Siempre es más fácil echar la culpa al otro que asumir la responsabilidad propia. Y eso, según parece, estamos haciendo con nuestros adolescentes a los que estamos colgando una serie de sambenitos que los transforman en una especie de monstruos ingobernables y desnaturalizados. Sin embargo nada más natural que esta etapa de la vida en la que el niño dependiente completamente, en su entorno y sus afectos, de la decisión de sus progenitores, empieza a mover las alas que un día les servirán para volar solos. Es un aletear titubeante a veces, otras desafiante, con esa osadía de quien ignora el riesgo. Pero así ha sido siempre. Ese es su papel. El problema, por lo que dicen los expertos, está en que los que no sabemos ejercer nuestro papel, el de adultos responsables -volviendo al nido, el águila que reconviene al polluelo con un picotazo, pero que también lo ampara en la tormenta y lo empuja fuera del nido para que pruebe sus alas-, somos nosotros. Preferimos ir de víctimas y lamentar que nos haya tocado convivir con Internet, sin darnos cuenta de que nuestros padres tampoco habían pisado una discoteca cuando nosotros usábamos ese lugar para relacionarnos. Al final, y al margen de los cambios sociales, que siempre existieron, a un niño hay que enseñarle a ser adulto, con todo lo que eso conlleva en la adolescencia. El problema es que para eso, primero debemos serlo nosotros.