarde es incapaz de mostrar amor, hacerlo está reservado para los valientes» (Mahatma Gandhi).
Plácido L. Rodríguez, plasma su personal mirada en la exposición de fotografía que bajo el título Arquitecturas del alma presenta en el centro cultural Marcos Valcárcel. Sus fotografías captadas con gran sensibilidad y respeto, muestran distintos aspectos de la India (Jaipur, Delhi, Fathepur, Qtub Minar, Benarés) y el Nepal (Bodhmath, Bhaktapur y Patán) con sus colores, ambientes y olores, sus arquitecturas polilobuladas de las que cuelgan pies descalzos e infantiles y con gran protagonismo de las distintas presencias y la intensidad de sus miradas, en los personajes retratados con gran dignidad.
El peso de la religión en el universo caleidoscópico de la India, lo humano y lo sagrado con la omnipresencia de un misticismo arraigado y unas estructuras sociales débiles y fragmentadas que vulneran de manera abyecta a la mujer, ninguneando su dignidad.
Mediante una técnica depurada e impecable altera un primer plano enfocado con un segundo plano desenfocado creando una atmósfera de onírica realidad. Plácido capta la ternura, la espera, la serenidad siendo cronista del momento aunque de sus instantáneas es imposible separar la profunda intención de su mirada de artista. Tras los hilos del taller de tapices y alfombras se desdibujan, deshilachadas las siluetas. En un delicado escorzo, nos sitúa detrás del estanque del templo Sikh donde una mujer con sari azafrán deja caer sus ofrendas. Mármoles de cuentos indostánicos, palacios del Maharajá y hoteles con venas de neón y mantras escritos en Hindi y Sanscrito.
En una fotografía de alto contraste se recortan en el cielo pájaros y cables en el desorden anatómico de un tendido eléctrico de un sistema circulatorio errático y confuso, de aurículas y ventrículos tendidos al sol. Entre las calles estrechas, barridas por hojas de palmera e ilusiones, el hombre interrumpe una danza de silencio de asumida introspección.
Imágenes de la dignidad y la pobreza. Asamblea de mujeres en Nepal con sus velos de colores y su aspecto circunspecto. La impronta de la sabiduría, de la locura y la miseria en Bhaktapur impresiona, en la mirada del anciano y el fondo de sus ojos abismales en una imagen impactante y directa, sin drama, en su presencia de aplomo solemne.
Vistas del Ganges como el río de la vida y de la muerte en su pira mortuoria. El Ganges y su agua putrefacta y purificadora en la que se une el origen y el fin del círculo humano. Exóticos y extraños, los gurús, nos miran desde su oráculo de sabiduría y pinturas insólitas en su rostro, con su dhoti naranja de hombres sagrados en distintos mudra (gestos o posición simbólica de las manos) y su purificación expiatoria.
Al final de la escalera la vaca huesuda y santa descansa seguida por la niña que la mira condescendiente. En la carretera de las Cataratas Panday tres personas en una moto se cruzan con la extravagante procesión de hombres y animales.
Plácido L. Rodríguez trasmite ese mundo de sensaciones, ese fuego incandescente de los fulgores de la India. Su misticismo, su belleza, su exotismo y la generosidad de su gente, la dignidad del ser por encima del poseer y la felicidad del que se conoce a sí mismo.
La percepción de la realidad fotográfica cae en la intensificación del aspecto estético bajo la diversidad de los enfoques subjetivos. Lugares, personajes y espacios se retratan con naturalidad desde una mirada introspectiva, buscando una individualización del protagonista a través de su captación psicológica, apuntando hacia la veracidad del periodismo grafico desde la mirada subjetiva y expresiva del artista y del pulso social.
La fotografía de Plácido L. Rodríguez ha recorrido numerosos museos nacionales e internacionales y bajo el libro titulado Sol de Galiñas recoge una antológica de su obra entre los años 1980 y 2006.
En hindi, con el saludo «Námaste» se llevan las palmas abiertas juntas bajo la barbilla o sobre la cabeza, la palma derecha representa la planta de los pies de Dios y la palma izquierda la cabeza del devoto. También elimina las diferencias entre la persona a la que reverencia siendo la mano derecha la naturaleza espiritual y la mano izquierda el ego mundano.
«Con mi muerte lograran tener mi cuerpo más no mi sumisión» (Gandhi).
crítica de arte